Películas como Backrooms y Obsession, de jóvenes directores como Kane Parsons (20 años) y Curry Barker (26 años), son éxitos de taquilla que ya los volvieron la punta de lanza de una nueva generación de creadores de contenido que, no solamente dieron el salto de las pantallas del celular a las de cine, sino que han ganado millones de dólares en el proceso. Hasta ahí, todo bien. El problema es cuando permitimos que esta industria, con la ayuda de los medios de comunicación, los presenten como algo que no son.
En redes sociales no se habla de otra cosa que no sea de la originalidad de ambas películas y, literalmente, que “nunca” se había realizado algo así. Cualquier persona con un básico conocimiento de cine sabe que esto es una exageración y que no cuenta ni para debate, pero los fans de estos YouTubers no entienden de razones y se ponen violentos. Raro, porque nadie está negando que sean películas bien logradas.
A esta generación de cinéfilos le molestan mucho las comparaciones, pero la única manera de desarmar el argumento de que algo es “original” es enlistando las referencias. Al salir de Obsession, pensé que no veía algo así de intenso desde Possession (1981) de Andrzej Żuławski y, ya que en esta columna he hablado de la influencia de tal película en nuevos directores, Obsession (desde el título) podría ser prueba de mi argumento.
El problema con copiar un concepto es que, a veces, te puedes llevar más de lo que querías copiar. Żuławski tenía 40 años cuando realizó Possesion y, en entrevistas, explicó que fue su manera de exorcizar el difícil divorcio que estaba viviendo. A los 26 años, Curry Barker estaría muy lejos de comprender las emociones por las que atraviesa un hombre de mediana edad y, sin embargo, ese es el tipo de intensidad que hay en Obsession.
Con Backrooms es más sencillo. Es una mezcla de El aro (2002) y La célula (2000), pasada por el filtro de un director más contemporáneo (como Ari Aster). Es visualmente imponente, más que nada por su gran dirección de arte, y en eso se parece a La célula, que también trató de mostrar lo que sucede al interior de una mente perturbada y lo hizo casi con pura escenografía, algo en lo que su director, Tarsem Singh, ya era experto a los 39 años.
En cambio, a los 20 años de edad, Kane Parsons combina diferentes estéticas como quien cambia de filtro en Instagram, que van del cine al video al internet, para lograr una sensación de leyenda urbana (el origen de la historia es una creepypasta) que tiene muchas coincidencias con Ringu (1998) de Hideo Nakata y la mencionada El aro, de Gore Verbinski.
Así que de nuevo y original, nada. Pero traten de explicárselo a los fans de estos creadores de contenido. Incluso, el debate en redes sociales es que la industria podría estar utilizando “directores fantasma” (profesionales con más experiencia) para dirigir estos títulos, mientras que Barker y Parsons sólo ponen el nombre para atraer a sus fans. Yo no iría tan lejos, pero sí me llama la atención tanto escepticismo alrededor de estas dos películas en particular.
Y es que la misma tendencia nos ha acercado también al trabajo de creadores de contenido como Chris Stuckman (Shelby Oaks), Mark Fischbach (Iron Lung), Michael Shanks (Together), Ian Tuason (Undertone) o Michael y Danny Philippou (Bring Her Back). El éxito de Obsession ya le aseguró un contrato millonario a Curry Barker para su próxima película, y el estreno en Cannes de Club Kid, del comediante Jordan Fisrtman, desató una guerra de ofertas entre importantes estudios de cine. No es tanto un fenómeno como simple lógica financiera: donde hay fans, hay dinero. ¿Será que haya talento en México para algo así?