Estados Unidos: el voto de quienes ya no creen en las promesas

3 de Noviembre de 2026

Estados Unidos: el voto de quienes ya no creen en las promesas

Julieta Mendoza - columna

Hay una pregunta que probablemente pesa más entre los estadounidenses que los discursos de Donald Trump o las estrategias de los demócratas: ¿por qué, si la economía más poderosa del mundo sigue creciendo, vivir cuesta cada vez más? Este martes 3 de noviembre, millones de ciudadanos acudirán a las urnas para renovar el Congreso. No elegirán presidente, pero decidirán cuánto poder conservará Trump durante los próximos dos años. Y detrás de esa disputa hay una historia menos espectacular que los enfrentamientos políticos, aunque mucho más cercana a la gente: el desgaste de la confianza.

Las cifras retratan el malestar. Una encuesta de AP-NORC revela que 85 por ciento de los votantes considera la economía un asunto fundamental y 84 por ciento señala el costo de vida. Más revelador todavía: ocho de cada diez creen que Estados Unidos necesita cambios profundos en su manera de gobernar. No estamos hablando únicamente de republicanos inconformes o demócratas opositores. Estamos frente a una ciudadanía que, con diferencias ideológicas, comparte una sensación de insatisfacción.

Y esa inconformidad tiene nombres propios.

En Texas, el republicano Ken Paxton, fiscal general del estado y aliado de Trump, enfrenta al demócrata James Talarico, un exmaestro de 37 años que intenta conectar con votantes cansados de la confrontación política. Texas no elige a un senador demócrata desde 1988. La contienda pone a prueba hasta dónde puede llegar el descontento económico en un territorio históricamente favorable a los republicanos.

En Georgia, el senador demócrata Jon Ossoff busca conservar su escaño frente al republicano Mike Collins, cercano al presidente. Y en Carolina del Norte, el exgobernador Roy Cooper enfrenta a Michael Whatley, expresidente del Comité Nacional Republicano. Son tres elecciones distintas, pero comparten una pregunta: ¿votarán los ciudadanos por lealtad partidista o por el balance que hacen de su situación cotidiana?

El dato político es contundente. Los republicanos defienden una mayoría de 53 escaños en el Senado y el control de la Cámara de Representantes. Los demócratas necesitan ganar cuatro posiciones netas para conquistar el Senado. Una modificación de esas mayorías puede transformar la segunda mitad del mandato presidencial, desde las negociaciones presupuestales hasta las investigaciones legislativas.

Sin embargo, hay una contradicción que merece atención. Mientras los candidatos prometen devolver prosperidad, seguridad y estabilidad, buena parte del debate nacional gira alrededor de la legitimidad electoral. La administración Trump ha impulsado revisiones de padrones y restricciones relacionadas con el voto por correo, medidas que sus defensores presentan como necesarias para prevenir irregularidades y que sus críticos consideran riesgosas para el ejercicio del sufragio.

Es aquí donde aparece la paradoja estadounidense: los ciudadanos quieren respuestas sobre precios, salud y empleo, mientras sus dirigentes también libran una batalla sobre las reglas para obtener y conservar el poder.

No es una discusión menor. En Estados Unidos, las elecciones se organizan mediante un sistema descentralizado, con procedimientos diferentes entre estados. Esa estructura distribuye responsabilidades, pero también permite que una controversia local termine convertida en un conflicto nacional.

Y existe otro dato significativo. Antes de comenzar noviembre, más de 50 millones de estadounidenses ya habían votado anticipadamente. Una movilización considerable que, por sí misma, no revela quién resultará vencedor. Lo que sí demuestra es que la ciudadanía está participando en una elección cuyas consecuencias van mucho más allá de una mayoría parlamentaria.

Para México, el desenlace también importa. El Congreso estadounidense interviene en decisiones comerciales, migratorias y presupuestales que repercuten directamente en nuestro país. Un cambio en su composición podría modificar los márgenes de negociación con Washington, aunque no necesariamente la dirección de todas sus políticas.

Esta noche comenzarán a conocerse los primeros resultados. Habrá vencedores, derrotados y seguramente disputas por algunos escaños. Pero la pregunta más interesante no será únicamente quién controla el Congreso.

Será si la clase política estadounidense entiende lo que sus ciudadanos están diciendo.

Porque una elección puede resolverse contando votos. Recuperar la confianza de quienes sienten que el poder se ha alejado de su vida cotidiana exige algo mucho más difícil: gobernar con resultados.

Y esa es, quizá, la verdadera elección que Estados Unidos tiene pendiente.