Donde la historia siempre juega de local

10 de Junio de 2026

Donde la historia siempre juega de local

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Yazmin Jalil

Hay países que organizan un Mundial. México decidió coleccionarlos.

Este 11 de junio, cuando comience la Copa del Mundo 2026, nuestro país entrará en un club de un solo integrante: será la primera nación en la historia en albergar tres Mundiales. Ni Brasil. Ni Alemania. Ni Italia. México jugará este partido sin compañía.

Y como toda gran Copa necesita una cancha memorable, ahí estará el Estadio Azteca. O el nombre que tenga en esta nueva etapa. Porque los nombres comerciales pueden cambiar, los patrocinadores entrar y salir del partido y los letreros renovarse. Pero para millones de aficionados seguirá siendo simplemente el Azteca. Los estadios, como las leyendas, terminan siendo más grandes que cualquier nombre.

Cuando el mundo vuelva a mirar hacia Santa Úrsula, el coloso mexicano también romperá su propio récord: será el primer estadio del planeta en formar parte de tres Copas del Mundo distintas. Un dato que parece destinado a jugar tiempos extra durante muchos años. No está mal para una construcción inaugurada en 1966.

El arquitecto Pedro Ramírez Vázquez imaginó un estadio monumental, moderno y funcional. Sin embargo, quizá la mejor definición de su obra me la dio su hijo, Javier Ramírez Campuzano: “Mi padre no diseñaba concreto; diseñaba emociones”. Y pocas construcciones han emocionado tanto a tantas personas.

Porque aquí el fútbol no sólo se jugó. Aquí hizo historia.

En México 70 el planeta descubrió una nueva manera de vivir este deporte. Fue el primer Mundial celebrado fuera de Europa y Sudamérica. También fue el primero que gran parte de la audiencia mundial pudo disfrutar a color. De pronto las camisetas brillaban, las tribunas parecían mares de aficionados y el espectáculo adquiría una dimensión completamente distinta.

Aquella Copa también estrenó algo que hoy parece tan natural como un saque de banda: las tarjetas amarillas y rojas. Antes de eso, los árbitros tenían que arreglárselas prácticamente a puro lenguaje corporal. También aparecieron las sustituciones durante los partidos. El fútbol moderno empezó a calentar en la banda en México. Y como si hiciera falta algo más para alimentar la leyenda, aquel torneo terminó con una imagen inmortal: Pelé levantando la Copa del Mundo en la cancha del Azteca.

Dieciséis años después llegó México 86. O mejor dicho: llegó Maradona. Porque si México 70 tuvo al Rey, México 86 tuvo al genio. En el mismo estadio ocurrieron la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Una jugada sigue generando debates. La otra sigue dejando al mundo sin argumentos. Lo más increíble es que ambas ocurrieron en el mismo partido y separadas por apenas unos minutos.

Así, el Azteca consiguió algo que ningún otro estadio puede presumir: haber sido escenario de algunas de las páginas más memorables de Pelé y Maradona, dos futbolistas que todavía compiten por el título de inmortales.

Pero los Mundiales nunca han sido solamente fútbol. Son una mezcla irresistible de deporte, fiesta, cultura y encuentros improbables.

Hace unos años tuve la oportunidad de vivir mi primera experiencia mundialista cubriendo la Copa del Mundo de Qatar para Telemundo. Fácilmente puedo decir que fue una de las mejores vivencias de mi vida profesional. Ver aficionados capaces de vender un auto, gastar sus ahorros o recorrer medio planeta para acompañar a su selección fue impactante. Lo que mueve el fútbol, no lo mueve nada. Por eso me emociona especialmente volver a formar parte de esta cobertura y hacerlo con México como protagonista de la historia.

Porque durante unas semanas el planeta entero se convierte en una enorme tribuna compartida. Aficionados de todos los continentes intercambian camisetas, canciones, fotografías y hasta recomendaciones gastronómicas. Veremos japoneses probando tacos al pastor, argentinos discutiendo alineaciones en cualquier esquina y europeos descubriendo que cuando un mexicano dice “no pica mucho”, conviene desconfiar.

Pelé dejó su huella en México. Maradona escribió la suya en México. Ahora, cuando el balón vuelva a rodar este 11 de junio, el país que ya organizó dos Mundiales abrirá las puertas de un tercero.

Porque los Mundiales cambian de sede cada cuatro años. Las generaciones pasan. Los nombres de los estadios también. Pero la historia siempre encuentra dónde volver a jugar. Y en 2026, vuelve a jugar en México.