Nunca me he considerado un defensor de Bad Bunny porque, para empezar, jamás he pensado que necesite defensa: influyente en su círculo, joven, creativo, carismático. Tampoco tengo reclamos contra el reguetón. Escuché este ritmo por primera vez a inicios de los años 90, y desde entonces me voló la cabeza.
Recuerdo haber visto algunos videos musicales en la señal de Telemundo y no saber el nombre del género. Era algo totalmente nuevo y, como esto fue antes de internet, no había manera de hacer una búsqueda en línea, por lo que pregunté y pregunté, y nadie supo decirme qué era. Fue años después, con la segunda ola de reguetón, cuando ya supe su nombre.
Pero tampoco soy fan. Jamás compré un álbum del género ni seguí la carrera de sus exponentes, y tampoco recuerdo haber bailado una canción. Simplemente, me gusta que exista. En cuanto a Bad Bunny, no es pionero, ni rompedor, ni creo que sea especialmente original dentro del género, pero tiene gracia y le tocó la suerte de pertenecer a una generación donde todo se maximiza por el efecto de las redes sociales: nunca antes los artistas pop tuvieron tanto éxito como los artistas pop de hoy.
“Suerte” es una palabra que me ha costado muchas discusiones con amigos y familiares cuando la uso para tratar de explicar el éxito de ciertos personajes. Pero creo firmemente que lo de Bad Bunny es eso. Llámenlo suerte o llámenlo providencia. Y esto, siendo benevolentes, porque en el peor de los casos tendríamos que entrar al terreno de las teorías de conspiración y explicar por qué Bad Bunny es una “planta de la industria” o del sistema.
En mi papel de comunicador he aportado al éxito de Bad Bunny lo mínimo, lo que cualquier otro medio de comunicación: he programado algunas de sus canciones, he hablado de él cuando ha sido noticia y lo he hecho de buena fe, nunca me sumé a sus críticos ni utilicé las redes sociales para ganar likes a partir del odio. Hasta ahí. Pero sí creo en el poder de la “buena vibra”, y pienso que Bad Bunny llegó hasta donde llegó gracias a su buena energía y a la buena voluntad que le devolvieron sus simpatizantes.
Sin embargo, hoy me tengo que bajar de ese tren. Bad Bunny alcanzó el clímax con el que sueña cualquier artista y nuestro trabajo como medios de comunicación está hecho. En 2026, ganó el Grammy al Álbum del Año, convirtiéndose en el primer artista -no solamente latino-, en ganar este reconocimiento con un álbum en un idioma diferente al inglés, continúa rompiendo récords como el artista más escuchado en plataformas de streaming y, por si fuera poco, se enfrentó al presidente de Estados Unidos y ganó, imponiéndose como el primer artista en estelarizar el show de medio tiempo del Super Bowl con un espectáculo en español.
Pero, a pesar de que soy un simpatizante de su carrera, de su propuesta artística, y de sus incursiones en el activismo y la justicia social, no estoy de acuerdo con su representación de la “cultura latina” durante este espectáculo y no comparto el entusiasmo de la gran mayoría. No quisiera, a estas alturas, empezar a sonar como cualquiera de sus críticos, pero encontré demasiados lugares comunes de esos que refuerzan estereotipos. Y si hiciéramos caso de lo que se dice en las redes sociales, tendríamos que cuestionar la inclusión de Lady Gaga (algunos la llaman sionista) y por qué Benito eligió vestir prendas de la marca Zara, que carga con acusaciones de explotación laboral.
De verdad, ¿a dónde va un artista después de alcanzar estas alturas? No está escrito que nadie deba conservar este nivel de éxito para siempre y para él solo, y lo que ahora toca es abrir espacio a nuevos talentos. Ha sido especialmente penoso ver a algunos de sus amigos y colegas, artistas de larga carrera, incluso más talentosos y más brillantes que él, sentirse comprometidos a opinar sobre sus éxitos y hacerle caravanas (me viene a la mente Rubén Blades), porque en este momento opinar cualquier otra cosa de Bad Bunny que no sea exageradamente positiva es considerado cinismo.