Hace poco más de un año, millones de personas escucharon en un pódcast la voz de “El Bart”, condenado por su participación en el atentado contra el periodista Ciro Gómez Leyva. Sus palabras provocaron indignación porque hablaban de la violencia con una frialdad difícil de comprender y sin mostrar arrepentimiento. La entrevista volvió a colocar al sistema penitenciario en el centro de la conversación pública. Sin embargo, detrás de esos mismos muros existe otra historia que casi nadie conoce y que, probablemente, resulte mucho más importante para el futuro de la seguridad pública en México: la de un profesor de matemáticas que también cumple una condena y decidió dedicar su tiempo a que otros internos concluyeran su educación básica.
El pasado 15 de julio visité la Plaza Comunitaria del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), ubicada en el Centro Varonil de Reinserción Social Preventiva Norte de la Ciudad de México. Tras cruzar los controles de acceso esperaba encontrar un entorno definido únicamente por el encierro. En cambio, descubrí un espacio donde existe un genuino interés por concluir la educación básica, continuar con estudios de nivel medio superior e incluso abrir camino hacia la educación universitaria. Aquella percepción contrastaba con la imagen que normalmente construimos desde el exterior y me recordó que, aun detrás de los muros, las personas siguen construyendo proyectos de vida cuando encuentran una oportunidad para hacerlo.
Durante la visita conocí la historia de un interno con formación profesional en matemáticas que decidió incorporarse como asesor voluntario. Su experiencia ha permitido apoyar a compañeros que enfrentaban mayores dificultades para acreditar uno de los módulos más complejos del modelo educativo del INEA. Lo más valioso no radica únicamente en compartir sus conocimientos, sino en la decisión de ponerlos al servicio de los demás. En un entorno donde con frecuencia se habla de influencias negativas, él eligió convertirse en un referente para que otros avanzaran en su proceso educativo. Detrás de los muros también existen historias que rara vez alcanzan los titulares.
La responsable de la Plaza Comunitaria compartió un dato que merece mayor atención pública: durante 2026, treinta y seis personas privadas de la libertad obtuvieron su certificado de educación básica en ese centro. Ese esfuerzo forma parte del convenio que mantienen, desde mayo de 2021, el INEA y la Subsecretaría del Sistema Penitenciario de la Ciudad de México. Hoy esa colaboración no sólo impulsa programas de alfabetización, primaria y secundaria; también busca ampliar las oportunidades para continuar con estudios de nivel medio superior, fortalecer proyectos que acerquen la educación superior a los centros penitenciarios e impulsar nuevas formas de participación de las personas privadas de la libertad. Más que impartir clases, representa una apuesta por construir condiciones reales para la reinserción social.
Con frecuencia evaluamos al sistema penitenciario por su capacidad para detener, procesar y sancionar a quienes cometen un delito. Esa función resulta indispensable para preservar el Estado de derecho. Pero quizá ha llegado el momento de preguntarnos qué ocurre durante los años que una persona permanece privada de la libertad. El tiempo transcurre para todos por igual; lo que cambia son las oportunidades para aprovecharlo. Algunas personas fortalecen la lógica que las condujo hasta prisión. Otras descubren que aprender, enseñar o concluir un nivel educativo puede representar el primer paso para construir un futuro distinto. La prisión impone una condena; la educación ofrece la posibilidad de decidir qué hacer con ella.
El caso de “El Bart” seguirá ocupando un lugar en la memoria colectiva porque simboliza una de las expresiones más dolorosas de la violencia que enfrenta nuestro país. Pero sería un error pensar que esa es la única historia que nace dentro de una prisión. Mientras unos utilizan el tiempo para justificar el camino que los llevó hasta ahí, otros deciden emplearlo para enseñar, aprender y prepararse para el día en que vuelvan a vivir en libertad. Quizá la verdadera discusión sobre el sistema penitenciario mexicano no debería comenzar preguntando cuántos años dura una sentencia, sino qué somos capaces de construir durante cada uno de esos días. Porque la reinserción social no empieza cuando una persona recupera su libertad; comienza mucho antes, el día en que encuentra una razón para que su futuro no se parezca a su pasado.
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