Después de Maduro

7 de Enero de 2026

Julieta Mendoza
Julieta Mendoza
Profesional en comunicación con más de 20 años de experiencia. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNAM y tiene dos maestrías en Comunicación Política y Pública y en Educación Sistémica. Ha trabajado como conductora, redactora, reportera y comentarista en medios como el Senado de la República y la Secretaría de Educación Pública. Durante 17 años, condujo el noticiero “Antena Radio” en el IMER. Actualmente, también enseña en la Universidad Panamericana y ofrece asesoría en voz e imagen a diversos profesionales.

Después de Maduro

Julieta Mendoza - columna

Hay acontecimientos que duran lo que dura el ciclo informativo. Otros, en cambio, sobreviven a la avalancha de titulares porque alteran el tablero. La detención de Nicolás Maduro —confirmada el 3 de enero— pertenece a esta segunda categoría, aunque buena parte de la cobertura se haya quedado en la superficie del impacto inmediato. Entre comunicados oficiales, reacciones ideológicas y análisis apresurados, el riesgo no es la desinformación, sino algo más grave: creer que ya se dijo todo.

La historia reciente de América Latina demuestra que la caída de un líder no equivale, necesariamente, al colapso del sistema que lo sostuvo. Y ese es el punto que muchas lecturas han pasado por alto. Maduro no fue únicamente un presidente autoritario ni un heredero del chavismo: fue el operador central de una red política, militar, económica y transnacional que excede por mucho su figura personal. Detener al hombre no desmantela, por sí mismo, la arquitectura que lo sostuvo durante más de una década.

El paralelismo histórico es inevitable y, para algunos, incómodo. En 1989, Estados Unidos capturó a Manuel Antonio Noriega en Panamá bajo cargos de narcotráfico. Aquella intervención fue presentada como un triunfo del Estado de derecho, pero dejó una lección que hoy vuelve a ser pertinente: la justicia internacional aplicada de manera selectiva suele abrir vacíos de poder difíciles de cerrar. Panamá tardó años en estabilizarse institucionalmente y el precedente marcó una herida duradera en la relación hemisférica.

En el caso venezolano, los cargos que pesan sobre Maduro —narcotráfico, conspiración criminal, lavado de dinero— no son nuevos. Están documentados desde hace años en expedientes judiciales de Estados Unidos y respaldados por investigaciones que señalan al llamado “Cartel de los Soles”. Lo novedoso no es la acusación, sino el momento político en que se ejecuta la detención. Nada ocurre en el vacío: detrás hay un cálculo estratégico que combina desgaste interno del régimen, reacomodos regionales y una coyuntura internacional marcada por la disputa energética global.

Aquí es donde la conversación se vuelve verdaderamente relevante. Venezuela no es solo una crisis política; es una pieza energética clave. Su petróleo —aunque mermado por años de mala gestión y sanciones— sigue siendo estratégico para aliados como China, Irán y Cuba. Pekín no solo es acreedor de Caracas; es socio de largo plazo. Teherán encontró en Venezuela una vía para esquivar sanciones. La Habana, sin el suministro venezolano, enfrenta un escenario energético crítico. La detención de Maduro introduce incertidumbre en esas ecuaciones y obliga a esos países a recalcular costos y lealtades.

Para la región, el impacto va más allá del petróleo. Se abre un periodo de fragilidad institucional: ¿quién controla las Fuerzas Armadas?, ¿qué ocurre con los grupos armados irregulares?, ¿cómo se reconfiguran las lealtades internas? América Latina ha aprendido —a veces a golpes— que los vacíos de poder no permanecen vacíos mucho tiempo.

¿Y México? Aunque no sea actor directo, no es ajeno. Su histórica política de no intervención, su papel diplomático en América Latina y su relación energética con Estados Unidos lo colocan en una posición delicada. Un reordenamiento en Venezuela puede tensionar foros regionales, redefinir alianzas y volver a poner a prueba la coherencia del discurso latinoamericano frente a las intervenciones externas.

Quizá la pregunta más incómoda no sea si Maduro debía ser detenido, sino qué viene después. La justicia, cuando llega sin un proyecto político e institucional que la acompañe, corre el riesgo de convertirse en un gesto simbólico. Derrocar a un líder es un acto inmediato; reconstruir un país es una tarea que exige años, consensos y una región dispuesta a asumir responsabilidades.

Cuando el ruido mediático se disipe, lo que quedará no será la imagen del detenido, sino las consecuencias de haber tocado una de las piezas más sensibles del ajedrez latinoamericano. Y ahí, recién ahí, empezará la verdadera historia.