De colonialismos y mestizajes

18 de Mayo de 2026

De colonialismos y mestizajes

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En África se respira el tufo del colonialismo en cada esquina. Es uno de los conceptos más debatidos y sin solución previsible. Se distingue su preeminencia cruel, como ha sido siempre, pero escondida en formas veladas de reiteración: asistencialismo, deuda, imposición empresarial, inversión escatimada, sapiencia sobre modelos eurocéntricos y un largo etcétera. El término “colonialismo”, negativo en la actualidad, fue acuñado en el siglo XIX retomando, con cierto eufemismo impostor, la palabra romana “colonia” que significaba “tierra cultivada”.

El “buen colono” viene aparentemente a hacer de la tierra “cultura”. Así se escudan quienes avanzan sobre lo ajeno matizando su intención explotadora, fundada en la discriminación por etnicidad, género e incluso superioridad territorial. El colono se abroga venir de mejores y más civilizadas tierras que incluso —culpa del cartógrafo Mercator—, están sobredimensionadas en los mapas.

Una de las fórmulas para diluir la atrocidad colonialista fue siempre la palabra “mestizaje”. Cuando el colonialismo implica mixtura, se alimenta una perspectiva no sólo encubiertamente positiva, sino fundacional, dadora de vida. Ello obvia incluso su origen etimológico proveniente de cruzas practicadas en la ganadería. La primera designación para humanos ocurrió en el siglo XVI cuando los castellanos tuvieron la necesidad de designar a los hijos de español e indígena, algo que no podía resultar de otra cosa que no fuera un acto de violencia.

La propia realidad mexicana, ya como país independiente, reiteró esta utilización positiva del término mestizaje para afirmar una identidad nacionalista: “Raza cósmica”, diría Vasconcelos que no “raza de bronce”, reservada al indígena puro en la poesía de Nervo.
Ahora que se ha reavivado el debate sobre la conquista y tanto se manosea la palabra mestizaje, bien hace Elena Gil al pedirnos no confundir “mezcla” con “mestizaje”. Muchas cosas pueden mezclarse, sacando lo mejor de las partes, sin la violencia de destruir (o intentar hacerlo) el propio ethos de los pueblos originales. No hay grupo humano que no provenga de mezclas; es el detonador del progreso. Pero las culturas se pueden mezclar sin la espada sobre el cuello. Finalmente, las fusiones, el son y el huayno, el mole y la feijoada, hubieran nacido.

Colonialismo y mestizaje se conectan en este debate compartiendo la máxima de Foucault: “la reiteración del poder no es repetición, sino metamorfosis permanente de sus redes”. Todos los involucrados son culpables mientras su pensamiento sea maniqueo y afín al dogmatismo. Resulta imperioso entender que los Hernán Cortés y Pizarro fueron hombres de su tiempo y es muy poco sofisticado, pero común, convertirlos, como denunciaba Octavio Paz, en mitos maniqueos: héroes o criminales terribles cuya imagen simplista facilita a uno y otro bando exportar su dogma. Entre otros: adjudicarles irresponsablemente el papel fundacional de nuestras penas.

Regresamos al otro lado del Atlántico. Algunos teóricos africanos comienzan, por vía de las teorías de la concordia, a escapar de este mundo binario. Por años, la voz africana (la latinoamericana también si leemos a Carlos Granés en Delirio Americano) deambula entre dos paradigmas: hacia Occidente y todo lo que representa; y hacia una suerte de chovinismo culpógeno donde solo los africanos detonan su subdesarrollo. Ni a cuál irle.

Robert Mugabe, líder de Zimbabue repudia Occidente y en Niger los militares destituyen al embajador francés y lo culpan de todo. En sentido contrapuesto, las guerras civiles y étnicas, y el rencor religioso motivan esa ola idiosincrática que señala invariablemente a otro africano como responsable de todas las desdichas. Bajo estos términos, lograr el desarrollo siempre es una lucha: modelo adversarial con el “otro” y con el pasado.

Si realmente se quiere erradicar el binarismo hay que romper con las justificaciones baratas y, sin dejar de hacer los estudios rigurosos, así como las denuncias contra las injusticias históricas, focalizar el futuro. La pregunta es ¿qué se desea generar para quienes fueron violentados? ¿Cómo lograr que las poblaciones originales, víctimas del colonialismo, no vuelvan a serlo?

Solo un modelo basado en la educación, realmente propia y, como dicen acá, “decolonial”, apunta a forjar nuevas y diferentes generaciones; a romper el círculo vicioso de la confrontación. Estas teorías de la concordia comienzan a constituir un modelo basado en despertar una capacidad intelectual diferente, que entienda el pasado y tolere su peculiaridad histórica, no mítica…; para perfilar el devenir.