El país de la resignación

28 de Mayo de 2026

El país de la resignación

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Annia Quiroz

Es tristísima la facilidad con la que el ser humano se acostumbra a vivir mal.

No pasa de golpe, nadie despierta un día pensando: “qué maravilla vivir agotado, ansioso, endeudado y con miedo”. Simplemente sucede. Poco a poco, como las goteras. Como la humedad en las paredes, o como las relaciones que empiezan a romperse desde mucho antes de terminar.

Primero es una molestia pequeña; el transporte tarda demasiado, la calle oscura que da miedo. El salario que ya no alcanza igual, el amigo que vive deprimido pero sigue “funcionando”, y ése bache que lleva meses en tu calle. La violencia que “ya ni sorprende”. La noticia terrible que dura menos de un día en tendencia porque siempre viene otra peor.

Y entonces empezamos a administrar el deterioro.

Salimos más temprano porque sabemos que habrá tráfico infernal, compartimos ubicación en tiempo real “por seguridad”, y aprendemos qué zonas evitar, qué horarios no tomar, y qué cosas ya es inútil denunciar. Dejamos de esperar citas médicas rápidas, de exigir buenos servicios, y dejamos de pensar que descansar debería ser normal y no un privilegio.

Nos acostumbramos demasiado a sobrevivir en vez de vivir.

Y lo más peligroso de acostumbrarse no es solamente tolerar el problema, sino dejar de verlo.

En este país nos hemos ido convirtiendo en unos expertos en la adaptación emocional. La ciudadanía aprendió a absorber crisis como parte de la rutina. Nos volvimos especialistas en funcionar rotos, hacemos memes de la ansiedad, chistes del cansancio y sarcasmo de la precariedad porque a veces el humor es lo único que queda entre nosotros y el colapso nervioso.

Pero debajo del chiste sigue habiendo algo incómodo:y es la sensación de que no deberíamos vivir así.

No deberíamos normalizar jornadas laborales que consumen la vida entera; porque no debería ser normal sentir alivio por el hecho de que “solo” asaltaron a alguien y no lo mataron. Tampoco debería parecernos lógico que una generación completa vea imposible comprar una casa, dormir ocho horas o imaginar un futuro estable.

Y aun así estamos ajustando expectativas para que la realidad duela menos.

Tal vez por eso los problemas colectivos en México crecen tanto: porque casi siempre empiezan como renuncias individuales. Alguien deja pasar una injusticia porque tiene miedo de perder el trabajo. Otro evita denunciar porque “para qué”; y otro más prefiere callar para no meterse en problemas. Y eventualmente millones de pequeñas resignaciones terminan construyendo un país resignado.

Uno donde la gente ya no confía en que las cosas puedan mejorar, solo en que puede aprender a resistirlas.

El cansancio de esta época no siempre viene del esfuerzo físico, sino de la acumulación constante de pequeñas violencias cotidianas. Del ruido, de la incertidumbre de sentir que todo requiere una energía emocional desproporcionada: trabajar, trasladarse, relacionarse, descansar, incluso distraerse.

Y quizá lo más cruel es que seguimos adelante, porque no queda de otra.

La ciudad sigue llena, los cafés siguen abiertos; y las personas siguen subiendo historias a Instagram, yendo a trabajar, enamorándose, haciendo ejercicio, intentando meditar, tomando terapia, fingiendo que no están agotadas. La vida continúa incluso cuando algo adentro lleva tiempo pidiendo ayuda.

Eso también es una forma de supervivencia.

Pero hay una línea muy delgada entre resiliencia y resignación, y eso, como sociedad llevamos tiempo cruzándola muchas veces sin conciencia.,

Porque sí, adaptarse puede ser una herramienta para sobrevivir, pero el problema es cuando adaptarse significa aceptar como inevitable todo aquello que jamás debió parecernos normal.

Nos hemos acostumbrado demasiado, y ése puede que sea el mayor triunfo de cualquier sistema roto. No es que la gente sufra, es que la gente piense que sufrir así es simplemente parte de la vida adulta, parte del país, parte de existir.

Por eso cuesta tanto cambiar las cosas: porque un país empieza a romperse mucho antes de colapsar. Empieza a romperse cuando su gente deja de imaginar que merece algo mejor.