Hay mañanas en que el Sanborns de los Azulejos revela una ciudad que ya sólo existe en la memoria. La luz entra oblicua por los ventanales, se demora sobre los mosaicos centenarios y alcanza las mesas donde todavía sobreviven los últimos lectores de periódicos impresos. El aroma del café recién colado se mezcla con el pan dulce tibio y con un olor apenas perceptible, pero inconfundible: la tinta fresca que aún mancha los dedos de quienes siguen creyendo que las noticias merecen abrirse sobre una mesa y no únicamente deslizarse sobre una pantalla.
Un hombre de cierta edad atravesó el salón y llegó directo a su mesa de siempre, vestía traje de paño gris Oxford impecablemente planchado, corbata sobria, zapatos cuidadosamente boleados y llevaba el periódico doblado bajo el brazo. Saludó al mesero por su nombre; el mesero respondió llamándolo por el suyo. Hay amistades que sólo pueden construirse después de varias décadas de desayunos compartidos.
Se sentó sin prisa. Desdobló el diario, acomodó los lentes y pidió el café de siempre. Sólo después tomó el teléfono. En la pantalla apareció el breve video donde la presidenta Claudia Sheinbaum anunciaba que viajaría al extranjero para asistir a la final del Mundial y que estaría de regreso el lunes.
Sonrió. No por el viaje ni por el futbol, sino porque aquellas palabras le devolvieron una escena que llevaba muchos años guardada. Se dirijó a los otros comensales.
—A ustedes ya no les tocaron aquellas prácticas republicanas.
No había nostalgia ni reproche. Era la serenidad de quien había visto cambiar los rituales del poder y comprendía que las nuevas generaciones difícilmente imaginarían que, hasta hace no muchos años, el Presidente de México necesitaba autorización del Congreso para salir del territorio nacional.
Pedir permiso era también explicar. El Ejecutivo debía informar a dónde viajaría, por qué necesitaba ausentarse, cuánto tiempo permanecería fuera y qué asuntos públicos justificaban el viaje. Aquella salida quedaba sujeta a la decisión del Poder Legislativo, que podía concederla o negarla. Incluso una ausencia breve comenzaba con ese antiguo rito republicano.
Luis M. Farías, uno de los políticos más relevantes del siglo pasado, dejó escrita en sus memorias que tituló, Así lo recuerdo, una escena que explica mejor el significado de aquella práctica.
En julio de 1980 José López Portillo estaba por abordar el avión que lo llevaría a Managua para conmemorar el primer aniversario de la Revolución Sandinista. La presencia del mandatario mexicano era observada con abierta incomodidad en Washington y circulaban versiones sobre un posible atentado.
Antes de despegar llamó a Farías, entonces presidente de la Cámara de Diputados. No hablaron del viaje. Hablaron de la República. Si el atentado llegaba a consumarse, correspondería al Congreso iniciar el procedimiento constitucional para sustituir al titular del Poder Ejecutivo. López Portillo expresó su confianza en el secretario de Gobernación, Enrique Olivares Santana. Farías aceptó, pero pidió que aquella decisión se repitiera delante del secretario de la Defensa Nacional. El general empeñó su palabra de soldado. El avión despegó. El atentado nunca ocurrió, pero aquella conversación dejó al descubierto el enorme peso constitucional y de seguridad nacional que entonces acompañaba la salida del Presidente del país.
El letrado hizo una pausa, como si repasara mentalmente una ciudad que ya no existía del todo. Aquella capital dejó de ser el Distrito Federal, había cambiado de nombre, de instituciones y de costumbres. Sin embargo, algunas palabras seguían conservando intacto el peso de otra época.
El país comenzó a transformarse sin estridencias, una reforma constitucional dispuso que, tratándose de ausencias presidenciales breves, ya no sería necesario solicitar autorización al Congreso. Bastaría dar aviso.
Ninguna ceremonia despidió aquel antiguo rito republicano. Simplemente dejó de practicarse. El café se había enfriado. El hombre dobló el periódico con el mismo cuidado con que lo había abierto y lo acomodó bajo el brazo. Al despedirse del mesero intercambiaron ese gesto breve de quienes saben que volverán a encontrarse para seguir viendo pasar la ciudad.
Afuera, la calle de Madero continuaba desbordada de turistas, vendedores y empleados que caminaban con la prisa de todos los días. En la pantalla del teléfono seguía reproduciéndose el video presidencial. Nadie parecía advertir que, detrás de aquellos ventanales, una conversación había rescatado del olvido una palabra que durante décadas acompañó la vida republicana de México.
Las ciudades no sólo conservan edificios, plazas o viejos cafés. También guardan palabras. Algunas describen mejor una época que cualquier monumento.
Hoy, para las ausencias breves del Presidente de la República, la Constitución determina que ya no hay necesidad de un permiso; basta un aviso. Entre una y otra palabra no cambió únicamente un procedimiento. Cambió una época.