El 8 de febrero de 2026, el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX en el Levi’s Stadium de Santa Clara no fue simplemente otro interludio musical en un partido de fútbol americano. Con 135.4 millones de espectadores, la cifra más alta registrada en la historia de los espectáculos de medio tiempo, Bad Bunny consolidó su estatura como figura cultural global, no solo como artista urbano, sino como narrador de historias colectivas que traspasan fronteras y lenguajes.
Que un artista que canta mayoritariamente en español y celebra abiertamente sus raíces puertorriqueñas tenga no solo una audiencia colosal, sino una respuesta tan intensa y polarizada, dice tanto de su posición en la cultura pop como de los tiempos que vivimos. El show fue, ante todo, una gran declaración de presencia cultural; una puesta en escena que describió comunidad, alegría y pertenencia en un lenguaje propio, sin concesiones a fórmulas convencionales del entretenimiento estadounidense.
Las reacciones han sido tan diversas como el público que siguió el espectáculo. Por un lado, hubo elogios amplios desde medios y comentaristas, por la forma en que Bad Bunny transformó ese momento mediático en una celebración vibrante de identidad y diversidad cultural, con mensajes de inclusión y unidad sobre el odio, según destacaron reseñas publicadas tras la transmisión.
Por otro lado, voces prominentes incluido el presidente estadounidense Donald Trump, calificaron la presentación como “terrible” y se centraron en criticar la elección del artista, evidenciando cómo un acto cultural puede convertirse en flashpoint de debates más amplios sobre identidad, idioma y representación.
Entre el aplauso y la crítica, lo que queda claro es que Bad Bunny no buscó provocar un discurso político explícito durante los minutos de su actuación.
Según múltiples análisis, el foco estuvo en la alegría, la cultura y la celebración compartida, con un mensaje final en pantalla que proclamaba “The only thing more powerful than hate is love” (“Lo único más poderoso que el odio es el amor”), y una invitación a ver la unidad como fuerza, no como consigna vacía.
Esta elección, abrazar la calidez humana en lugar de avivar confrontaciones es, en sí misma, un gesto tan audaz como cualquier discurso directo. La forma de Bad Bunny de ocupar el escenario fue, para muchos, un acto de visibilidad cultural sin pedir perdón por ello, y un recordatorio de que el entretenimiento puede ser al mismo tiempo profundamente personal, expansivo y simbólico.
En redes sociales y foros globales, las opiniones también reflejaron esa diversidad de lecturas: mientras unos celebraron el show como uno de los más memorables y significativos de los últimos años, otros, algunos sin familiaridad con el idioma o el estilo musical, expresaron que no conectaron del todo con la propuesta.
Esa división no reduce su impacto; más bien demuestra que el espectáculo tocó fibras distintas en audiencias distintas, obligando a cuestionar qué se espera de un momento que tradicionalmente ha estado dominado por fórmulas previsibles.
A fin de cuentas, el show de Bad Bunny en el Super Bowl no fue solo una actuación musical; fue una declaración de quién puede contar historias en los grandes escenarios del mundo. Que habrá quienes lo recuerden como un acto cultural definitorio, y otros que lo vean con reservas, es precisamente la medida de su alcance. En una era donde el entretenimiento masivo compite con el significado, Bad Bunny mostró que la visibilidad cultural celebrada con autenticidad, es una forma de impacto ineludible.