Estamos tan cerca de que empiece el Mundial 2026, que el gobierno de la Ciudad de México arrancó poniendo guapa a la ciudad. En un abrir y cerrar de ojos, la capital fue vestida de colores morados con estampados de ajolotes. Un look que no es aceptado por todos, como era de esperarse.
Pero lo verdaderamente importante de todo esto, es que la Ciudad de México lleva décadas arrastrando problemas estructurales como la movilidad colapsada, el crecimiento desordenado, desigualdad territorial, infraestructura rebasada o la crisis de vivienda; pero de pronto aparece el Mundial y parece surgir la idea de que la ciudad todavía puede “corregirse” si logra verse suficientemente moderna a tiempo.
No en las obras, no en las ciclovías, no en la imagen internacional. Sino en esta obsesión muy contemporánea de las ciudades por aparentar futuro aunque no hayan resuelto el presente.
Porque lo que está surgiendo rumbo al Mundial 2026 no es solamente urbanismo. Es una especie de “ansiedad colectiva” por demostrar que sí pertenecemos al club de las ciudades globales.
Por eso el discurso actual está lleno de palabras como movilidad inteligente, regeneración, espacio público, city branding, sustentabilidad, experiencia urbana. Conceptos válidos, sí, pero que muchas veces en México terminan funcionando más como aspiración a una estética específica que como una verdadera transformación.
Y es entonces cuando la ciudad empieza a maquillarse de futuro; no de construir futuro, porque son conceptos completamente distintos.
Construir futuro implicaría resolver lo incómodo, lo lento, lo invisible: agua, vivienda, transporte digno, planeación territorial, desigualdad entre alcaldías. Pero parecer futuro es muchísimo más rápido. Basta con intervenir zonas estratégicas, cambiar narrativas visuales y producir una sensación de modernidad. Como si lo necesario fuera parecer y no ser.
Es así cómo podríamos explicar por qué esta “transformación” genera una desconexión tan rara entre la ciudadanía. Y evidentemente no es porque estén en contra de que la ciudad mejore, sino porque perciben que varias de estas intervenciones no nacen de las necesidades reales de sus habitantes, sino de la necesidad política de proyectar una identidad moderna.
Y esto seguro es una de las cosas que retratan más a América Latina, cierta necesidad de validación internacional. Otra vez nos vemos persiguiendo la idea de que sólo somos suficientemente modernos cuando alguien de afuera lo confirma.
Por eso el Mundial pesa tanto simbólicamente. Porque no sólo trae turismo o inversión, sino que trae evaluación. Esa mirada internacional hasta el punto de sentirnos juzgados.
Y ahora que la ciudad comienza a sentirse observada, empieza a editarse, sí, como tus seguidos en redes sociales. Y esto es importante de observar, porque parece que es algo que la era digital nos revela a diario: el poder seleccionar que mostrar, que ocultar, que embellecer, que borrar del encuadre y que narrativa vender sobre sí misma.
Exactamente igual que las personas en redes sociales.
Porque aunque abordemos este tema y nos limitemos a seguir hablando de obras, tráfico y fachadas. Podemos sumergirnos un poco más y ver que esta “transformación” de la ciudad también es meramente consumible para el ojo ajeno.
Pero, ¿qué pasa después de este magno evento? ¿Le tocará una resaca identitaria a nuestra ciudad? Quizás el verdadero fracaso no sea como la percibe el mundo, sino, descubrir que, en el intento por parecer pudo haberse sentido ajena para quienes siempre la habían entendido incluso en su caos.