Un día de abril de 1994, la gente de Ruanda despertó en el infierno de la historia moderna. Cualquier registro sobre el genocidio queda corto. Lo visible sobre esta carnicería contra la etnia tutsi arrasada a punta de machete (como también ocurría a los hutus que intentaron proteger o no participar) muestra que todo aquello que quedó sin conocerse fue mil veces peor.
El clima ya era una fogata encendida por la insidiosa y constante propaganda de odio, con el gobierno implicado, dirigida a los hutus. Logró convencerlos de que las minorías tutsis eran peor que cucarachas. Así se detonó una conversión inenarrable: el vecino listo para transmutarse en ave de rapiña; el amigo de ayer endemoniado e irracional.
La chispa que quebró la olla fue el derribo del avión que transportaba al presidente Juvenal Habyarimana (un hutu elegido en el endeble arreglo interétnico). Alguien pensó que se detonaría una crisis política, pero no. Azuzados por voces en la radio y con un gobierno jugando a la víctima e instigando, los hutus se lanzaron al exterminio. La cifra de muertos se acercó, en solo 100 días, a 800 mil. Las violaciones a mujeres tutsis y hutus moderadas, principal vía de agresión, tentó el medio millón.
Entender la masacre implica considerar al colonialismo belga que fomentó una división quizá inexistente solo para construir castas con los tutsis en la parte alta (los creían más occidentales). Se privilegió la explotación monetizable y la discriminación. Por igual intervino un crecimiento poblacional que pasó de 2.1 (1950) a 7.5 millones de ruandeses generando presiones sociales insostenibles. La hambruna por la caída del precio del café, así como años de impunidad y abusos tutsis completan ese caldo de cultivo.
Pero después de varios momentos de reflexión que la Unión Africana realiza indefectiblemente cada 6 de abril para nunca olvidar y encontrar las fórmulas que impidan siguiera pensar su repetición, se aprende que la tragedia explotó por años de perturbar la conciencia colectiva. Siempre se señala la locura instigadora de la Radio Télévision Libre des Mille Collines que machacó ideas de inmoralidad y maldad de una supuesta élite tutsis sediciosa contra el estado, hasta cuajar la visión de que un tutsi era un animal. Su desaparición era limpieza indispensable. Lo demás fue solo dejar el odio correr.
Lo que se ha hecho a partir de entonces es tan importante como cada memorial, desfile o análisis. Ruanda estableció un curioso sistema de Tribunales Gacaca que se desplegó hasta 2012 sobre tradiciones locales de resolución de conflictos que, además de justicia transicional, limitada pero indispensable, buscó avanzar hacia la sanación comunitaria restaurativa en lugar de únicamente punitiva.
En la constitución de 2003 quedó prohibida la identificación étnica en censos o registros para erradicar cualquier categoría usada para discriminar. Esa “ruandacidad” ha tenido consecuencias y ha complicado el monitoreo de desigualdades generadas por líneas étnicas locales. La desconfianza propiciada largamente no se elimina rápidamente y deben apreciarse en todo su valor, la reconciliación constante y el perdón.
Las mujeres han sido el factótum crucial porque han sabido levantarse desde el suelo de la víctima hasta posiciones poderosas de liderazgo, como protagonistas de estructuras de gobierno que quieren ver el futuro de concordia entre quienes se desunieron hasta aquella masacre.
Finalmente está lo internacional: al estilo de lo hecho en Yugoslavia, Sierra Leona y Camboya, la comunidad internacional creó el Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Todo ello fue, entre otros factores, nutriente para el Estatuto de Roma (1998) y la Corte Penal Internacional (2002) por sus precedentes sobre responsabilidad individual en crímenes de lesa humanidad.
La Unión Africana reconoce que a partir de Ruanda aprendió a valorar la prevención. Creó mecanismos de monitoreo de señales de alerta temprana y tribunales híbridos y paralelos con procesos de justicia restaurativa y transicional, de muy buena pinta, aunque la relación entre los estados africanos y la justicia siguen siendo complejos y con frecuencia contradictorios. Por igual, ha puesto en primer plano la “educación sobre odio y genocidio” que, sin borrar la historia y entendiendo que el solo enfrentarla es controvertido, busca enfatiza las identidades modernas sobre la base de lazos comunes más que diferencias.