1ER. TIEMPO: Salazar, como el cohetero. No tuvo el gobierno mexicano mejor blanco para descargar toda su furia que el exembajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar, tras enterarse por la prensa lo que la presidenta Claudia Sheinbaum y el expresidente Andrés Manuel López Obrador, han exigido a Washington durante casi dos años: ¿Cómo terminó Ismael Zambada, que era el jefe del Cártel de Sinaloa, en un aeropuerto en Nuevo México para ser entregado a las autoridades estadounidenses? La versión oficial era tan creíble como decir que Zambada les había caído del cielo en un avión que no habían visto los radares más poderosos del mundo, que fue reformulada la semana pasada cuando el FBI donó al aeropuerto donde aterrizó el avión turbohélice en el que se llevaron a Zambada, en donde realizaron la operación secreta “Reyes del Aire”. El sarcasmo se cuenta solo, pero en Palacio Nacional hirvió la caldera. Con el enojo sobre la espalda, Sheinbaum felicitó a Estados Unidos por el 250 aniversario de su Independencia con una frase fuera de lugar: todo país tiene el derecho a ser libre e independiente. Al día siguiente, en una gira por Michoacán, dijo que Estados Unidos era un país económicamente poderoso, pero que era inculto. Obvio. Le llovieron críticas por ignorar las enormes aportaciones que ha hecho ese país a la cultura universal. El gobierno no podía ir más allá. Ni llamó a su embajador en Washington para consultas, el primer paso que procedía, ni llamó al embajador Ron Johnson a la cancillería para pedirle explicaciones, ni envió una nota diplomática de protesta, ni hubo una condena pública. Hacerlo podría hacer que se enojaran todavía más en la Casa Blanca por su negativa a extraditar al gobernador de Sinaloa con licencia, Rubén Rocha Moya, a quien acusan de ser cómplice del Cártel, sin saber qué podría suceder. Afortunadamente para el gobierno, tenían a la mano a Ken Salazar, que difundió el adelanto de un libro que va a publicar sobre su experiencia como embajador en México, donde reveló que un empresario que tenía el oído de López Obrador, le había confiado al final de su sexenio que estaba muy preocupado por lo que pudiera revelar Zambada sobre políticos mexicanos presuntamente vinculados con el crimen organizado. Salazar había dicho, cuando la captura del narcotraficante, que Joaquín Guzmán López, hijo de El Chapo Guzmán, lo había emboscado mediante engaños para asistir a una reunión con el gobernador Rocha Moya y el diputado Héctor Melesio Cuén, para que mediara en un conflicto por el control de la Universidad de Sinaloa, centro de poder en el estado. La historia detrás del avión donado por el FBI, mostró la contradicción de lo dicho por Salazar. Mentiroso, le dijeron en Palacio Nacional. Él respondió que no era cierto, y se la volvieron a aplicar: mintió y solo lo salvaba su inmunidad diplomática.
2DO. TIEMPO: El veterano resultó un ingenuo. La entrega de cartas credenciales como embajador de Estados Unidos en México al presidente Andrés Manuel López Obrador en septiembre de 2021, no fue algo extraordinario. Ken Salazar fue uno de 11 embajadoras y embajadores que sin mucho protocolo, lo que le causaba escozor al tabasqueño, se las entregó en el despacho presidencial en el segundo piso de Palacio Nacional, olvidando aquellas ceremonias solemnes en el Salón de Embajadores, el recinto ceremonial más importante del país, donde se recibían también a jefes de Estado y donde Francisco I. Madero fue proclamado presidente en 1911. Salazar llegó con las medallas de una gran figura. Había sido senador y trabajó en la campaña presidencial de Barack Obama, quien al asumir la Casa Blanca lo hizo secretario del Interior. Ahí se relacionó con el vicepresidente Joe Biden, en cuya campaña participó como el copresidente del liderazgo latino. Había sido una bocanada de aire fresco ante su predecesor, Christopher Landau, que había dejado el cargo de embajador confrontado con López Obrador y el entonces canciller, Marcelo Ebrard. Salazar llegó con la estrategia de establecer una buena relación con el mexicano para ser más eficiente. Creía que podía manipular a López Obrador si era complaciente y condescendiente, subestimando las mañas del macuspano. López Obrador lo dejó acercarse. Le abrió la puerta de Palacio Nacional para que fuera cuando quisiera, y le dio una oficina con un equipo de telecomunicaciones, para que pudiera trabajar desde ahí. Se le tiró a sus brazos, y no tardó en comenzar a costarle ese tipo de relación. Apenas llevaba tres meses en el cargo, cuando comenzaron las primeras quejas de empresas estadounidenses afectadas por las políticas de López Obrador, de que el embajador estaba más preocupado por cuidar su relación con el presidente que en defender los intereses estadounidenses. Un grupo de empresarios poderosos le pidieron al secretario de Estado, Antony Blinken, que lo reemplazara, pero aunque tampoco lo veía bien, no hizo nada, sabiendo que Biden, su gran amigo, no lo permitiría. En Washington lo llamaban socarronamente “el embajador de México en el Departamento de Estado”, mientras López Obrador, confiado en que podía hacer cualquier cosa porque Salazar le arreglaría las cosas con Biden, comenzó la demolición democrática en México mientras la Casa Blanca, influida por el embajador, cerraba los ojos ante las arbitrariedades de López Obrador a cambio de que frenara la migración. Contra él, Merrick Garland, el procurador, pedía una línea más dura contra el gobierno mexicano. Ganó Salazar, pero los insultos de López Obrador al gobierno de Biden, acusándolo reiteradamente de intervencionista, mermaron los bonos del embajador. Cuando, envalentonado, López Obrador saboteó la Cumbre de las Américas en Los Ángeles, Salazar no pudo persuadirlo de ir. Tampoco pudo lograr, cuando estalló la crisis del fentanilo, que respetara los compromisos adquiridos a nivel bilateral para su combate. Los estadounidenses se cansaron de López Obrador en 2022 y, con él, de Salazar.
3ER. TIEMPO: De la cima al hoyo. La relación complaciente del embajador Ken Salazar con el presidente Andrés Manuel López Obrador se mantuvo como si no pasara nada dos años más. Las puertas de Palacio Nacional siguieron abiertas para él hasta finales de julio de 2024, cuando un comando estadounidense capturó a Ismael El Mayo Zambada, jefe del Cártel de Sinaloa y se lo llevó a Estados Unidos. López Obrador se enteró por la prensa de lo que había sucedido en territorio mexicano. Salazar, prácticamente al mismo tiempo. No le dijeron nada al embajador porque temían que avisara al presidente, y tampoco le informaron al gobierno, porque estaban seguros de que alertarían a Zambada. Llevaban meses en el gobierno y el Capitolio en Washington observando la relación entre López Obrador y el narcotráfico, pero Salazar seguía hablando bien del presidente. A pesar de que lo mantuvieron en la oscuridad, el embajador no terminaba de modificar su relación con López Obrador. Incluso, en uno de los puntos candentes de la discusión sobre la reforma judicial, salió a apoyarla. Fue el punto de quiebre en Washington: le jalaron las orejas y el sombrero, y le ordenaron corregir lo dicho. Días después, Salazar declaró que la reforma era “un riesgo para la democracia” y una amenaza para el acuerdo comercial, que no soportó López Obrador y lo canceló. Le cerró la puerta en Palacio, puso “en pausa” su relación con la Embajada de Estados Unidos y ordenó a todo el gobierno suspender sus tratos y no contestarle, incluso, el teléfono. Salazar pensó que con el cambio de gobierno, restablecería la relación, pero la llegada de Claudia Sheinbaum fue un balde de agua fría. Ella no sería su ventanilla, y el único acceso que tendría a su gobierno sería a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Salazar estaba liquidado. Mandado al ostracismo por el obradorato al que tanto cuidó, quiso empezar a deslindarse. Criticó a su “amigo” López Obrador por el “fracaso” de su estrategia de “abrazos, no balazos” y cuestionó al gobierno, ampliándolo al de Sheinbaum, al señalar que las estadísticas en las que se basaban para afirmar que las cosas están bien en materia de seguridad no reflejaban la realidad mexicana. La presidenta se le fue encima y le dijo incongruente, contradictorio, y como decía una cosa, decía otra. La lambisconería a López Obrador duró mientras el macuspano quiso, y para cuando lo congelaron en Palacio, su prestigio en Washington estaba totalmente demolido. Salazar escribió un libro como control de daños, pero la confirmación del FBI que la captura de Ismael Zambada había sido una operación encubierta, lo dejó desnudo. Desechado por demócratas y republicanos en Estados Unidos, se convirtió en la piñata de Sheinbaum. No tiene ningún costo político para ella ni para México. Se convirtió en el perfecto chivo expiatorio… para los dos gobiernos.
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