En sintonía con lo que ya sucedió en Venezuela, y muy probablemente como consecuencia del rotundo fracaso del modelo económico implementado durante décadas –que, por sus estragos en el ejercicio de la libertad y los derechos humanos, se cuentan como siglos–, el presidente Trump ha comenzado ya la cuenta regresiva contra el régimen cubano.
Es cierto, sin lugar a duda, que el punto final de esta historia entraña un sufrimiento humano inimaginable para la inmensa mayoría de nosotros; pero ¿qué tanto más lo será en comparación con lo que ya se ha vivido en la isla a lo largo de todos estos años? ¿Acaso no se ha sufrido hambre, falta de medicinas y apagones interminables durante todo este tiempo? ¿No es acaso justificable este sufrimiento a cambio de lograr la recuperación plena de la libertad y la esperanza de un futuro que se labre con el propio esfuerzo de esa nación, cuyos sones, alegría y sabores son tan originales como contagiosos?
Los errores cometidos por cubanos y venezolanos al haber llevado al poder a dirigentes que se aprovecharon de ellos y descarrilaron la marcha de países tan prósperos son un ejemplo para el mundo: una marca en la historia que deberá sopesarse por todas las naciones para aprender lecciones de teoría política y democracia.
En sentido contrario se inserta el discurso de nuestra presidenta y su voluntad humana de evitar sufrimiento al pueblo cubano, precisamente en este período de transición.
La solidaridad de México con Cuba es añeja; sin embargo, el alivio contra la opresión y el hambre que su pueblo ha sufrido debió advertirse y corregirse desde hace mucho tiempo. Hablar de enviar medicinas y alimento en esta época se antoja negligente y tardío, si pudo hacerse mucho más antes para evitar que llegaran a padecerlo. La ayuda humanitaria no se define por el discurso del donante, sino por los principios que la rigen y por su impacto real y oportuno en beneficio de la población civil que la recibe.
La idea de enviar petróleo para convertirlo en alimento y medicinas evidencia una postura angustiosa de nuestro gobierno por salvar el último bastión en el que la idea del comunismo se perpetúa de manera ciega e inadvertida, en un mundo que abandona sin miramientos a aquel pueblo que se equivoca cuando elige a su gobierno.
Caerán las dictaduras y se replanteará el modelo socialdemócrata al que la retórica de los gobiernos de izquierda asocia la corrupción galopante con la cual conducen la administración de sus países. Se redefinirá el modo humano-keynesiano conforme al cual los gobiernos habrán de intervenir para corregir las distorsiones que el funcionamiento liberal de la economía moderna va dejando a su paso, y asegurar a todo individuo los elementos esenciales para su supervivencia.
La pregunta que un gobierno como el nuestro debe hacerse tiene que ver con la calidad de su respuesta al gran desafío que se le presenta. No somos –afortunadamente, hasta ahora– el Estado fallido que ha de soportar la hambruna y el rescate humanitario como instrumentos internacionales para recuperar nuestra libertad y dignidad. Pero ¿no debería acaso el modelo de gobierno de la 4T virar el timón para eludir ese bajo arenoso en el que nuestro barco podría encallar peligrosamente?
La oportunidad que se abre para formar parte activa y avanzada de un nuevo modelo de integración continental, que crezca y produzca bienestar para su pueblo en ejercicio de plenas libertades, está a la vista. Sin embargo, no podría llegar a nosotros sin la generación de los cambios normativos y de gobierno elementales que exige toda empresa moderna.
Una vez que se deje atrás la idea de enviar petróleo a Cuba y se retomen los cauces diplomáticos que pongan fin a esta época de sacudimiento regional, ¿qué nuevo futuro quiere legar a México el gobierno de la primera presidenta mujer en encabezarlo? En el contexto histórico contemporáneo, ¿es lógico y creíble seguir pensando y soñando en el segundo piso de la supuesta transformación?
Para Claudia Sheinbaum Pardo resulta sumamente oportuno, en su segundo año de gobierno, soltar lastre y dirigir la proa hacia mejores puertos. El aniquilamiento del crimen y la inseguridad, así como el abatimiento de la corrupción –con la visión y vocación científica que ella misma abraza– constituyen un parteaguas que puede significar una carta muy positiva en la revisión de esta nueva etapa de la relación de México con sus principales socios comerciales.
Evadir la responsabilidad y aferrarse a una utopía probadamente equivocada será siempre un desaprovechamiento irracional de la gran oportunidad que la historia dibuja en el horizonte. El tiempo marcha en un solo sentido, y algunas decisiones se pueden tomar una sola vez.