En esta segunda entrega sobre el documento de la CEPAL, denominado “Panorama Social de América Latina y el Caribe 2025”, comentaré el capítulo II “Las desigualdades educativas y laborales como obstáculos para avanzar hacia el desarrollo social inclusivo”. Es un acierto presentar ambos temas porque están íntimamente ligados.
Me referiré al aspecto educativo que, al igual que en otros asuntos, una alta desigualdad marca la necesidad de hacer algo diferente a lo que estamos haciendo, ya que como menciona, utilizando la “curva del Gran Gatsby”, denominada por el economista Miles Corak, existe una correlación positiva entre la desigualdad de ingresos en un país y la baja movilidad social: mientras las familias son más pobres es más difícil mejorar la situación de sus hijos y se vuelve casi imposible avanzar, de ahí la similitud con el tema de Gatsby.
Eso viene a cuento por la brecha que existe en materia de cobertura y su relación con los resultados del aprendizaje. El documento señala que, a pesar de los avances registrados en las últimas décadas, nuestros países enfrentan una crisis educativa caracterizada por profundas desigualdades y que los sistemas educativos y de formación profesional, constituyen una de las 10 brechas estructurales de la región.
Coincidimos con la afirmación de que la educación es un derecho, pero, como se menciona, este derecho puede ser un mecanismo para perpetuar la desigualdad. Dan varios datos interesantes utilizando los resultados de la prueba PISA 2022 que realiza la OCDE entre sus miembros, pero en la que también participaron otros países.
En nuestra región, el 71% de los estudiantes no alcanza las competencias básicas en matemáticas, frente al 28% del promedio de la OCDE, y en ciencias, los valores son de 54% y 21%, respectivamente. Otro dato relevante es que el 77% de los estudiantes que asisten a una escuela pública, no alcanza el mínimo requerido en matemáticas y los que asisten a una escuela privada, se reduce al 46%, de cualquier manera, cifra también elevada.
Los mejores países de la región que participan en la prueba PISA son Chile y Uruguay, nosotros estamos en lo que podríamos llamar una honrosa medianía. Coincido con el documento cuando menciona que no solo hay que tomar en cuenta las mediciones PISA, sino avanzar en la medición en sus múltiples dimensiones.
Hay un apartado muy interesante que da los datos sobre la heterogeneidad en nuestra región y sobre la desigualdad que existe en el tema de oportunidades educativas. Si se toma la desigualdad de cobertura, Argentina, Brasil, Chile y Perú, presentan los mejores resultados, similares al promedio de la OCDE en materia de población con 15 años, escolarizada y con menos de dos años de rezago.
Hay un dato que choca con la propaganda oficial y es el que textualmente indica: “En la última década, los niveles de desigualdad de oportunidades educativas han disminuido en todos los países de la región de los que se dispone de información (a excepción de México, donde se registró un leve aumento)”.
Los mejores países clasificados son Brasil, Argentina y Perú, que han reducido la desigualdad. El último mencionado, en un 40%, al preocuparse por atender a los más pobres y duplicó su puntaje en relación con los estudiantes de familias más ricas.
La inversión por estudiante en la OCDE es cuatro veces superior a la de nuestra región y aquí radica uno de los mayores problemas, porque en México llevamos, en el caso de la educación superior, ocho años de reducción en la inversión pública, en términos reales.
Termina el capítulo con una sentencia que deberían tomar en cuenta quienes son responsables de la educación: “… la prioridad política que se otorga a la educación: invertir más y mejor en la educación no debe entenderse como una consecuencia del desarrollo, sino como una condición indispensable para alcanzarlo”.