Arturo Mesquite: otra forma de sanar

9 de Septiembre de 2026

Arturo Mesquite: otra forma de sanar

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Yazmin Jalil

Hay encuentros que parecen casualidad hasta que, con el tiempo, uno empieza a preguntarse si realmente lo fueron.

En mayo conocí a Arturo Mesquite, doctor en Natural Health, coach de alto rendimiento y especialista en transformación integral. Lleva más de dos décadas trabajando con personas de alto rendimiento, entre atletas, celebridades y profesionales, y durante años trabajó en centros de rehabilitación en Malibú, California.

Nuestro encuentro ocurrió de la manera más inesperada. Había salido a caminar con unas amigas y mi mamá, cuando nos encontramos con Arturo, quien iba con una amiga de ellas. Nos saludamos, comenzamos a conversar y terminamos desayunando juntos.
Entre café y conversación surgió el tema de un dolor insoportable que mi mamá llevaba varios meses padeciendo en una mano. Arturo se ofreció a ayudarla. No había consulta, cita ni consultorio. Simplemente le pidió que pensara en aquello que más le preocupaba y comenzó a trabajar con ella.

Lo que siguió parecía demasiado sencillo para producir algún efecto: respiraciones, concentración, movimientos de las manos y de los ojos. Mi mamá es escéptica. Mucho. Por eso, cuando terminó y me dijo que se sentía mejor, pensé que ahí acabaría la historia.
Entonces Arturo me miró y dijo: “Ahora tú”.

Yo llevaba ocho años con un dolor intenso en la cadera. Ocho años son suficientes para aprender a convivir con el dolor: saber cómo dormir, cómo levantarse de la cama, qué movimientos evitar y hasta cómo acomodar el cuerpo para que una molestia se vuelva tolerable.

En los últimos meses había empeorado tanto que ya tenía programada una cita médica. Por eso le dije que no. Me daba pena. Arturo había ido a desayunar, no a montar un consultorio improvisado en un restaurante. Pero insistió.

Durante aproximadamente 15 minutos me pidió respirar, concentrarme en algo que me preocupaba, mover los ojos hacia determinados puntos, frotar mis manos contra las piernas y realizar algunos movimientos. No hubo medicamento, aparato ni inyección. Ni siquiera trabajó directamente sobre el lugar donde me dolía.

Y entonces ocurrió algo que todavía me cuesta contar sin que parezca exagerado: el dolor desapareció.

No disminuyó. No se volvió más tolerable. Desapareció.

Pensé que volvería unas horas después. Luego al día siguiente. Después de una semana. Pero han pasado los meses y aquella cadera que durante ocho años había ocupado un espacio permanente en mi cabeza dejó de hacerlo. En mi mamá ocurrió algo similar aquella mañana: su dolor también desapareció.

Arturo no llegó a esta manera de trabajar de un día para otro. Cuenta que a los 17 años sufrió un fuerte dolor de espalda y que un chamán logró ayudarlo. Aquella experiencia lo marcó de tal manera que le pidió trabajar con él para aprender sus técnicas.

Con los años estudió distintas disciplinas de salud alternativa y desarrolló su propio enfoque. Asegura haber trabajado exitosamente en más de 16 mil casos y haber acompañado a deportistas de alto rendimiento y numerosas celebridades.

Su filosofía parte de una premisa sencilla, pero provocadora: el cuerpo y la mente no son dos mundos separados. Arturo observa el cuerpo físico, las emociones, los pensamientos y la dimensión espiritual como partes de un mismo sistema. Su trabajo combina movimiento, respiración, concentración y lo que él denomina trabajo energético.

“La idea es trabajar con el sistema neurológico para que el cuerpo entre en balance”, me explicó.

La ciencia reconoce que el dolor es más complejo que una simple señal que viaja desde una parte del cuerpo hasta el cerebro. El sistema nervioso participa en su interpretación y modulación, mientras que factores como el estrés, las emociones, la atención y las expectativas pueden modificar la experiencia del dolor. Eso no significa que el dolor sea imaginario. Significa que cuerpo y cerebro mantienen una conversación permanente.
Desde ese día, Arturo cambió mi manera de relacionarme con mi cuerpo. Y de ninguna manera me atrevería a decir que la medicina convencional puede sustituirse. Creo, más bien, que cada herramienta tiene su propósito y su lugar.

Después de ocho años de dolor, 15 minutos bastaron para que desapareciera. Quizá mi sistema nervioso modificó la manera de procesar aquella señal. Quizá mis emociones estaban desempeñando un papel que desconocía. Quizá ocurrió algo que todavía no sabemos explicar. No tengo la respuesta y tampoco pretendo tenerla.

Lo que sí sé es que aquella mañana me hizo pensar que nuestro cuerpo no es una máquina que simplemente debemos reparar cuando algo falla; es un territorio extraordinario que constantemente nos habla, aunque rara vez nos detenemos a escucharlo.

Tal vez no se trata de elegir entre lo convencional y lo alternativo, sino de entender que seguimos descubriendo todo lo que nuestro cuerpo es capaz de hacer cuando aprendemos a escucharlo y a resetear nuestro sistema nervioso. Y si además logramos sentirnos bien sin inyecciones, qué quieren que les diga: hasta mi cadera salió ganando.