El eterno retorno de las dictaduras

14 de Abril de 2026

El eterno retorno de las dictaduras

Omar Hurtado Ok

Aunque en la obra maestra de Saint-Exupéry, El Principito, escrita para “niños”, no existe un personaje con el nombre explícito de “dictador”, es el Rey quien en forma más directa encarna a esos aciagos y de mal agüero personajes, autoritarios y obsesivos por el poder. En la obra, es el primer adulto que el protagonista visita en su viaje por el universo. Este Rey, quien no vive en un rancho, palacio, país o Estado, habita solo en el diminuto asteroide llamado 325, donde no hay instituciones, gobierno, leyes, ni organización política y jurídica; desde ahí cree que gobierna todas las estrellas y el universo.

Al llegar el Principito, el monarca lo identifica de inmediato como un súbdito, pues para el dictador no existen ciudadanos, sino individuos cuya única función es obedecer. El libro fue prohibido absurdamente por la última dictadura argentina (1976 y 1983) -la llamada Junta Militar-, uno de los periodos más violentos por la instauración del terrorismo de Estado, la desaparición forzada de personas y la tortura en centros clandestinos; así como por el robo de bebés nacidos en cautiverio y entregados a familias vinculadas con las fuerzas de seguridad. Imposible olvidar a represores como Rafael Videla, Eduardo Massera, Eduardo Viola o Fortunato Galtieri, entre otros. Frente a ese horror, surgieron como símbolo de resistencia las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo.

Históricamente en América Latina y el Caribe, el dictador es quien concentra todo el poder, ya sea mediante golpes de Estado o, como ahora, alterando las reglas democráticas para perpetuarse en el cargo. Es un “carnicero de guante blanco” que diseña la nación para el sometimiento; su autoridad no emana de la ley, sino de los crujidos en los sótanos clandestinos de tortura y de fosas comunes; es el dueño absoluto de la respiración ajena y un dios de lodo que se siente vivo cuando convierte al pueblo en ceniza y obediencia absoluta. Es la gangrena de la historia, se infla con el olor fétido de la adulación; no gobierna, administra los despojos de los derechos humanos y la democracia; no dicta leyes, preside con el rigor del hierro.

Es un mesías y un narcisista confundido con su propio rostro y el de Dios; se erige como salvador del pueblo, pero en el altar de su obstinada egolatría sus manos aprietan el cuello de la nación. Es un mitómano que muchos aplauden. Hoy, organismos como la OEA, Amnistía Internacional y Human Rights Watch, identifican tres principales dictaduras en la región: Cuba, Nicaragua y Venezuela. En enero de 2026, Cuba cumplió 67 años de dictadura, a cargo de Fidel y Raúl Castro, y continuada por el parapeto Miguel Díaz-Canel. Venezuela, por su parte, alcanzó en febrero 27 años bajo el modelo y yugo chavista, hoy bajo el mando de Delcy Rodríguez, tras la caída de Nicolás Maduro. Finalmente, Nicaragua suma 19 años bajo el control de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo.

A este panorama se suman antecedentes de las dictaduras militares que prevalecieron en Centroamérica en la Guerra Fría y en América del Sur, de regímenes como los de Augusto Pinochet en Chile (1973-1990), Alfredo Stroessner en Paraguay (1954-1989), o la dinastía Somoza que mantuvo el control por más de cuatro décadas en Nicaragua, por mencionar algunos de tantos.

Asimismo, analistas advierten sobre gobiernos “paradictatoriales”: liderazgos elegidos democráticamente, que muestran peligrosas inclinaciones autoritarias, como se ha señalado en el casos de Gustavo Petro en Colombia y López Obrador en México.

El significado moderno de “dictadura” dista mucho del concepto romano original, que era una magistratura temporal para emergencia. Hoy representa un gobierno de facto autoritario y represivo, donde un grupo o persona usurpa los poderes Legislativo, Judicial y Electoral, y subordina las instituciones al arbitrio presidencial. Al final, la dictadura no es más que el despojo de la democracia, la violación sistemática de los derechos humanos y una alteración mental por el poder.