El Mundial de la frialdad y la pasión pura

10 de Junio de 2026

El Mundial de la frialdad y la pasión pura

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Fernando Vargas Nolasco

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EjeCentral

La cuenta regresiva ha terminado y el balón finalmente rueda en el torneo más grande de la historia. Sin embargo, este arranque tripartito nos enfrenta a un contraste cultural y deportivo brutal, una dualidad que define a la perfección la geografía de la Concacaf. Mientras el norte vive la víspera con calculada indiferencia, el sur de la región se prepara para derramar pasión absoluta.

En Canadá y los Estados Unidos, el inicio de la justa mundialista transcurre con un sabor decididamente escaso. No es una sorpresa. En el territorio de las barras y las estrellas, el “soccer” sigue remando contracorriente en un mar dominado por la maquinaria de la NFL, las Grandes Ligas y la NBA.

Los estadios imponentes están listos y la logística será impecable, pero el ambiente en las calles de ciudades como Los Ángeles o Toronto carece de esa mística comunitaria. Para ellos, es un megaevento corporativo de primer nivel; un espectáculo de entretenimiento global que se consume en palcos VIP, pero que no altera el pulso cotidiano de sus ciudadanos. Allá el Mundial se organiza; no se respira.

Qué contraste tan radical con lo que ocurre de este lado de la frontera. En México, el panorama es radicalmente opuesto: aquí, pase lo que pase en la cancha, el Mundial siempre será una fiesta total, un carnaval ininterrumpido que paraliza al país. No importa que el proceso de la Selección Nacional siembre dudas o que el entorno deportivo sea turbulento; el mexicano no necesita permiso ni certezas para celebrar.

El Estadio Azteca, convertido en el primer templo en albergar tres inauguraciones mundialistas, es el epicentro de este fenómeno telúrico. Cuando el silbatazo inicial retumbe en el Coloso de Santa Úrsula, el país entero se unirá en un solo grito. Es una catarsis colectiva que desborda el papel picado, la música y el folclor en cada rincón, desde las avenidas de la Ciudad de México hasta las plazas de Monterrey y Guadalajara.

Para México, albergar la Copa del Mundo no es un negocio de entretenimiento ni un ejercicio logístico; es una reafirmación de su identidad cultural. Mientras el norte pone la infraestructura fría y el orden corporativo, el suelo nacional inyecta el alma, el color y el calor que salvan la esencia del juego. Que los vecinos del norte sigan descifrando las reglas de este deporte; los mexicanos ya estamos bailando, porque el Mundial ha vuelto a casa y la fiesta apenas comienza.