Un respiro también es necesario

25 de Junio de 2026

Un respiro también es necesario

Brenda Peña

Durante un mes, México cambia de conversación.

Las sobremesas dejan de hablar, aunque sea por unos minutos, de la violencia para discutir una alineación. Los vecinos que apenas se saludaban ahora celebran un gol. En las oficinas aparecen banderas, las calles se llenan de camisetas verdes y las diferencias políticas, económicas o sociales parecen suspenderse durante noventa minutos.

No es frivolidad. Es necesidad.

Porque el Mundial llega a un país que carga demasiadas preocupaciones sobre los hombros.

La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) confirma, año tras año, que la inseguridad sigue siendo una de las principales preocupaciones de los mexicanos. Millones de personas modifican sus rutinas por miedo a ser víctimas de un delito, mientras la percepción de inseguridad continúa siendo elevada en buena parte del país.

A ello se suma una de las heridas más profundas de nuestra historia reciente: las desapariciones. Más allá del debate sobre la metodología para contabilizarlas, México mantiene un registro histórico de más de 130 mil personas reportadas como desaparecidas y no localizadas. Detrás de cada cifra hay una silla vacía en una mesa, una madre que no deja de buscar y una familia que vive suspendida entre la esperanza y el dolor.

También persiste la incertidumbre económica. Aunque la inflación se ha moderado respecto a los niveles alcanzados hace algunos años, el poder adquisitivo sigue siendo un reto para millones de familias. El costo de la canasta básica, la vivienda, el transporte y los servicios continúa obligando a muchos hogares a ajustar sus gastos y posponer proyectos.

En ese contexto, el Mundial representa algo más que futbol.

Es un permiso colectivo para sonreír sin sentir culpa.

Es la posibilidad de abrazar a un desconocido después de un gol, de volver a llenar las plazas, de reunir a tres generaciones frente a una televisión. Es recordar que todavía somos capaces de emocionarnos por algo que nos une y no por aquello que nos divide.

Nadie pretende que un campeonato resuelva la inseguridad, encuentre a los desaparecidos o mejore la economía. Sería ingenuo pensarlo. Pero tampoco deberíamos minimizar el valor que tiene la esperanza compartida. Las sociedades también necesitan momentos para respirar, para reencontrarse y para recordar que la alegría no es un lujo: también es una forma de resistencia.

Durante unas semanas, el balón ocupará portadas, conversaciones y corazones. Después volverán las exigencias, las cuentas pendientes y las noticias que reclaman atención. Pero quizá ese sea precisamente el mayor regalo del Mundial: recordarnos que, incluso en medio de la incertidumbre, seguimos siendo capaces de celebrar juntos.

Porque un país no sólo se mide por los problemas que enfrenta, sino también por su capacidad de conservar la esperanza mientras los enfrenta.

Y esa esperanza, aunque dure apenas noventa minutos, también tiene un enorme valor.