Hay una regla no escrita en la historia de las tecnologías transformadoras. En algún momento, lo que empezó siendo software se convierte en concreto. La electricidad necesitó plantas y cables. Internet necesitó servidores y fibra óptica. La inteligencia artificial, al parecer, no será la excepción. Cuando esa transición ocurre, la lógica financiera que explicaba el negocio empieza a dejar de funcionar.
En fechas recientes, cuatro de las empresas que están al frente de esta revolución —Amazon, Alphabet, Microsoft y Meta— anunciaron en conjunto inversiones que superan los 725 mil millones de dólares para los próximos años. Como resultado de un proceso de inversión sin precedente, el flujo de caja libre de las cuatro en conjunto está cerca de su nivel más bajo desde 2014, cuando sus ingresos eran una séptima parte de lo que son hoy. Lo anterior explica que las expectativas apuntan a que Amazon podría destruir caja neta este año. Por su parte, Meta ha emitido deuda por 55 mil millones de dólares en seis meses mientras pausa la recompra de acciones. Alphabet hizo lo mismo en el primer trimestre de este año por primera vez desde que inició su programa de recompras en 2015.
Por mucho tiempo, estas empresas han sido referencia del modelo “asset-light”: crecían sin necesitar mucho capital fijo, generaban efectivo en abundancia y lo devolvían a sus accionistas. Ahora se parecen cada vez más a una compañía de telecomunicaciones en plena expansión de red, o a una petroquímica construyendo su siguiente planta. Estamos en presencia del ciclo de inversión física más profundo que ha tenido esta industria.
Pero hay algo inusual en éste. En una industria cíclica convencional (acero, energía, semiconductores), la lógica de inversión masiva suele tener un ancla clara: demanda observable, contratos firmados, capacidad instalada que se puede medir. Aquí, en cambio, parte importante del gasto se está haciendo respaldado por una promesa que los datos confirman solo de manera parcial.
De hecho, un estudio reciente de Anthropic sobre el impacto de la inteligencia artificial en el mercado laboral, que comentamos en este espacio previamente, arroja un hallazgo que debería leerse con cuidado en un modelo de decisión de inversión. El uso observado de modelos de lenguaje en tareas específica muestra que existe una brecha enorme entre lo que la IA podría hacer en teoría y lo que efectivamente está ejecutando. En otras palabras, la IA aún está muy lejos de desplegar su capacidad potencial.
Este comportamiento describe el momento en que se encuentra esta tecnología: real, funcional, pero todavía en proceso de difusión. La brecha entre capacidad teórica y adopción observada ha existido para diferentes tecnologías transformadoras durante sus primeras etapas. Existió con la electricidad industrial, con internet, con la telefonía móvil. De ahí se desprende la lógica que da forma al ciclo vigente de inversión: el dilema del prisionero.
El término proviene de la teoría de juegos. Describe situaciones en las que cada participante toma decisiones que optimizan su bienestar individual y, sin embargo, el resultado colectivo es peor para todos de lo que podría haber sido con coordinación. En el caso de estas empresa (conocidas como “hiperscalers”), la estructura es reconocible: ninguna empresa puede permitirse quedarse rezagada si sus competidores están invirtiendo a escala máxima. No porque la rentabilidad del siguiente centro de datos esté garantizada, sino porque el costo de no construirlo (quedarse fuera de la carrera tecnológica que podría redefinir sus negocios) parece aún mayor. Como lo formuló un profesor de contabilidad de Chicago en el contexto de este ciclo: están obligados a invertir cuando su competencia invierte.
El resultado es un patrón que los mercados de capital conocen bien de otras industrias intensivas en activos: sobreinversión que comprime márgenes, períodos prolongados de flujo de caja negativo y retornos que tardan años en materializarse. Andy Jassy, CEO de Amazon, lo dijo explícitamente al comparar el momento actual con la apuesta temprana de su empresa en AWS: los retornos llegan, pero requieren paciencia. Lo crítico está en que ese precio lo están pagando sus accionistas.
Esto significa que la apuesta por estas empresas está estructurada alrededor de una promesa cuya verificación es todavía parcial. Existen indicios tempranos, como una desaceleración en la contratación de jóvenes en ocupaciones de alta exposición a IA, pero nada de la magnitud que justificaría, por sí solo, el nivel de inversión que se está ejecutando.
Lo que sí justifica ese nivel de inversión es precisamente la estructura del dilema: cuando todos los jugadores grandes se mueven al mismo tiempo y en la misma dirección, el costo de quedarse fuera crece de forma exponencial. No porque la tecnología ya haya transformado todo, sino porque el rezago en desarrollar la infraestructura podría rezagar de forma permanente a la compañía que sea incapaz de mantener el ritmo.