Al principio fue la fascinación del milagro. Uno escribía una secuencia cualquiera sobre la pantalla fría y, en segundos, la Inteligencia Artificial devolvía una imagen deslumbrante o un video perfecto: una calle del Centro Histórico que nunca existió, un rostro anciano que jamás miró a nadie, un cielo iluminado por el color de un atardecer imposible. No hacía falta cargar con la cámara, ni aguardar la luz adecuada, ni cultivar la virtud de la paciencia.
La inteligencia artificial obedecía de inmediato y entregaba una belleza instantánea. Durante un tiempo, aquella abundancia pareció el triunfo definitivo de lo artificial sobre lo humano.
Pero las imágenes empezaron a multiplicarse sin descanso por la red. Aparecieron los mismos rostros sin edad, las pieles sin poros ni arrugas, los interiores desiertos, las miradas sin sombra y los cielos espectaculares que no pertenecían a ningún clima. De pronto, manos con seis dedos o nudillos dislocados delataban el artificio. La sorpresa inicial fue dejando paso a la saciedad y al fastidio: la extraña certeza de haber visto todo eso mil veces antes, aun cuando acabara de ser fabricado en ese instante sobre el cristal del teléfono.
En los últimos meses, en las redes se sigue este debate y encontraron un término exacto para nombrar este fenómeno: slop. Una palabra áspera para bautizar una abundancia todavía menos amable. Sirve para designar esa masa informe de contenido generado en serie, sin intención ni mirada, que ocupa las pantallas como la comida industrial: abundante, barata, accesible a cualquier hora y profundamente difícil de recordar minutos después de haberla consumido.
El término se ha expandido al tiempo que cobra fuerza una reacción imprevista: la búsqueda de lo imperfecto, la revaloración del trabajo manual, la necesidad de encontrar la huella, la marca impredecible de quien hizo las cosas con las manos.
El cansancio no significa que la inteligencia artificial vaya a retirarse de nuestras vidas; está en todas partes y resultaría ingenuo pretender lo contrario. Lo verdaderamente revelador es el agotamiento frente a una perfección calculada que puede reproducirse al infinito. Cuando la belleza se vuelve barata e inagotable porque pueden fabricarse miles de ejemplos por minuto, la mirada aprende a buscar aquello que exige tiempo y no puede repetirse exactamente de la misma manera.
Es aquí donde la ciudad recupera sus oficios cotidianos.
En una esquina de la colonia Doctores, un rotulista trabaja de pie frente a una pared de ladrillo. Con un pincel gastado traza pacientemente lo que un plotter vertical resolvería en minutos. Dibuja una letra y luego otra. Una queda imperceptiblemente más ancha; la siguiente se inclina apenas hacia la derecha. La pintura se acumula en un borde donde nadie lo tenía previsto. En el muro no existe el comando para deshacer el trazo. Si algo sale mal, no hay corrección automática: habrá que integrarlo al diseño con la astucia que dan la práctica y los años.
Durante mucho tiempo, esa lentitud manual y esa imperfección inevitable parecieron desventajas frente a la velocidad y precisión de las máquinas. Hoy empiezan a significar valor intrínseco. La letra torcida ya no es solamente un defecto: es una señal de que alguien estuvo allí.
Pensamos también en el fotógrafo que aguarda en una banqueta a que las nubes despejen la luz; en el editor que persigue una errata oculta entre páginas; en el impresor que ajusta los tinteros con las manos manchadas de negro. Son oficios diversos que comparten una condición secreta: exigen tiempo, experiencia y una forma de atención que desaparece de la vista en cuanto contemplamos la obra terminada. Una buena fotografía parece simple porque alguien aprendió a mirar; un libro bien editado fluye con naturalidad porque alguien dedicó días a pulir cada línea.
Quizá este sea uno de los efectos menos previsibles de la inteligencia artificial: al abaratar la superficie de las cosas, nos obliga a mirar de nuevo aquello que se sostiene en el tiempo invertido y en los conocimientos acumulados. Una taza de barro puede imitarse con precisión en una pantalla, pero solo la taza verdadera conserva la temperatura de las manos que la modelaron. Una textura antigua puede simularse con filtros, pero el objeto viejo conserva una dignidad imposible de programar: el hecho irrefutable de que realmente envejeció.
Regresamos a contemplar las cosas vulnerables y escasas. Frente a la imagen impecable que brota y desaparece con el movimiento de un dedo, recobran su valor la pintura que tarda en secar, el libro corregido a lápiz y la huella del error humano. No porque sean perfectos, sino precisamente porque no lo son. La ciudad está llena de esas pequeñas imperfecciones que el tiempo convierte en memoria.
Al terminar la tarde, el rotulista guardará sus solventes, dará unos pasos hacia atrás y mirará la pared iluminada por la luz del semáforo. Verá una letra ligeramente torcida y una gota de pintura seca. La dejará intacta sobre el muro. En una época capaz de fabricar cualquier superficie en segundos, aquella pequeña imperfección conservará algo más difícil de producir: la prueba irrefutable de que alguien estuvo allí, invirtiendo su tiempo de trabajo y produciendo piezas únicas e irrepetibles.