Al recordar las lecciones de la Teoría General del Estado y ver los acontecimientos más recientes en nuestro país, de manera automática me vienen a la mente dos aseveraciones que, además de ser frecuentemente utilizadas, han cobrado una evidente vigencia que ya han sostenido autores como Weber: el hecho de que el Estado es la organización política por excelencia y, también, que el propio Estado quien cuenta con el monopolio legítimo del uso de la fuerza.
Frases como las anteriores han sido abiertamente desafiadas por la realidad cotidiana no solo en México, sino alrededor del mundo. Esto debido al empoderamiento de diversos factores reales de poder que han crecido de manera a veces exponencial y que, no pocas veces, tienen intereses que contravienen los intereses mismos del Estado y de su sociedad.
Esto ha conllevado que paulatinamente lo hayan retado y que por momentos le hayan restado credibilidad y supremacía, al menos desde la perspectiva de algunas personas. Los recientes sucesos en los que uno de los principales liderazgos del crimen organizado fue abatido, han logrado obtener un apoyo muy claro por parte de todos los sectores de la sociedad mexicana y de igual manera, reponer buena parte de la credibilidad del Estado mexicano.
Es importante recordar que la mencionada credibilidad ha sufrido importantes cuestionamientos, cuyo crecimiento ha sido directamente proporcional al fortalecimiento que los grupos del crimen organizado han experimentado.
La complicidad entre integrantes de esas organizaciones y personas servidoras públicas de los diferentes órdenes de gobierno que en distintos momentos ha sido acreditada, se ha erigido como una de las principales razones para que se afirme que varias de las primeras hayan crecido al amparo del poder. No obstante, también es cierto que los tentáculos de esas organizaciones no solo han llegado a contaminar a las estructuras del poder público, sino que igualmente lo han hecho con la sociedad misma.
Así, el fenómeno de la delincuencia organizada es uno de tal nivel de complejidad, que las posibles soluciones a la verdadera afrenta que este es para el Estado, son igual de complejas, sin embargo, hoy debemos estar seguros de que no hay una organización más acabada que el Estado en el mundo, así como es posible afirmar que no hay ninguna que sea más poderosa que este.
Si bien desde aquí he afirmado que efectivamente existen organizaciones que no son el Estado y que cada día ganan más relevancia en el tablero mundial, lo cierto es que el Estado es y seguirá gozando de supremacía. Aun cuando las escenas que hemos podido ver los últimos días dejan patente la extensión y profundidad en que el crimen organizado ha penetrado a la sociedad mexicana, también el Estado ha dejado claro su poderío, esta vez gracias a la actuación de las fuerzas armadas.
Como ya lo ha dicho el general secretario Trevilla, debemos reconocer al personal militar por cumplir su misión y por haber demostrado así la fortaleza del Estado mexicano.
Hoy más que nunca debemos estar seguros del poder del Estado y de la valentía de quienes, aun sabiendo que pueden sacrificar su vida, están dispuestos a hacerlo en aras de salvaguardar nuestra soberanía y permitir que nuestra sociedad aspire a tener una vida más tranquila que ayer.