Si bien es lamentable la situación del Instituto Nacional Electoral (INE) —al revelarse una red de tráfico de influencias, conflictos de interés y contratos millonarios—, la peor crisis no es esa. La catástrofe es la destrucción sistemática de la institucionalidad y el desmantelamiento de los contrapesos desde la esfera del poder político. Dinamitar al Poder Judicial, manipular al Legislativo y desaparecer organismos autónomos significa pulverizar avances que tomó muchas décadas alcanzar. A este cerco al pluralismo se suma la advertencia de analistas sobre un mando bicéfalo: un Maximato contemporáneo, dado el peso del expresidente sobre Morena y su indiscutible influencia en las reformas fundamentales.
Para varios intelectuales, la 4T encarna un neopopulismo autoritario que emula la columna vertebral del viejo PRI de los setenta. México no avanza hacia una mejor democracia, sino hacia la regresión de un poder despótico que no busca democratizar las estructuras del Estado, sino subordinarlas como estrategia para restaurar el hiperpresidencialismo.
Bien me recuerda al maestro Emilio Carballido cuando se dice que se emula el pasado, y pienso en su farsa dramática ¡Silencio, pollos pelones, ya les van a echar su maíz!, estrenada en 1963. No es solo una pieza digna de su época, sino un mapa conceptual vigente. Esta obra, divertida y mordaz, evidencia que el viejo priismo y la 4T corren por rieles paralelos: ambas facciones utilizan programas sociales masivos —bajo la narrativa de la justicia— para articular una base electoral dependiente y cautiva. Al mismo tiempo, erosionan los contrapesos para evitar que se fiscalicen los excesos del Ejecutivo. Centralizar decisiones, someter al parlamento y domesticar a la justicia, como impera en parte del imaginario popular, busca un solo fin: edificar una presidencia imperial sin escollos.
Carballido es uno de los autores más importantes de la literatura mexicana; su obra es un espejo incómodo. La trama tiene lugar en una comunidad marginada que recibe la noticia de que se implementarán programas de asistencia social. El título podría parecer ofensivo para los beneficiarios, a quienes se les denomina “pollos pelones”; pero no nos equivoquemos. El dramaturgo realiza una sátira implacable al sistema clientelar del siglo XX, cuando la asistencia social no buscaba el alivio económico, sino su sumisión electoral.
La obra denuncia cómo el Estado utilizaba el asistencialismo para evitar estallidos sociales y asegurar la permanencia de sus estructuras. La crudeza de Carballido no es una burla hacia la población marginada, sino una denuncia del desprecio con el que los gobernantes la veían y trataban. El “acarreo” que retrató sigue vivo en los procesos electorales y mítines. El “corral” es el sistema donde las personas no actúan por convicción democrática, sino por las reglas del dueño de la granja. La logística es la de siempre: camiones de turismo y microbuses en las plazas, reparto de camisetas, bolsas, sombreros, tortas, ayer un Boing de triangulito, hoy un Frutsi, y el infaltable pase de lista.
Los gobernantes padecen la misma necesidad política y psicológica: requieren la validación de la masa y llenar las plazas como señal de fuerza ante sus opositores para demostrar que cuentan con el respaldo del “pueblo”. ¿Quién de aquellas épocas no recuerda a personajes alegóricos que parecían moldeados por la ficción? Luis Echeverría y José López Portillo, con grandes lemas como “¡Arriba y Adelante!” y “La solución somos todos”. Hoy, el llamado tlatoani moderno por algunos impuso sus propios mantras: “Por el bien de todos, primero los pobres”, “No mentir, no robar, no traicionar” o el célebre “Ya no hay corrupción: pañuelito blanco”. Todos ellos, cargados de excesos y bajo el inapelable juicio popular, terminan convertidos en caricaturas de sí mismos; comparten el estilo paternal de gobernar, el ritual del “dedazo” y un temperamento frenético, obstinado, impulsivo, mesiánico, narcisista y megalómano. Los une la soberbia dramática y una profunda e imperiosa necesidad de trascendencia histórica.
El populismo, la corrupción y la impunidad fueron los rasgos centrales en la época de oro del PRI. El verdadero legado de Carballido no consistió en escribir diálogos ingeniosos, sino en usar la ironía y la sátira como un bisturí de alta precisión para diseccionar la realidad frente al espectador. Lamentablemente, más de seis décadas después de su obra, nuestro postergado desafío histórico sigue siendo el mismo: consolidar un Estado justo y con equidad social, sin desmantelar la arquitectura democrática que costó generaciones construir.