La Cenicienta y el villamelón

13 de Julio de 2026

La Cenicienta y el villamelón

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Alejandro Estivill

Después de hartos motivos de satisfacción, correspondida por una afición única y generosa, la Selección Mexicana dejó el Mundial. En mi espíritu se anida una conducta, no solitaria, sino frecuente: ya sin México en la cancha, entregó afecto generoso al equipo débil, a la cenicienta que pueda dar la campanada.

Ese fenómeno psicológico, intrigante y paradójico, tiene sus sustentos. Primero, la llamada “fusión de identidad” que surge a partir de cierto sufrimiento; luego la inagotable narrativa heroica favorable a quien antes vivió despreciado; y por igual la schadenfreude, un jugoso término alemán que ensambla “daño” y “alegría” como algo cercano a esa sonrisa socarrona ante la desgracia ajena.

Lo evidente es que la afición al deporte es un basamento inmejorable para cultivar identidad; por eso nos ponemos “la verde”. La épica de los equipos en gesta nos hace “pertenecer” eficazmente en un mundo complicado, confuso. Pero ser aficionado al débil —resulta claro—, permite desarrollar lealtades intensas. Como diría el fan rojinegro: “con el Atlas manque gane”, no vaya a ser que la victoria arriesgue tan incorruptible pertenencia.

La escasez de victoria es un abrevadero para una agrupación cohesionada, densa. La doctora Martha Newson es una antropóloga cognitiva que, desenvolviendo como nadie la Teoría de la Identidad Social, ha colaborado con la Premier League en el estudio de los rituales y comportamientos tribales entre los seguidores acérrimos, especialmente aquellos de equipos débiles.

Sus ideas —se puede seguir en Instagram— hablan de cómo la experiencia desde la tristeza (disforia) fortalece vínculos emocionales a nivel equivalente a lo familiar y, por ende, consienten una disposición al sacrificio personal en beneficio del grupo. Ser fan del débil es un sacrificio consentido. Los clubes, la publicidad, los líderes políticos pueden aprovechar estas dinámicas para reforzar fidelidad y promover conductas, a veces perversas y propias del fanatismo, pero también prosociales y constructivas. Los publicistas saben que una experiencia vital (insight, le llaman) desde la posición del menesteroso que vence puede ser fuente de grandes ventas.

Para nosotros, los seguidores de equipos cenicienta, presenciar victorias improbables extrapola el sentimiento que tendrían los aficionados de equipos fuertes. Lo nutrimos con ese añoso sufrimiento y una larga narrativa heroica fascinante: desde David contra Goliat, la victoria en Maratón, Enrique V arengando en Agincourt, Los miserables, Doce hombres en pugna de Reginal Rose… en fin, hasta la amplísima gama de producciones donde el bullied vence al bully; arquetipos que, en términos de Vladimir Propp, son los herederos modernos de lo que antes constituyeron el héroe y el villano tradicionales.

Finalmente, aparece la afección neurobiológica del schadenfreude, reprobable pero sutil gusto por ver dañado al rival pedante que cae de su escalera. El engreído que niega la magia de quien sorprende dinamitando los pronósticos con astucia o coraje, merece los infiernos y también nuestra epifanía cuando se precipita. El equipo favorecido, cuya victoria se da por sentada, niega la esperanza en lo insólito. Su derrota saca a flote un sueño, validación emocional de todos quienes se han posicionado psicológicamente en oposición a la fuerza del dominante paladeando un murmullo de libertad.

Hoy hay numerosos estudios que detectan mecanismos cerebrales subyacentes a este fenómeno, a veces vinculado a la envidia o al rechazo a la inmovilidad de los estereotipos aplastantes. La derrota de los equipos arrogantes detona la probabilidad liberadora de lo insospechado, la transgresión de expectativas inamovibles y la creatividad. Nada de esto sustituye la máxima de que, a más preparación, rigor, entrenamiento y calidad, más victorias; que sustenta la encomiable afición por los equipazos multicampeones que merecen y merecerán sus laureles.

Pretendiendo usufructuar el viaje extraordinario de los débiles desde la irrelevancia hasta la gloria, hay quienes buscan atajos; sin constancia cambian de equipo, de preferencias, según lo que aparece victorioso en el corto plazo. El mundo taurino acuñó un término punzante para ese hipócrita inconstante que quiere comprar satisfacción barata: el villamelón. Primero va por un equipo, al medio tiempo por otro y termina diciendo que siempre supo quién ganaría finalmente.

No confundir. El aficionado que va con el débil —“manque gane”—, está basado en la resiliencia, la constancia y la entrega absolutamente subjetiva y comunitaria, porque esperar —y esperar mucho por una escasa victoria—, le da borbotones inigualables de felicidad.