El Fouché mexicano

10 de Agosto de 2026

El Fouché mexicano

raymundo riva palacio AYUDA DE MEMORIA

Raymundo Riva Palacio

1ER. TIEMPO: El funcionario más fuerte. En qué momento José “Pepe” Merino conoció a Claudia Sheinbaum, no está claro. Pero desde el primer día en que asumió Sheinbaum la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, Merino trabajó estrechamente con ella y se convirtió en uno de sus funcionarios más cercanos y confiables. El antecedente viene de las organizaciones de la sociedad civil de izquierda, en donde participaba y que se fueron vinculando con Sheinbaum en su precampaña en 2017, y posteriormente en Democracia Deliberada, donde profesionales, académicos y activistas entre los cuales figuran varios miembros de los gabinetes de Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador, fueron construyendo ese cuarto piso de gobierno que se volvió gobierno. Su perfil no es el del activista político tradicional, aunque hace una política sofisticada, bajo el traje de un técnico cuyas cartas credenciales son las de un diseñador de sistemas. No es ideológico, pero es un hombre de causas, la de Sheinbaum. Merino fue cofundador de Data Cívica, una organización no gubernamental que nació en 2015 dedicada al uso de los datos y la tecnología aplicados a los derechos humanos y la violencia. Ahí, con su conocimiento de la metodología cuantitativa, creó una formidable plataforma para evitar que el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto desapareciera a los desaparecidos, convirtiéndose en una eficiente herramienta de transparencia y rendición de cuentas. Pero cuando llegó al gobierno capitalino de Sheinbaum, creó otra plataforma para hacer exactamente lo contrario, regresando a Peña Nieto: desaparecer a los desaparecidos, porque las cifras iban creciendo, lo cual afectaría la imagen de una eficiente seguridad en la Ciudad de México que todavía hoy es un palmarés de aquella administración y el trampolín desde donde ha saltado Omar García Harfuch como un policía de alto rendimiento. Merino, el miembro de aquel grupo de jóvenes de izquierda, es el que más lejos ha llegado en la administración pública de Morena, donde su capacidad técnica y aplicación de la tecnología y la información en las políticas públicas, no tienen par realmente en los militantes de la 4T, que son eminentemente políticos y con una visión netamente electoral. Cuando Sheinbaum llegó a la Presidencia, Merino se sumó al gobierno federal y lo hizo el titular de la recién creada Agencia de Transformación Digital, desde donde opera como un ministro sin portafolio, pero con un poder creciente al grado que, como se quejan altos funcionarios del gobierno, hasta la autorización de la compra de una computadora, tiene que pasar por sus manos. Merino, de manera discreta, ha ido concentrando poder en el gobierno, donde sus iniciativas que tienden al control social llevan a recordar a José Fouché, el jefe de la Policía francesa en los tiempos de la Revolución y posteriormente bajo las órdenes de Napoleón.

2DO. TIEMPO: Un tecnócrata digital. La presencia de Pepe Merino en el gobierno de Claudia Sheinbaum es el sello de algo que está sucediendo en el mundo, donde el Estado burocrático se está volcando al Estado digital. No deja de ser una contradicción con la visión de país que tenía el expresidente Andrés Manuel López Obrador, un político cuyo horizonte nunca pudo estar más allá de los confines de Macuspana y sus políticas pavimentaron los primeros kilómetros a la pauperización nacional. Merino es todo lo contrario de López Obrador, pero Sheinbaum es una mezcla ecléctica en una coyuntura de la que quiere escapar, pero no puede. Merino es la llave de la puerta de salida: modernizar el país, como ella, con una idea científica de las cosas sin lo primitivo de su mentor, está dando pasos adelante, combinándolos con el talante del expresidente y de ella misma, de poder vertical, centralizado y autoritario. Merino es el gozne entre los dos mundos, con una visión del Estado que parte de la premisa tecnocrática de que un gobierno es más eficaz cuanta más información posee y mejor capacidad tiene para procesarla. Es un modelo que abrigó Sheinbaum desde que fue jefa de Gobierno de la Ciudad de México, y es el que ha seguido en el federal, lo que le ha dado la cobertura a Merino para integrar bases de datos, buscar la identidad digital, la digitalización de expedientes administrativos y de salud, el fortalecimiento de plataformas gubernamentales para concentrar información y, últimamente, aunque trabajó desde el inicio de la administración con el arquitecto de la maquinaria de propaganda del régimen, Jesús Ramírez Cuevas, para lograrla, la nueva Ley de Audiencias, donde sus críticos sostienen que quiere meterse al control y diseño de contenidos. Las visiones sobre su trabajo están confrontadas. Por un lado quienes sostienen que su organización de los datos públicos mejora la eficiencia, combate la corrupción, facilita los trámites y permite diseñar mejores políticas públicas, y quienes, en la trinchera opuesta, afirman que esa misma concentración de información entraña riesgos considerables. Como figura central del proyecto de digitalización del gobierno, Merino ha levantado las cejas por el registro obligatorio de celulares, que vincula cada línea a una CURP, donde si bien Merino insiste en que el gobierno no concentrará la base de datos, que quedarían como en la actualidad en manos de las telefónicas y a las cuales solo accedería mediante una orden judicial en casos de delito, como sucede, las reformas donde las autoridades pueden investigar delitos sin necesidad de mandatos judiciales, abre los temores del mal uso que le puedan dar. Otro punto controvertido es la concentración de los datos médicos mediante el Expediente Clínico Electrónico Universal, que uniría los historiales de las instituciones de salud bajo un sistema interoperable y de acceso indiscriminado y discrecional al gobierno. La última polémica en la que está involucrado es la Ley de Audiencias, una contrarreforma que atenta contra las libertades y perfila la censura, que Merino niega, pero que incluye dos artículos donde hace al Ejecutivo -o sea él-, responsable de la calificación y modulación de contenidos, entregándole a una comisión, que depende de él, la posibilidad de sancionar a medios y periodistas si dan informaciones falsas. La figura que determinaría qué es verdad y qué es mentira sería la Comisión de Radio y Televisión, que controla, no casualmente, él mismo.

3ER. TIEMPO: Un comisario-policía disfrazado. Nadie habríase imaginado hace una década que uno de los personajes de la izquierda moderna mexicana se convertiría en el símbolo de la hegemonía del poder y de los instrumentos para el control social. Pepe Merino, que se ha convertido en el trazo ejecutor de la presidenta Claudia Sheinbaum para esos fines, hace recordar, por su capacidad perversa, a José Fouché, que fue el jefe de la Policía en los tiempos de la Revolución Francesa y posteriormente trabajó al servicio de Napoleón. Fouché fue el precursor del Estado policial moderno, cuyo poder descansaba en una enorme red de informantes, la recopilación sistemática de expedientes de miles de franceses, la vigilancia política, la censura y el uso estratégico de información para fortalecer al gobierno y neutralizar adversarios. Fouché lo hacía con recursos humanos, pero si uno compara el alcance que tenía ese personaje siniestro de la Francia revolucionaria con Merino, encuentra grandes similitudes en los objetivos, alcanzados, ya no mediante oídos y brazos, sino a través de la infraestructura tecnológica que está construyendo y que están determinando las políticas públicas del gobierno de Claudia Sheinbaum. Los dos han tenido a la información como fuente de poder estatal, donde quien concentra datos y sabe cómo aplicarlos, adquiere una enorme capacidad de decisión. Fouché actuaba muchas veces al margen de la ley, mientras que Merino opera dentro de un marco legal y administrativo, pero que se ha ido adecuando a las necesidades estratégicas del liderazgo de la 4T, donde no hay contrapesos y el marco legal es flexible y discrecional. Los une el impulso a una arquitectura de centralización de información y capacidad regulatoria del Estado, que no se debatía en la Francia revolucionaria, donde predominaba el terror, pero que en el México contemporáneo se plantea como una modernización digital que beneficie a la población y se combatan delitos, particularmente la extorsión. A partir de los resultados y consecuencias que arrojen las políticas de Merino en la vida pública mexicana, se podrá determinar si la capacidad del Estado de conocer más, procesar más y decidir más a partir de los datos tiene en efecto un impacto positivo en la nación o que, como advierten sus críticos, le haya hecho el trabajo sucio al régimen para preservarse en el poder a través del control social y, como en el Siglo XVIII en Francia, mediante el terror.

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