La inflación ha vuelto a ocupar titulares, pero no como un dato técnico más, sino como un síntoma de algo más profundo. La primera quincena de marzo registró un alza del 4.63 % anual, el incremento más alto en 17 meses, encendiendo alertas que van más allá del bolsillo. Estamos frente a una tormenta económica que mezcla factores internos con tensiones globales cada vez más difíciles de contener.
El problema no es solo que los precios suban. Es cómo y por qué lo están haciendo. Hoy vemos incrementos en alimentos, energía, servicios básicos y gasolina (claro) justo en los rubros que más golpean a las familias. Pero detrás de esos números hay una cadena de causas que conecta directamente con el tablero geopolítico: la guerra en el Golfo, la inestabilidad en los mercados energéticos y la escasez de fertilizantes están presionando los costos de producción a nivel mundial.
El vínculo con la crisis de fertilizantes es particularmente revelador. Menor disponibilidad implica mayor costo para producir alimentos, lo que se traduce en precios más altos en mercados locales. A esto se suma el encarecimiento del petróleo, que impacta transporte, logística y prácticamente toda la cadena productiva. Es un efecto dominó internacional que termina reflejándose en la tienda de la esquina.
Es aquí donde aparece una palabra incómoda para las y los economistas, la estanflación. Es decir, una economía que no crece, pero cuyos precios siguen aumentando. Un escenario particularmente peligroso porque deja a los gobiernos con pocas herramientas, pues si suben tasas de interés para contener la inflación, frenan aún más el crecimiento o, en su caso, si las bajan para estimular la economía, el riesgo inflacionario se dispara.
México no está aislado de esta dinámica. Aunque el discurso oficial insiste en la fortaleza macroeconómica, la realidad cotidiana cuenta otra historia, una real para los bolsillos de las y los mexicanos. El poder adquisitivo se erosiona, el consumo se desacelera y la incertidumbre comienza a permear decisiones de inversión. La inflación, en este sentido, no es solo un fenómeno económico, sino también político y social.
Así, lo que más preocupa es que no se trata de un episodio pasajero. Las tensiones internacionales no muestran señales claras de resolución y los mercados siguen reaccionando con volatilidad. En este contexto, pensar que la inflación cederá rápidamente puede ser más un acto de fe que un análisis riguroso. La pregunta de fondo es si estamos preparados para un periodo prolongado de presión inflacionaria con bajo crecimiento. Como ya sabemos la respuesta, el verdadero problema apenas comienza.