A las dos de la mañana con un minuto, exactamente, el día 3 de enero de este año fue sometido, en el interior de Fuerte Tiuna, en Caracas, Venezuela, Nicolás Maduro, quien desde ese momento fue extraído y sometido por las fuerzas de los Estados Unidos al sistema de justicia de ese país, donde enfrenta un juicio por narcotráfico y otros crímenes en un tribunal de Nueva York.
La captura de Nicolás Maduro y su esposa significó un paso determinante en lo que puede ser ya el comienzo del fin de la dictadura que Venezuela vino soportando desde el 2 de febrero de 1999, con la llegada de Hugo Chávez al poder y, con él, la Revolución Bolivariana.
Sin lugar a dudas, ese derrocamiento de Maduro pone fin a sus días como presidente de la República Bolivariana y cierra un capítulo de la historia en el que él asumirá el papel más deleznable y vergonzoso que pueda atribuírsele a un dirigente nacional.
El episodio vino a corroborar la verdad que acompaña al compromiso asumido por el presidente Donald Trump a lo largo de este último año en que ha estado en funciones: acabar con las dictaduras y con el comunismo.
La suerte que enfrentó el ayatolá Alí Jameneí el 28 de febrero pasado fue más desfavorable que la de Maduro. Aquel fue muerto con misiles disparados por aviones caza israelíes y otros lanzados por buques estadounidenses estacionados en el mar Pérsico y el golfo de Omán, con una calculada precisión que lo hizo desaparecer de este plano, en unión de su familia y un grupo de líderes religiosos y militares que han dejado descabezado al régimen islámico iraní.
Con la muerte del ayatolá pronto se pondrá fin a un despiadado régimen islámico que, a lo largo de casi 37 años, sepultó toda disidencia y sometió, con la ayuda de un aparato de guerra religiosa, a más de 90 millones de ciudadanos, en una región que desde 1989 experimentó una transformación radical que ha mantenido en vilo permanente a la paz del mundo.
Estados Unidos e Israel han conformado un frente bélico que no sólo ha sido espectacularmente eficaz en el manejo de la estrategia de guerra y la geopolítica, sino que ha dejado al descubierto un plan macabro que ha tenido por propósito el socavamiento y la destrucción de la cultura occidental. Con Europa alineada, el objetivo planteado se encamina a reconstruir la paz y rescatar su identidad nacional.
Ya ayer domingo el presidente Trump también anunció el avance de los planes que su gobierno impulsa con la finalidad de poner fin a más de 60 años de dictadura cubana. Sin petróleo y energía, la isla agoniza y su régimen con ella. El rotundo fracaso de la dictadura cubana, del experimento comunista de América Latina, permanecerá como una huella indeleble para toda la región y como un ejemplo claro de toda esa perversidad que un gobierno debe abstenerse de ejecutar contra su propio pueblo.
Es en todo este contexto en el que se desenvuelve la historia de nuestros días que en México vuelve a tomar impulso la malintencionada idea de concretar una reforma electoral de orden constitucional que disminuirá el número de senadores y eliminará a algunos de representación proporcional; debilitará enormemente el financiamiento de los partidos; perturbará la publicidad electoral en época de campañas; y menguará de manera trascendente la figura de la representación proporcional en la Cámara de Diputados, entre otros puntos igualmente relevantes.
El PT y el Verde, aliados de Morena a lo largo de estos últimos siete años, se han deslindado de la iniciativa y no comprometen su voto con el régimen, de tal suerte que podría no alcanzarse la votación calificada necesaria para que fuera aprobada.
La verdad de las cosas es que, como quiera que se pueda ver, ésta constituiría una reforma terriblemente regresiva, claramente antidemocrática y, sobre todo, a la luz de los eventos que primero comentamos, desastrosamente inoportuna y anticíclica.
Es al respecto que nos viene a la cabeza una pregunta: ¿De verdad la presidenta Sheinbaum tiene un deseo propio y auténtico de impulsar un proceso de reformas tan descabellado para México, en la coyuntura histórica en ciernes? Todo haría parecer que la reforma electoral es uno de esos anhelos gestados en una época reciente, pero muy diferente a la actual y que ha quedado atrás; en la época del primer piso de la “Cuarta Transformación”.
El sexenio de Andrés Manuel López Obrador y muchas ocurrencias que fueron bienvenidas en la era del dispendio del bienestar ya deben encontrar un punto final. Urge que esto suceda, incluso en el formato de la comunicación social, y la misma presidente lo sabe y posiblemente lo desea.
Hablamos de que la verdadera transformación podría hallarse en México si encontramos en el titular del Poder Ejecutivo la capacidad y el carácter para entender su propio tiempo y favorecer el mejor resultado alrededor de sus propias circunstancias.
Visto el desenlace que acaban de enfrentar los líderes sociales de la antidemocracia, del eje Irán-Venezuela, una conclusión deviene muy evidente: no es época para equivocarse en el lado de la historia con el que se debe concurrir.