Desaparecen 30 mujeres cada día y seguimos discutiendo paredes

11 de Marzo de 2026

Desaparecen 30 mujeres cada día y seguimos discutiendo paredes

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Yazmin Jalil

En México, mientras leemos estas líneas, al menos una mujer está siendo agredida. No es un dato más. No es un número. Es una vida. Antes de discutir marchas, consignas o pintas del 8 de marzo, analicemos las cifras. No las opiniones. No los prejuicios. Las cifras.

El Día Internacional de la Mujer no nació como fiesta. Nació de la tragedia. En 1911, 146 trabajadoras murieron en un incendio en Nueva York, en la fábrica de camisas conocida como el Triangle Shirtwaist Factory Fire. Muchas de ellas ya se habían quejado de las condiciones laborales: jornadas extenuantes, salarios miserables y espacios inseguros. Como castigo, las encerraron. Cuando el incendio comenzó, no podían escapar de las llamas. El humo salió morado por los químicos. Un año antes, en 1910, Clara Zetkin propuso un día internacional para exigir derechos de las mujeres. No para celebrar. Para denunciar. Y más de un siglo después, seguimos en las mismas.

Más de 18 mujeres son asesinadas cada día en el país, según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Solo una parte se investiga como feminicidio. El resto queda impune. Pero esto no empieza con el asesinato. Empieza antes: golpes, amenazas, violaciones, desapariciones.

Entre 40 y 60 violaciones se registran al día. Y aun así, solo se denuncia una fracción. Si la cifra real se acercara a esa proporción, cada dos o tres minutos una mujer estaría siendo atacada sexualmente. ¡Cada dos o tres minutos! Cada número es una vida. Cada cifra tiene un nombre. Una hija que no volvió. Una hermana desaparecida. Una madre asesinada. El 8 de marzo no es festejo. Es un grito de auxilio.

La violencia no es un problema de mujeres adultas. Es un problema de género. En México, más de 20 mil niñas y adolescentes denuncian delitos sexuales cada año. Datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía estiman que más del 90% de los delitos sexuales no se denuncian, por lo que la cifra real podría ser mucho mayor. Se registran 60 casos diarios de violencia sexual contra menores. Nueve de cada diez ocurren dentro del entorno cercano: familiares, conocidos, vecinos. Para ellas, el lugar más peligroso no es la calle ni un callejón oscuro. ¡Es su casa!

Cada año, más de 10 mil mujeres desaparecen en México, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas. Casi 30 cada día. Treinta familias que dejan de saber dónde está su hija, su hermana, su madre. Más del 90 % de los delitos no se registran oficialmente. De los que sí, casi ninguno se castiga. En feminicidios, alrededor del 95% queda impune. Quien mata a una mujer sabe que casi nunca habrá justicia. Cada 80 minutos, una mujer es asesinada. Cada día desaparecen 30 más. Y aun así, algunos discuten si las marchas son “demasiado agresivas”.

“Son feminazis”, “ya no se puede ni cortejarlas porque dicen que es acoso”, “mienten para vengarse de su ex”, “salen vestidas provocativas y luego se quejan”. Ese es el tipo de comentarios que se repiten después de cada marcha. Tal vez la pregunta no sea por qué marchan. La pregunta es: ¿Cómo es posible que, con estas cifras, todavía haya quien piense que no deberían hacerlo?

Conviene recordar: muchas cosas que hoy parecen normales —votar, estudiar, tener propiedades, aspirar a cargos públicos—, fueron conquistadas con lucha y sangre. En México, el derecho al voto femenino llegó apenas en 1953. Hace unas generaciones, una mujer no podía abrir una cuenta bancaria ni decidir por sí misma. Mujeres marcharon, protestaron y rompieron cosas para lograrlo.

Por todo esto, el 8 de marzo, cientos de miles de mujeres salieron a las calles. Mujeres jóvenes, niñas, madres, abuelas, familiares de víctimas, madres buscando a sus hijas, incluso padres aliados. Caminan porque las cifras son intolerables. Caminan porque no hay otra opción.

En esta fecha. En este mes. En esta vida, no pedimos aplausos. Ni felicitaciones, ni debates sobre paredes o vidrios rotos. Exigimos justicia. Que dejemos de normalizar lo intolerable. Que nos indignen las vidas de quienes ya no están o de quienes las siguen buscando.

Pintar paredes, romper vidrios, gritar consignas. No está bien. No. Pero… ¿Y qué tal si nos indignamos tanto por cada mujer asesinada, violada o desaparecida como nos indignamos por una pared grafiteada?¿Hasta cuándo vamos a mirar hacia otro lado mientras matan, desaparecen y violan a mujeres?

El 8 de marzo no es un espectáculo. Es un grito que nos debería arrancar la indiferencia de raíz.