El negocio de ser ama de casa

21 de Julio de 2026

El negocio de ser ama de casa

Julieta Mendoza - columna

Durante décadas, millones de mujeres lucharon para que quedarse en casa dejara de ser un destino obligatorio y se convirtiera en una elección. Paradójicamente, en pleno 2026, las redes sociales parecen vender el camino de regreso. Solo que esta vez no se llama sacrificio: se llama contenido.

En TikTok, el hashtag #tradwife ya supera los 600 millones de visualizaciones. En Instagram suma millones de publicaciones. Jóvenes que hornean pan desde cero, preparan desayunos impecables, limpian cocinas relucientes y cuidan a numerosos hijos mientras sonríen frente a la cámara. La escena parece doméstica, pero en realidad es una industria multimillonaria.

No estamos viendo el regreso del ama de casa tradicional. Estamos viendo el nacimiento de una nueva profesión.

La diferencia es enorme.

Las ama de casa del siglo pasado trabajaban sin salario y sin reconocimiento. La “tradwife” digital convierte esa misma rutina en un producto que genera contratos publicitarios, millones de seguidores y negocios propios. Ya no basta con cocinar; ahora hay que cocinar para la cámara. No basta con ordenar la casa; hay que hacerlo con una iluminación perfecta, una cocina de diseño y una narrativa cuidadosamente construida.

La domesticidad dejó de ser privada para convertirse en espectáculo.

Y ahí está la primera paradoja.

Mientras el contenido vende una vida sencilla, detrás existe una compleja empresa de producción audiovisual, acuerdos comerciales y estrategias de marketing. Casos como los de Hannah Neeleman o Nara Smith muestran que el negocio no consiste en ser ama de casa, sino en vender la imagen de serlo.

La nostalgia también cotiza en bolsa.

Pero el fenómeno merece una discusión menos superficial que la habitual batalla entre feministas y conservadores. El verdadero debate no es si una mujer decide quedarse en casa. Esa decisión siempre debería ser respetable. La pregunta es otra: ¿quién puede darse el lujo de elegir?

En México, difícilmente esa elección está al alcance de la mayoría.

Según el INEGI, las mujeres dedican más del doble de horas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Al mismo tiempo, millones participan en el mercado laboral porque el ingreso familiar simplemente no alcanza. Para una madre que trabaja ocho horas, pasa dos más en transporte y después inicia una segunda jornada en casa, la estética del pan artesanal y la cocina impecable resulta menos aspiracional que inalcanzable.

La realidad mexicana tiene poco filtro de Instagram.

Aquí, el trabajo doméstico no suele realizarse en cocinas de revista, sino entre largas jornadas laborales, salarios insuficientes, escuelas de tiempo limitado y una red de cuidados que muchas veces depende de las abuelas.

Por eso el éxito del fenómeno dice tanto sobre las redes sociales como sobre el agotamiento colectivo.

Diversos estudios muestran que las mujeres enfrentan niveles crecientes de estrés y desgaste laboral. Frente a ello, las “tradwives” ofrecen una respuesta aparentemente sencilla: abandonar la competencia profesional y regresar al hogar. El problema es que convierten un problema estructural en una decisión individual. No cuestionan los empleos precarios, la desigualdad salarial ni la falta de políticas públicas de cuidados; simplemente proponen escapar de ellos.

Es una solución seductora, pero profundamente limitada.

Hay otra contradicción que pocas veces se menciona.

Muchas de estas creadoras afirman haber abandonado el mundo laboral... mientras administran negocios que generan millones de dólares. Negocian campañas publicitarias, producen videos diarios, gestionan audiencias globales y convierten su vida privada en una marca comercial. En los hechos, trabajan más horas que muchas oficinistas. Solo que el algoritmo logró algo extraordinario: hacer que ese trabajo parezca descanso.

Quizá esa sea la verdadera innovación del capitalismo digital.

No convirtió a las amas de casa en influencers.

Convirtió la vida cotidiana en mercancía.

Y mientras seguimos discutiendo si el movimiento representa un retroceso para el feminismo o una reivindicación de la libertad femenina, las plataformas hacen exactamente lo que mejor saben hacer: monetizar nuestras aspiraciones.

Porque al final, el producto no es el pan recién horneado.

El producto es la ilusión de que existe una vida más simple.Y esa, como casi todas las ilusiones en internet, siempre tiene un patrocinador.