El regreso a clases en el Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Sur ocurrió bajo una luz gris, opaca, como si la mañana hubiera decidido bajar el volumen de la ciudad. El aire húmedo conservaba el olor áspero del concreto mezclado con el humo agrio de los automóviles detenidos en doble fila, mientras los padres apuraban café en vasos de cartón y acomodaban mochilas todavía rígidas. En lugar del bullicio clásico de risas, empujones y balones rebotando contra los muros, sólo se escuchaba el roce seco de las suelas sobre el asfalto, el crujido de cierres metálicos y un susurro de despedidas que se disolvía antes de cruzar el umbral del portón.
Los muchachos avanzaban con una cautela nueva. Miraban de reojo bardas y ventanas como si el edificio entero hubiera envejecido durante los meses de ausencia y cada puerta guardara una memoria física de la sangre derramada. No se trataba de un reinicio de semestre, sino del intento colectivo por recomponer una normalidad rota; volver a un sitio que, de pronto, dejó de ser refugio para convertirse en un recordatorio de la vulnerabilidad.
Cuatro meses antes, a plena luz del día, la certeza de que la escuela protegía se quebró de un tajo: un alumno fue asesinado dentro del plantel por otro estudiante. El hecho, seco y brutal, suspendió el tiempo, vació las aulas y dejó al campus sumido en un silencio que sólo conocieron los vigilantes y el polvo. Mientras la noticia perdía su estridencia en los titulares, empezaron a brotar los datos del agresor: se dijo que se trataba de un joven aislado, que frecuentaba foros digitales donde el resentimiento se cultiva como doctrina y el odio se comparte como identidad. Eran cofradías virtuales que prometen comunión a cambio de clausurar el mundo real; su territorio ya no era el patio, sino la pantalla encendida en la penumbra de un cuarto.
Cuando la UNAM anunció la reapertura, reforzó protocolos y torniquetes con la esperanza de devolver la confianza. Sin embargo, la escena del regreso reveló otra clase de intemperie. Decenas de estudiantes caminaban juntos y, aun así, no conversaban. Iban con la cabeza inclinada hacia el teléfono, los audífonos sellándoles el entorno como una escafandra. Nada resulta más inquietante en la Ciudad de México que esa multitud muda donde nadie se mira a los ojos, una procesión de buzos caminando por el asfalto.
Esa imagen no pertenece sólo al plantel, sino a la capital entera. La metrópoli experimenta una mutación silenciosa que no demuele edificios, pero altera la sustancia de la vida urbana. La ciudad que se sostuvo en la proximidad —en el mercado, la cancha o el cine—, ha ido desplazando a sus jóvenes hacia una existencia mediada por cristales líquidos. En ese espacio virtual se multiplican los contactos, pero se adelgazan los vínculos; la conversación se sustituye por notificaciones y el tacto se reduce al vidrio liso, hasta que la experiencia de la calle se vuelve algo portátil y solitario.
Basta abordar el Metro a la hora pico: los vagones avanzan como latas llenas de luz azul. Rostros inclinados, dedos deslizándose con una disciplina autómata, el olor a sudor mezclado con el chirrido metálico de los rieles. En ese paisaje, la metrópoli más poblada del país ofrece una paradoja melancólica: sus habitantes convertidos en archipiélago. Cada joven es una isla; cada trayecto, un encierro.
No es nostalgia, es memoria. Hubo un tiempo en que la juventud caminaba en grupo, ruidosa y fraterna, aprendiendo a pertenecer por el simple hecho de vivir en la misma calle. En esa cercanía, incluso el peligro tenía rostro. Hoy, la plaza se ha cambiado por la App y la banca del parque por el grupo de Telegram. Lo ocurrido en el CCH Sur deja de parecer una anomalía y adquiere el carácter de síntoma: no fue una conspiración externa, fue un episodio que expuso una soledad generacional más amplia.
Tal vez ése sea el diagnóstico: la capital no sólo se ha vuelto más insegura, sino más sola. Frente a esa soledad no bastan los guardias, porque se pueden custodiar los ladrillos sin reconstruir los vínculos. El desafío urgente de las autoridades civiles y universitarias, es devolver a los jóvenes el rumor alegre y la palabra compartida. Una escuela puede reabrir después de la tragedia, pero una ciudad que acepta vivir como archipiélago termina aprendiendo que el silencio ocasionado por la atención enfermiza en las pantallas del celular siempre será el prólogo del desastre.