Durante años fue fácil pensar que en México las cosas se hacían distinto, que aquí no se apostaba por ciertas prácticas porque había una especie de límite ético, una línea que no se cruzaba. Esa idea daba tranquilidad, incluso orgullo, aunque en el fondo siempre tuvo algo de incompleta, porque mientras se rechazaba el fracking en el discurso, gran parte del gas que usamos viene justamente de ahí, solo que extraído en otro país.
Es decir, nunca estuvo realmente fuera de nuestra vida cotidiana, solo estaba lo suficientemente lejos como para no incomodarnos.
Lo que está pasando ahora no se siente tanto como un cambio repentino, sino como ese momento en el que algo que ya sabías, pero no querías ver del todo, se vuelve imposible de ignorar. La dependencia energética dejó de ser un dato técnico y empezó a sentirse como una vulnerabilidad, como algo que en cualquier momento puede volverse en contra. Y frente a eso, la respuesta no es idealista, es práctica, casi inevitable.
Ahí es donde aparece esta decisión que incomoda porque rompe una especie de acuerdo silencioso, esa idea de que había cosas que aquí simplemente no se hacían. Y no es tanto por la técnica en sí, que tiene sus propias discusiones y riesgos, sino por lo que representa: aceptar que muchas veces no elegimos desde la convicción, sino desde lo que queda disponible.
Eso, visto desde fuera, podría parecer lógico. Al final, todos entendemos que hay cosas que no dependen solo de la voluntad. Pero visto desde dentro, desde quien escucha durante años una narrativa y luego ve cómo se ajusta, lo que aparece es una sensación extraña, como de desacomodo. No es indignación pura, tampoco sorpresa total, es más bien esa incomodidad de notar que las cosas no eran tan claras como parecían.
Porque el punto no es si esto es correcto o incorrecto en términos absolutos. El punto es cómo se digiere. Cuando algo se presenta durante tanto tiempo como una línea que no se cruza y después se cruza, aunque haya razones, aunque haya contexto, inevitablemente cambia la forma en la que se percibe todo lo demás.
Y eso conecta con algo más amplio que se ha ido sintiendo poco a poco, no solo en este tema. Hay una especie de tránsito silencioso hacia decisiones más prácticas, más aterrizadas, menos cargadas de discurso. No es un giro brusco, es más bien un ajuste constante, casi discreto, como si la realidad fuera empujando las cosas a su lugar aunque eso implique soltar ciertas certezas.
Tal vez ahí está lo más interesante de todo esto. No en el fracking como tal, sino en lo que revela: que las ideas, por más firmes que parezcan, siempre están condicionadas por el contexto. Y que tarde o temprano llega el momento en el que hay que decidir entre sostener una postura o resolver un problema.
Lo complicado es cuando ese momento no se nombra, cuando todo cambia pero se intenta mantener intacta la forma de explicarlo. Porque entonces no se genera claridad, se genera distancia. Y esa distancia no se siente en los datos ni en los anuncios, se siente en algo mucho más cotidiano y sumamente importante, que es la confianza.
Al final, más que una discusión técnica, esto termina siendo una conversación sobre honestidad, pero también sobre cuestionarnos hasta dónde estamos dispuestos a aceptar que las cosas son más complejas de lo que nos dijeron, y sobre cómo se construye algo creíble cuando la realidad obliga a moverse.
Porque sí, la energía importa, la autosuficiencia importa, todo eso es real. Pero también lo es la sensación de coherencia. Y cuando esta se rompe, aunque sea por razones válidas, lo que queda no es solo una nueva decisión, es una pregunta abierta que ya no es tan fácil de cerrar.