El ajolote y la ciudad que quiso ser

13 de Julio de 2026

El ajolote y la ciudad que quiso ser

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José Pérez Linares

Cada cierto tiempo la Ciudad de México sabe que el mundo vuelve a mirarla.

Entonces se arregla.

Oculta el desorden, retoca las paredes y acomoda aquello que suele permanecer fuera de cuadro. Lo ha hecho durante siglos.

Ocurrió cuando la Nueva España se preparaba para la entrada de un virrey. Ocurrió cuando la joven República quiso demostrar que pertenecía a las naciones civilizadas. Ocurrió durante el Centenario de la Independencia, cuando Porfirio Díaz convirtió la capital en un escaparate de mármol, hierro y piedra.

Ocurrió también cuando los muralistas transformaron edificios enteros en una narración pública. Ocurrió en la Olimpiada de 1968 cuando se proyectó futuro y volvió a ocurrir durante el Mundial de 1986, cuando la ciudad decidió mostrarse al mundo fuerte pese a las heridas abiertas por el terremoto.

Y ocurre ahora.

A pocas semanas de que la Copa del Mundo vuelva a colocar a la ciudad bajo los reflectores, brigadas de trabajadores recorren avenidas y vialidades. Hay olor a pintura fresca, polvo de obra sobre las banquetas y tránsito detenido frente a bardas recién coloreadas. Sobre los muros aparecen ajolotes, el fantasma del lago extinto transformado en logotipo morado, observando a la metrópoli maquillarse mientras el reloj avanza.

Los comerciantes barren el polvo de las obras. Algunos peatones se detienen a fotografiar los murales. En las redes sociales se multiplican las bromas, las críticas y las defensas apasionadas. Bajo la nueva capa de color sobrevive la vieja sensación de premura que acompaña a las grandes inauguraciones mexicanas.

La historia, sin embargo, sugiere otra pregunta.

¿Qué intenta decir una ciudad cuando decide embellecerse para ser observada?

Las ciudades nunca decoran sus muros al azar. En ellos escriben aquello que creen ser o aquello que quisieran llegar a ser.

Durante siglos la capital quiso parecer un reflejo del orden celestial. Campanarios, procesiones e incienso dominaban el paisaje. Embellecer significaba acercarse a Dios. Aunque detrás de las fachadas monumentales sobrevivieran inundaciones, epidemias y profundas desigualdades. La ciudad aprendió entonces una habilidad que nunca abandonaría: mostrar su mejor rostro mientras ocultaba sus heridas.

Los siglos trajeron nuevas devociones.

La Independencia y la Reforma transformaron el paisaje simbólico. Donde antes predominaban los Santos aparecieron figuras de otro universo. Minerva, Mercurio y Apolo poblaron edificios y jardines. Aquellas figuras hablaban de educación, ciencia y progreso. La salvación ya no descendía del cielo; se esperaba del conocimiento.

Aquella aspiración alcanzó su máxima expresión durante el porfiriato. Ninguna generación estuvo tan obsesionada con parecer moderna. México buscaba dialogar con París. Se abrieron avenidas monumentales, se levantaron esculturas y el mármol atravesó océanos para instalarse en la capital. Embellecer significaba civilizar.

Aunque detrás de la postal elegante convivieran desigualdades y tensiones que terminarían por estallar en la Revolución.

Después de la Revolución los edificios comenzaron a llenarse de historias. Una mañana de los años veinte podía verse a Diego Rivera suspendido sobre andamios, a varios metros de altura, pintando campesinos, obreros y escenas revolucionarias.

Por primera vez el monumento dejó de ser la estatua. El monumento era el muro.

Después llegaron Orozco y Siqueiros. Los héroes dejaron de descender del Olimpo. Tenían manos curtidas, rostros indígenas y ropa de trabajo.

México no sólo decoró sus edificios. Le contó al mundo su epopeya.

En 1986, apenas después del terremoto, la ciudad volvió a enfrentarse al mismo dilema. No se trataba de ocultar las ruinas. Se trataba de demostrar que la reconstrucción era una forma de orgullo. La capital seguía herida, pero se negaba a ser recordada únicamente por sus escombros.

Quizá por eso la discusión actual resulta tan reveladora.

Las generaciones anteriores respondieron mediante catedrales, avenidas monumentales y murales capaces de sobrevivirlas. La polémica de estos días revela algo distinto: la dificultad contemporánea para imaginar proyectos urbanos capaces de trascender la coyuntura.

Una ciudad no se embellece únicamente con pintura. Se embellece cuando sus parques funcionan, cuando el transporte conecta, cuando sus monumentos cuentan una historia y cuando el espacio público ofrece una razón para reconocerse como comunidad.

Dentro de algunos años los ajolotes morados también desaparecerán. Llegarán nuevas modas, nuevos símbolos y nuevas capas de pintura.

Pero permanecerá la pregunta que cada generación deja escrita sobre sus muros: quiénes creíamos ser y qué futuro imaginábamos para nosotros mismos.

Quizá alguien encuentre apenas los vestigios de una identidad gráfica donde otras generaciones levantaron catedrales, trazaron avenidas o cubrieron edificios enteros con relatos destinados a sobrevivirlas.

Y acaso, frente a un ajolote deslavado por el tiempo, se comprenda que las ciudades nunca son recordadas por los colores que eligieron para sus bardas, sino por la grandeza —o la modestia— de los sueños que pintaron sobre ellas.