Cada cierto tiempo la Ciudad de México sabe que el mundo vuelve a mirarla.
Entonces se arregla.
Oculta el desorden, retoca las paredes y acomoda aquello que suele permanecer fuera de cuadro. Lo ha hecho durante siglos.
Ocurrió cuando la Nueva España se preparaba para la entrada de un virrey. Ocurrió cuando la joven República quiso demostrar que pertenecía a las naciones civilizadas. Ocurrió durante el Centenario de la Independencia, cuando Porfirio Díaz convirtió la capital en un escaparate de mármol, hierro y piedra.
Ocurrió también cuando los muralistas transformaron edificios enteros en una narración pública. Ocurrió en la Olimpiada de 1968 cuando se proyectó futuro y volvió a ocurrir durante el Mundial de 1986, cuando la ciudad decidió mostrarse al mundo fuerte pese a las heridas abiertas por el terremoto.
Y ocurre ahora.
A pocas semanas de que la Copa del Mundo vuelva a colocar a la ciudad bajo los reflectores, brigadas de trabajadores recorren avenidas y vialidades. Hay olor a pintura fresca, polvo de obra sobre las banquetas y tránsito detenido frente a bardas recién coloreadas. Sobre los muros aparecen ajolotes, el fantasma del lago extinto transformado en logotipo morado, observando a la metrópoli maquillarse mientras el reloj avanza.
Los comerciantes barren el polvo de las obras. Algunos peatones se detienen a fotografiar los murales. En las redes sociales se multiplican las bromas, las críticas y las defensas apasionadas. Bajo la nueva capa de color sobrevive la vieja sensación de premura que acompaña a las grandes inauguraciones mexicanas.
La historia, sin embargo, sugiere otra pregunta.
¿Qué intenta decir una ciudad cuando decide embellecerse para ser observada?
Las ciudades nunca decoran sus muros al azar. En ellos escriben aquello que creen ser o aquello que quisieran llegar a ser.
Durante siglos la capital quiso parecer un reflejo del orden celestial. Campanarios, procesiones e incienso dominaban el paisaje. Embellecer significaba acercarse a Dios. Aunque detrás de las fachadas monumentales sobrevivieran inundaciones, epidemias y profundas desigualdades. La ciudad aprendió entonces una habilidad que nunca abandonaría: mostrar su mejor rostro mientras ocultaba sus heridas.
Los siglos trajeron nuevas devociones.
La Independencia y la Reforma transformaron el paisaje simbólico. Donde antes predominaban los Santos aparecieron figuras de otro universo. Minerva, Mercurio y Apolo poblaron edificios y jardines. Aquellas figuras hablaban de educación, ciencia y progreso. La salvación ya no descendía del cielo; se esperaba del conocimiento.
Aquella aspiración alcanzó su máxima expresión durante el porfiriato. Ninguna generación estuvo tan obsesionada con parecer moderna. México buscaba dialogar con París. Se abrieron avenidas monumentales, se levantaron esculturas y el mármol atravesó océanos para instalarse en la capital. Embellecer significaba civilizar.