El monero del régimen

19 de Enero de 2026

Raymundo Riva Palacio
Raymundo Riva Palacio

El monero del régimen

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1er. TIEMPO: El caricaturista que se arrodilló. El caricaturista del poder Rafael Barajas, El Fisgón, dejó de ser hace tiempo un caricaturista incómodo para convertirse en algo mucho más funcional: un propagandista del poder. No es una evolución inédita en la historia política mexicana, pero sí una de las más evidentes. El humor crítico, cuando se arrodilla ante el poder, no solo pierde filo: pierde dignidad. Durante décadas, El Fisgón construyó una reputación como crítico del autoritarismo, del presidencialismo imperial y de la corrupción priista. Sus trazos eran reconocibles no solo por el estilo gráfico, sino por una postura ideológica clara, militante y feroz. Sin embargo, cuando el poder cambió de manos -y se volvió afín a sus convicciones-, la crítica se volvió indulgencia y la sátira mutó en justificación. Hoy, Barajas no dibuja para incomodar al poder, sino para protegerlo. Sus cartones ya no interpelan al régimen, sino que atacan a quienes lo cuestionan. La caricatura dejó de ser un instrumento de crítica social para convertirse en una extensión del discurso oficial. No es humor: es línea política ilustrada. El problema no es que El Fisgón tenga una postura ideológica definida. El problema es que haya renunciado a la distancia crítica que exige el oficio. Cuando el caricaturista se convierte en funcionario cultural del régimen, la línea entre la opinión y la propaganda desaparece. Y con ella, la credibilidad. En un país con periodistas asesinados, con instituciones debilitadas y con un poder cada vez más intolerante a la disidencia, el papel del caricaturista crítico es más necesario que nunca. Pero Barajas optó por otro camino: el de la trinchera cómoda, el del aplauso fácil, el de la descalificación simplista del adversario. Paradójicamente, El Fisgón terminó pareciéndose a aquello que decía combatir: los intelectuales orgánicos del poder, traicionando a su brújula moral, Carlos Monsiváis, convencido de que la causa justifica el silencio ante los abusos. Su discurso ya no se sostiene en la ironía, sino en la consigna; no en el análisis, sino en el dogma. La historia es implacable con quienes cambian la pluma por el megáfono. El poder es efímero; la credibilidad, no. Y cuando el régimen pase -porque nada es para siempre y todos pasan-, quedará el archivo. Ahí estarán los cartones, no como testimonio de resistencia, sino como evidencia de claudicación. Porque el humor que se somete deja de ser humor. Y el caricaturista que defiende al poder deja de ser crítico. Se vuelve parte del problema.

2º. TIEMPO: El monero del presidente. La relación entre Andrés Manuel López Obrador y Rafael Barajas, El Fisgón, no fue casual ni reciente. Se lo presentó Carlos Monsiváis, el Balzac mexicano, luchador eterno contra el poder e intelectual independiente y congruente, que veía en el tabasqueño, alguien que podía cambiar las cosas en México. El Fisgón forjó con López Obrador una alianza ideológica que se fue construyendo al margen del poder y que se consolidó cuando ese poder finalmente llegó a Palacio Nacional. No fue una relación entre gobernante y crítico, sino entre líder y creyente. Barajas encontró en López Obrador algo más que un político afín: encontró una causa. Desde antes de las mañaneras, su caricatura dejó de ser un ejercicio de crítica para convertirse en un acto de fe, un lápiz que fue denostando y encasillando a los líderes del PRI y el PAN, como corruptos y sanguijuelas de la sociedad. Y cuando el tabasqueño asumió la Presidencia, esa fe fue recompensada con espacios, cargos y una cercanía que ningún caricaturista había tenido con el jefe de Estado. El Fisgón ocupó el vacío intelectual de López Obrador y se convirtió en su principal asesor político. Le recomendó que no asistiera a la Cumbre de las Américas convocada por el presidente Joe Biden -que mucho le costó al expresidente- y que no extraditara a Rafael Caro Quintero, el autor intelectual del asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena, que es otro de los agravios que hoy traen contra el hombre de Palenque. Lo animó a abrazar a Evo Morales y fue por él a La Habana. Estableció relaciones orgánicas con Cuba, que hoy son un lastre para ellos, aunque no se hayan dado cuenta. Le abrió las puertas de Palacio a otros moneros de La Jornada, Antonio Helguera -el más talentoso, que murió joven- y José Hernández, palero de ambos, y al nacido en Guatemala, Pedro Miguel, que se convirtió en el amanuense del expresidente. El Fisgón entendió los códigos de López Obrador mejor que nadie. Por ejemplo, su intolerancia a la crítica y su preferencia por la lealtad. Su papel no era interpelar al presidente, sino blindarlo simbólicamente. Defenderlo cuando se equivocara, justificarlo cuando polarizara y ridiculizar a quien lo cuestiona. Era una relación funcional: el poder le ofreció visibilidad, protección y dinero; el monero, legitimación ideológica. En las mañaneras, López Obrador no necesitaba caricaturas sino enemigos. Barajas se los dibujaba. Periodistas, académicos, organismos autónomos, opositores reales o imaginarios. Su transformación del caricaturista en intelectual orgánico no ocurrió por accidente. Sucedió porque López Obrador convirtió la propaganda en política pública y encontró en Barajas a un aliado dispuesto a vestirla de humor. López Obrador, que denunció durante años el uso faccioso de los medios, terminó construyendo un aparato de propaganda más centralizado y personalista. Y Barajas, que combatió ese modelo, lo legitimó, no desde la crítica, sino desde la obediencia ideológica. El presidente se fue y él se quedó. Y ahí es donde la historia será cruel, porque el archivo no miente. Los cartones que no cuestionaron al poder no serán recordados como resistencia, sino como acompañamiento. No como sátira, sino como adhesión.

3er. TIEMPO: El lápiz contra la prensa. En el México de las mañaneras, la crítica periodística dejó de ser un contrapeso para convertirse en objetivo. No se respondía con datos sino con descalificaciones. No se corregía el error; se linchaba al mensajero. En ese esquema, Rafael Barajas, El Fisgón, asumió un papel central: el del caricaturista que legitima el ataque a la prensa. Andrés Manuel López Obrador entendió pronto que desacreditar periodistas era más eficaz que responderles. Y Barajas se volvió el traductor gráfico de esa estrategia. Sus cartones no cuestionaban al poder, sino a quien lo incomodaba. No se burlaba del presidente, como tantos sexenios lo hizo, sino de quienes preguntaban demasiado, investigaban demasiado o dudaban demasiado. La caricatura dejó de ser sátira para convertirse en estigmatización. Periodistas convertidos en villanos, medios retratados como conspiradores y la crítica reducida a traición. El mensaje era claro: no hay periodismo incómodo, solo mala fe. Y cuando esa idea se repite desde el micrófono presidencial y se refuerza desde el trazo “humorístico”, el daño es profundo. El Fisgón no actuó solo. Formaba parte de un ecosistema donde el presidente señalaba y otros remataban. El “quién es quién” en las mañaneras, cuya encargada, Elizabeth Vilchis, él puso ahí, no era un ejercicio de transparencia, sino un ritual de escarnio. Barajas aportaba la imagen que fija la narrativa: el periodista como enemigo del pueblo, como mercenario, como obstáculo para la transformación. En un país donde ejercer el periodismo es una actividad de alto riesgo, ese discurso no es inocente. La caricatura que desacredita desde el poder no provoca risa, provoca miedo. No genera debate, genera silencio. Y quien colabora con esa lógica no puede escudarse en la libertad de expresión: la está usando para limitar la de otros. La paradoja es brutal. Barajas, que se formó denunciando la censura y el autoritarismo, acompañó un modelo que normalizó el linchamiento desde el Estado. No con órdenes, sino con insinuaciones. No con balas, sino con palabras y dibujos. Pero el efecto era el mismo: inhibir la crítica. El presidente no necesitaba que El Fisgón atacara directamente a los periodistas. Le bastaba con que los deshumanizara, que los redujera a caricaturas morales y los tratara de colocar fuera del debate legítimo. Ahí, el humor dejó de ser herramienta crítica y se volvió arma política. Cuando el poder usa la risa para desacreditar a la prensa, no fortalece su narrativa: exhibe su fragilidad. Y cuando los caricaturistas deciden sumarse a ese ejercicio, renuncian a la tradición más noble de su oficio. Porque el periodismo se puede equivocar, pero el poder que se burla de quien lo vigila siempre termina temiéndole a la verdad. Y el lápiz que apuntó contra la prensa, difícilmente podrá llamarse crítico mañana.

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