La ciudad que Cárdenas despertó, del Zócalo de 1988 a la rotonda de 2026

3 de Noviembre de 2026

La ciudad que Cárdenas despertó, del Zócalo de 1988 a la rotonda de 2026

José Pérez Linares-WEB.jpg

José Pérez Linares

La bandera cubrió el féretro en Bellas Artes; no se izó a media asta en la ciudad.

El viernes 30 de octubre, bajo las cúpulas del palacio de mármol, los restos de Cuauhtémoc Cárdenas llegaron entre flores blancas, música purépecha y un aplauso interminable. Afuera, la fila avanzaba despacio por la avenida Juárez mientras los ciudadanos miraban cómo el sol de otoño se quebraba en los cristales. Adentro, el féretro descansaba bajo dos banderas nacionales, frente a la fotografía del ingeniero. El mármol devolvía un silencio casi físico entre las palmas.

La ciudad lo despidió con honores. No con duelo.

Treinta y ocho años antes, el Zócalo era otra cosa. En julio de 1988, tras una elección que el país todavía discute, la plaza frente a Palacio Nacional se llenó de ciudadanos que rechazaban el resultado anunciado. Había banderas, pancartas improvisadas, rostros cansados y una expectación palpable; el aire olía a polvo y a sol detenido, mientras la multitud exigía respuestas.

Cuauhtémoc Cárdenas estaba al centro de aquella conmoción. Hijo del general Lázaro Cárdenas, portaba una herencia política que el viejo régimen administró durante décadas. Pudo haber permanecido en el partido donde construyó su carrera; en su lugar, eligió la ruptura. En 1987, la Corriente Democrática abrió una fractura profunda en el PRI y movilizó a una oposición que hasta entonces había estado condenada a los márgenes.

El 6 de julio de 1988, la ciudad dejó de creer que el poder era inamovible. La noche del conteo, las pantallas se apagaron y el país comprendió que algo se había roto. La «caída del sistema» no fue una simple falla técnica: quedó grabada como el instante en que la capital entendió que el voto podía disputarse y que la obediencia política tenía límites.

Días después, las urnas confirmaron el cambio. Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo llegaron al Senado por el Distrito Federal. La oposición dejó de ser ornamental; ya no era la figura exhibida para demostrar tolerancia institucional, sino una fuerza real capaz de conquistar espacios reservados al oficialismo. No era todavía el cambio de régimen, pero sí una grieta por la que comenzó a entrar otra luz.

La capital había sido dirigida por regentes designados directamente desde la Presidencia de la República. Sus habitantes elegían diputados, pero carecían de autonomía para decidir sobre su propia administración.

Nueve años después del parteaguas de 1988, en 1997, Cárdenas ganó la primera elección para jefe de Gobierno del Distrito Federal. El hombre que había disputado la Presidencia desde la plancha del Zócalo terminó gobernando la urbe que lo había sostenido. No fue una concesión graciosa, sino una consecuencia inevitable. La multitud de 1988 y los votantes de 1997 pertenecían a una misma historia: la de una capital que aprendía a elegir su propio destino.

Con los años vinieron nuevas administraciones, alternancias y contradicciones. La democracia no resolvió por sí sola todos los problemas estructurales de la metrópoli, pero transformó algo esencial: el mando dejó de ser una decisión tomada a espaldas de sus habitantes.

En el plano partidista, Cárdenas fundó el PRD, pero nunca se afilió a Morena y mantuvo una distancia crítica frente a la llamada Cuarta Transformación. En 2014 renunció al PRD, partido que contribuyó a crear. Su figura política se negó siempre a quedar reducida a una pertenencia partidista cerrada.

Cuando se propuso el izamiento de las banderas a media asta, la solicitud de Leonel Godoy no encontró eco en la dirigencia oficial. En 1994, tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el gobierno de Carlos Salinas había dispuesto dicho protocolo; en 2026, la respuesta institucional optó por proponer el traslado de sus restos a la Rotonda de las Personas Ilustres, sujeto al consentimiento familiar.

Hoy, la ciudad que Cárdenas ayudó a despertar guarda su memoria en el Zócalo, donde la multitud reclamó que su voto contara; el Senado, donde la oposición en el Distrito Federal conquistó representación legítima; la Jefatura de Gobierno, donde el movimiento ciudadano se hizo institución; Bellas Artes, donde el mármol cobró su despedida; y la Rotonda, si finalmente se abre para albergar su descanso.

***

Treinta y ocho años caben entre aquella plaza encendida y el féretro cubierto por la bandera. Entre ambas escenas se extiende la historia de una urbe que dejó de esperar que otros decidieran por ella.

En 1988, la multitud llegó al Zócalo para exigir que su voto contara. En 2026, una fila avanzó por la avenida Juárez para despedir al hombre que encabezó el cambio de época. La ciudad sigue caminando. Pero ya no es la misma.