Detrás del Mundial

30 de Junio de 2026

Detrás del Mundial

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Rubén Moreira

Estamos en medio de la euforia del Mundial y espero que hoy por la tarde la Selección Nacional nos mantenga con buen ánimo. El futbol es un gran negocio y su federación se ha convertido en un poder supranacional cuyo principal objetivo es conseguir ganancias, cueste lo que cueste. Para la FIFA no hay escrúpulos, y mucho menos principios. Lo mismo sanciona en México los gritos homofóbicos que muestra tolerancia hacia algunos países que castigan incluso con la muerte a integrantes de la comunidad LGBTTTIQ+. Qué decir de las reglas que impone a las ciudades sede en México y de su silencio ante la violación de los derechos humanos de jugadores y directivos de algunas selecciones que no pueden ingresar al país donde se celebrarán los partidos.

El evento y el número de selecciones nos brindan la oportunidad de reflexionar sobre el mundo y las circunstancias que viven muchas naciones. Somos, como humanidad, compañeros de viaje; sin embargo, hay pasajes de primera, segunda, tercera y hasta cuarta clase. Eso, sin contar a las naciones abusivas y aprovechadas, que disfrutan quedarse con lo que no les pertenece y entrometerse en lo que no les incumbe.

Patrice Émery Lumumba fue asesinado hace 65 años por buscar la independencia efectiva de su país. Lo mató el imperialismo de ya saben quiénes, y su cuerpo fue desaparecido tras ser despedazado y sumergido en ácido. En los estadios donde juega la selección del Congo se ha presentado Michel Kuka Mboladinga, quien permanece inmóvil y solemne sobre una tarima, ataviado como Lumumba. Es su manera de protestar por las injusticias que las grandes potencias han cometido en el continente africano, y su presencia le da un sentido distinto al mercantilismo que rodea al Mundial.

La justa deportiva ha permitido que muchos escuchen el nombre de una pequeña nación: Cabo Verde, más cercana a Latinoamérica de lo que suele pensarse. Resulta que las islas que hoy conforman ese país sirvieron durante varios siglos para concentrar a esclavos capturados en lo que hoy son Senegal, Guinea-Bisáu, Guinea y Sierra Leona, antes de venderlos en todo nuestro continente. La suya es una historia de dolor, abuso y colonialismo, el mismo que permitió el despegue económico de las orgullosas “democracias” occidentales.

A Chequia y México nos une un barrio. Lídice, un pueblo de la antigua Checoslovaquia, fue aniquilado por el ejército nazi y prácticamente todos sus habitantes fueron asesinados. Ese loco populista llamado Hitler, movido por la venganza, se propuso borrar para siempre el recuerdo de esa población. México, cuando tenía altura de miras, decidió agregar a San Jerónimo el nombre de Lídice para mantener viva su memoria.

Haití nos recuerda a una nación a la que el mundo nunca le ha perdonado la osadía de conquistar su libertad y convertirse en la primera en abolir la esclavitud. La FIFA incluso le prohibió un uniforme que evocaba su gloriosa independencia de Francia. Los jugadores de Irán, con mochilas en las manos, nos evocan a las niñas muertas por los misiles que cayeron sobre su escuela y nos recuerdan el horror de la guerra.

Por mezquindades y prejuicios, el gobierno de Morena perdió la oportunidad de sacar provecho de esta fiesta del capitalismo. El comercio del Centro Histórico de la Ciudad de México no obtuvo las ventajas que el evento podía generar; tampoco llegaron los turistas que se esperaban. América del Norte se mostró dividida, en lugar de proyectarse como la región del futuro, y en ello también contribuyó el gobierno del país vecino.

En esto del futbol hay un ganador seguro: los magnates de la federación. Lo demás es anécdota.