Cuando los días festivos se convierten en días de descanso

3 de Noviembre de 2026

Cuando los días festivos se convierten en días de descanso

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Rosalinda De León Zamora.

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Foto: EjeCentral

¿El 2 de noviembre se descansa? Es una de las primeras preguntas que surgen cuando se acerca el Día de Muertos. Lo mismo ocurre con otras fechas del calendario. Pues antes de preguntarnos qué se conmemora, queremos saber si habrá puente, si los niños tendrán clases o si podremos disfrutar de un fin de semana largo en familia.

Y aunque pudiera parecer que hemos cambiado el significado de las celebraciones por la comodidad de un día libre, también existe otra manera de verlo: esos descansos se han convertido en oportunidades para convivir con quienes más queremos.

Jurídicamente, los días festivos, los inhábiles y los de descanso obligatorio no son exactamente lo mismo. Los primeros responden a celebraciones históricas, culturales o religiosas; los segundos tienen consecuencias jurídicas o administrativas, mientras que los últimos se encuentran reconocidos por la legislación laboral.

Y es mediante el contenido del artículo 74 de la Ley Federal del Trabajo que se establecen las fechas de descanso obligatorio. Pero, curiosamente, algunas de nuestras tradiciones más arraigadas, como el Día de Muertos, no aparecen entre ellas. Sin embargo, distintas instituciones y centros educativos pueden suspender actividades conforme a sus propios calendarios.

Pero detrás de esas fechas hay mucho más que un descanso.

El Día de Muertos, por ejemplo, es resultado de una compleja convivencia entre tradiciones mesoamericanas y celebraciones católicas. Pues entre sus referentes ancestrales encontramos al xoloitzcuintle, ese perro mexicano que, según la cosmovisión mexica, acompañaba a las almas en su camino hacia el Mictlán.

Al mismo tiempo, tenemos las ofrendas con fotografías y las flores de cempasúchil, alrededor de las cuales las familias siguen encontrando motivos para reunirse. Los abuelos recuerdan a quienes se adelantaron, los padres cuentan historias y los niños descubren que pertenecen a una historia familiar que comenzó mucho antes de que ellos nacieran.

Y eso es precisamente lo valioso de nuestras festividades: que las tradiciones no solamente se explican, también se viven.

Lo mismo sucede con la Navidad, las fiestas patrias o cualquier otra fecha que permite suspender por un momento la rutina. Y, aunque no todas las familias celebran de la misma manera, muchas aprovechan esos días para visitar a sus seres queridos, compartir alimentos, salir de viaje o simplemente permanecer en casa.

A veces olvidamos que el tiempo en familia también tiene un valor que merece ser protegido.

Porque, en una sociedad donde las jornadas laborales, los traslados y las obligaciones cotidianas ocupan buena parte de nuestros días, disponer de unas horas adicionales para convivir puede representar mucho más de lo que imaginamos.

Para un niño, un día sin clases puede significar una visita al parque con sus padres. Para los abuelos, la oportunidad de tener nuevamente a sus hijos y nietos alrededor de una mesa. Para una pareja, unas horas sin las prisas habituales. Y para muchas familias, la posibilidad de compartir momentos que durante la semana parecen imposibles.

Desde luego, no todas las personas pueden descansar en las mismas fechas. Hay quienes trabajan durante los días festivos y quienes dedican sus descansos a las labores domésticas y de cuidado.

Por eso, disfrutar del tiempo familiar también implica reconocer y distribuir esas responsabilidades.

El derecho al descanso y al esparcimiento tiene incluso una dimensión jurídica relacionada con la infancia, reconocida por la Convención sobre los Derechos del Niño y nuestra legislación nacional.

Porque jugar, convivir y disfrutar del tiempo libre no son actividades secundarias, sino parte del desarrollo de niñas, niños y adolescentes.

Quizá por eso no deberíamos preocuparnos tanto por si los días festivos se han convertido en simples días de descanso. Lo importante es lo que hacemos con ellos.

Podemos aprovecharlos para explicar nuestras tradiciones, recordar nuestra historia y, al mismo tiempo, construir nuevas experiencias familiares.

Porque las fechas tienen un significado histórico, pero también adquieren uno personal. Los niños quizá olviden qué día de la semana cayó una celebración, pero difícilmente olvidarán aquella comida con sus abuelos, un paseo con sus padres o la tarde en que toda la familia estuvo reunida.

Al final, los días festivos nos recuerdan nuestra historia, pero los días de descanso nos permiten construir la nuestra. Porque lo verdaderamente importante no es cuántos días dejamos de trabajar, sino cuántos momentos aprovechamos para estar con quienes amamos.