América sin traducción

12 de Febrero de 2026

Emilio Antonio Calderón
Emilio Antonio Calderón
Emilio Antonio Calderón Menez (CDMX, 1997) es Licenciado en Comunicación y Periodismo por la UNAM y autor de las obras Casa Sola y Bitácora de Viaje. Ha colaborado en revistas literarias y antologías de editoriales como Palabra Herida y Letras Negras.

América sin traducción

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La historia del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl suele medirse por la pirotecnia, los decibelios o el virtuosismo vocal de sus protagonistas. Sin embargo, lo ocurrido el pasado 8 de febrero en el Levi’s Stadium con Bad Bunny, va mucho más allá de la métrica del entretenimiento. Lejos de simplemente buscar el agrado de la audiencia anglosajona, Benito Antonio Martínez Ocasio exigió su reconocimiento. En la época de tensiones migratorias y retórica excluyente que Donald Trump ha impuesto como normalidad, el puertorriqueño se plantó en el centro del imperio para recordar que existir, bajo términos propios, es el acto de resistencia más potente de nuestra era.

El despliegue visual fue una oda política a la identidad latinoamericana. Lejos de los neones genéricos, el campo se transformó en una estampa caribeña con plantaciones de caña de azúcar, puestos de piraguas y mesas de dominó. Bad Bunny, vestido con la sencillez de un jíbaro moderno, ni siquiera tuvo que pronunciar una sola palabra en inglés para comandar el escenario. Dejó claro que la cultura latina no es un accesorio para el mercado global, sino una raíz profunda que no tiene por qué traducirse para validar su valor.

Los detalles del show reforzaron esta narrativa de unidad continental. La aparición de Lady Gaga para interpretar una versión tropical de “Die With a Smile”, mientras una pareja real se casaba en el escenario, funcionó como un puente de hospitalidad cultural. No obstante, el momento de mayor carga social llegó con Ricky Martin y el tema que denuncia la gentrificación en las islas. Al llevar el problema del desplazamiento territorial ante más de 100 millones de personas, Benito convirtió un evento deportivo en una plataforma de denuncia sobre la pérdida del hábitat y la soberanía. En sus más de 13 minutos de espectáculo, el conejito malo tampoco perdió el tiempo para mostrar una pareja homosexual bailando entre un colectivo despreocupado, además de agregar todo tipo de referecias que sólo los latinos entenderían en automático, como un niño durmiendo en una fila de sillas en medio de una fiesta.

La reacción fue, previsiblemente, un choque de mundos. Mientras las redes sociales celebraban el uso de la Lengua de Señas Puertorriqueña y la reapropiación del nombre “América” para referirse a un continente y no a una nación, voces como la de Donald Trump calificaron el acto como una afrenta. Para un sector del público estadounidense, la ausencia del inglés y la presencia de símbolos como el sapo concho o la bandera de Puerto Rico resultaron incomprensibles o incluso ofensivas. Ese desconcierto de la audiencia tradicional de la NFL es, precisamente, la prueba del éxito del espectáculo.

En este momento de la historia, hacer algo “agradable” o “virtuoso” según los estándares de la cultura dominante es mucho menos importante que la reafirmación de la identidad. Lejos de las exigencias de los ultraconservadores, Bad Bunny no modificó su dicción ni suavizó su discurso para encajar. Su presencia fue una toma de posición frente al ICE y las políticas de exclusión. Al finalizar el show con la frase “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, el mensaje no fue una cursilería, sino el recordatorio de que nuestra cultura vale por lo que es, no por cuánto se ajusta al gusto del anfitrión.

El Super Bowl XL no será recordado por ser el más enérgico, sino por ser el más necesario en mucho tiempo. Bad Bunny recordó a la diáspora latina que no estamos obligados a mimetizarnos para sobresalir. En un mundo que nos prefiere silenciosos o integrados, hablar en español en el escenario y el evento más grande de Estados Unidos es un recordatorio de que nuestra existencia no está sujeta a la aprobación de nadie. La estética del Caribe tomó California y, por una vez, el centro del imperio tuvo que aprender a escuchar en un idioma que, aunque ignora, le pertenece por geografía y por historia.