Despojo de la memoria: entre el fervor futbolero y la miseria moral

23 de Junio de 2026

Despojo de la memoria: entre el fervor futbolero y la miseria moral

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Omar Hurtado

«Cómicos hay quienes he visto representar y elogiar, que por no decirlo en malos términos, no teniendo ni acento, ni traza de gentiles ni tan siquiera de hombres, se pavoneaban y vociferaban de tal modo, que llegué a pensar si proponiéndose algún mal artífice de la naturaleza formar tal casta de hombres, le resultaron unos engendros ¡tan abominablemente imitaban a la humanidad!».
Paráfrasis de Hamlet, William Shakespeare.

Lo ocurrido en la inauguración futbolística en la Ciudad de México el pasado 11 de junio, en el momento en que un grupo de aficionados despojó a las madres buscadoras de las lonas de memoria de sus hijos desaparecidos, usándolas para cubrirse de la lluvia, provocó una indignación profunda en diversos sectores de la sociedad mexicana, acto que dejó al descubierto una alarmante insensibilidad social ante una de las realidades más dolorosas del país.

El perfil de quienes protagonizaron estas acciones encaja perfectamente en la figura del macho bravucón. Son individuos con una severa inmadurez cívica que confunden la pasión deportiva con la prepotencia y la falta de solidaridad. Para ellos, la dolorosa búsqueda de una madre es solo un obstáculo molesto que interrumpe su diversión. Bajo su escasa lógica, el aguacero de esa noche justificó el despojo y la agresión hacia las mujeres.

Para estos sujetos, la virilidad se reduce al despliegue de fuerza física y a la intimidación de quienes perciben vulnerables. Hablamos de especímenes que miden su valor personal por los decibeles de sus gritos o el tamaño de los neumáticos de los vehículos que conducen. Son incapaces de procesar que las fotografías impresas en los cartelones corresponden a seres humanos ausentes. Amparados por el alcohol y las camisetas verdes, insultaron a mujeres y periodistas que intentaban recuperar las mantas, decretando por la fuerza que el espacio les pertenecía en exclusividad.

Esta agresión expone una severa crisis de valores y la pérdida de dirección en el núcleo familiar. Que estos jóvenes agredan a mujeres que buscan en el desamparo a sus hijos evidencia el quiebre del tejido ético comunitario. Los agresores no solo vulneraron un espacio de protesta; mostraron la descomposición social que ocurre cuando la familia claudica en su función formativa y se aleja de la compasión humana. Son capaces de gritar con euforia un gol, pero permanecen indiferentes ante el dolor elemental. La madre en protesta dejó de ser un sujeto digno de respeto para convertirse en un estorbo de la euforia futbolera.

Esta insensibilidad no nace en el vacío; se nutre del desdén oficial. El gobierno adopta una postura que minimiza los hechos ante una crisis humanitaria que se resiste a reconocer, y que acumula —en las oscuras cifras oficiales— al menos 134,000 personas desaparecidas y más de cinco mil fosas detectadas. En este escenario, el discurso oficial tiende a relacionar las demandas de las mujeres con ataques políticos, priorizando la propaganda sobre la tragedia para legitimar el insulto ciudadano y sostener el simulacro de una nación pacífica.

Frente a la indolencia del Estado, las madres buscadoras exponen el vacío ético del poder. Demuestran con dignidad que la memoria histórica de nuestros desaparecidos no es un ornamento prescindible, sino una lucha permanente para reconstruir una sociedad crispada por la violencia. Ante la ineficiencia institucional, ellas han creado sus propios métodos de investigación y han asumido la verdadera legitimidad que las autoridades perdieron.

Al final, esa noche dejó una estampa clara: de un lado, la cobardía de quienes agreden escondidos en el montón; del otro, la dignidad de las madres que buscan solas, sin apoyo del gobierno. Al colgar de nuevo cada lona robada, las buscadoras demuestran que su exigencia no se va a quebrar. Su resistencia no solo exhibe el fracaso del Estado, sino que obliga a una sociedad indiferente a mirarse en el espejo y ver en qué nos estamos convirtiendo.