El cómo sí de la reforma electoral

10 de Marzo de 2026

El cómo sí de la reforma electoral

Columna invitada_Redes

En las últimas semanas, la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum se ha colocado en el centro del debate público. Su discusión en el Congreso ocurre en un contexto de tensiones partidistas, reservas de aliados legislativos y cálculos rumbo a los próximos años. Sin embargo, si el análisis se quedara atrapado en esa disputa, perderíamos de vista lo esencial. Más allá de las posiciones de partidos y dirigencias, mexicanas y mexicanos tendríamos que preguntarnos qué partes de esta propuesta podrían fortalecer la democracia si se miraran desde el interés ciudadano y no sólo desde la lógica de competencia política.

Desde una perspectiva de ingeniería política, convendría reconocer algo que a veces se omite en medio del ruido: el sistema electoral mexicano sí funciona. Durante décadas ha permitido alternancia, competencia entre proyectos distintos y una transición democrática que cambió la vida pública del país. Ese dato importa porque evita una caricatura frecuente: ni estamos frente a un sistema fallido que deba demolerse, ni frente a un modelo perfecto que deba conservarse intacto. Las instituciones públicas, como todo sistema complejo, pueden corregirse, actualizarse y responder mejor a nuevas exigencias sociales, tecnológicas y financieras.

Bajo esa lógica, la primera discusión relevante es la representación. Durante años, muchas personas han visto con distancia la forma en que algunos espacios legislativos llegan al Congreso mediante mecanismos que no siempre resultan comprensibles para la ciudadanía. La reforma propone revisar parte de ese modelo para acercarlo más al voto directo. La idea de fondo no es cancelar la pluralidad que ha permitido la representación proporcional, sino buscar un equilibrio más claro entre respaldo ciudadano y acceso a cargos legislativos. Dicho de otro modo, se trataría de que el vínculo entre voto y representación fuera más visible, y menos dependiente de decisiones cupulares.

La segunda discusión es el costo de la democracia. México ha construido uno de los sistemas electorales más robustos de la región, pero también uno de los más costosos. Ese dato no debería utilizarse para debilitar instituciones, pero sí para abrir una conversación seria sobre eficiencia. Si las autoridades electorales han sido fundamentales para garantizar procesos confiables, también sería razonable revisar si algunas estructuras administrativas, esquemas de financiamiento o prerrogativas partidistas podrían ajustarse sin comprometer la integridad de las elecciones. Una democracia sólida no tendría por qué ser sinónimo de una democracia cada vez más cara.

Hay además un punto que toca una preocupación ciudadana profunda: el dinero en la política. La infiltración de recursos irregulares en campañas electorales ha sido una amenaza constante y México no tendría por qué minimizar ese riesgo. Por eso resulta relevante que la iniciativa plantee mecanismos para fortalecer la fiscalización, como la eliminación de aportaciones en efectivo y la posibilidad de rastrear con mayor claridad el origen y destino de los recursos utilizados en campañas. Si esos instrumentos se implementaran correctamente, podrían ayudar a cerrar espacios de opacidad y reforzar la confianza en la competencia democrática.

A ello se suma una dimensión que ya no puede tratarse como asunto del futuro: la tecnología. Hoy las campañas no sólo se disputan en plazas públicas, debates o spots. También se libran en redes sociales y plataformas donde la inteligencia artificial puede alterar contenidos, simular apoyos o distorsionar percepciones. La reforma busca abrir reglas para que los materiales generados o modificados mediante estas herramientas puedan identificarse con mayor claridad. Al mismo tiempo, plantea explorar el uso del voto electrónico en mecanismos de participación ciudadana. No se trata de vender soluciones mágicas, sino de entender que una democracia seria tendría que aprender a defenderse y modernizarse en el entorno digital.

La pregunta más útil sería qué componentes de esta propuesta convendría rescatar aun en un escenario de aprobación parcial. Si el sistema electoral mexicano ha demostrado que puede organizar elecciones competitivas y confiables, ahora el desafío es decidir si también puede evolucionar para ser más eficiente, más transparente y más resistente frente a los riesgos del siglo XXI. Esta reforma puede cambiar, corregirse o incluso detenerse parcialmente, pero el país no debería perder la oportunidad de rescatar aquello que fortalece la democracia desde la ciudadanía. Porque al final, más allá de los partidos, las coyunturas o las mayorías legislativas, la verdadera medida de cualquier reforma electoral es una sola: que el voto de las personas siga siendo el centro y el destino de la vida pública.

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