Roberto tiene asma. Cada mañana, camino a la escuela, recorre las mismas calles que millones de personas atraviesan todos los días. A su lado pasan automóviles, autobuses y camiones; el viento mueve el polvo que se acumula sobre el pavimento y, por unos segundos, ese polvo vuelve al aire. Roberto quizá no lo nota. Nosotros tampoco. Pero ahí está una pregunta que como ciudad ya no podemos seguir ignorando: ¿qué contiene el polvo que respiramos? Hay contaminantes que vemos y otros que aprendimos a ignorar.
El polvo que se acumula diariamente en nuestras calles, banquetas y vialidades parece parte natural de la ciudad, pero no lo es. Detrás de cada capa de polvo urbano puede existir una mezcla de partículas provenientes del desgaste de frenos, neumáticos y pavimentos, residuos de combustión, materiales de construcción, pinturas y otras actividades propias de una metrópoli como la Ciudad de México.
La dimensión del problema obliga a mirar más allá de lo evidente. De acuerdo con información de la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México (SEDEMA), en 2024 se estimaron aproximadamente 11 mil toneladas de PM10 emitidas en la capital, y la principal contribución proviene de la resuspensión de polvo en vialidades pavimentadas. Ese dato debería cambiar nuestra manera de entender el problema: una calle no deja de contaminar simplemente porque el vehículo ya pasó; el movimiento, el viento y el tránsito pueden volver a levantar las partículas y devolverlas al aire.
Y existe otra dimensión que no podemos perder de vista. Las PM2.5 son partículas mucho más pequeñas capaces de penetrar profundamente en el sistema respiratorio. En 2024 se liberaron más de 5 mil toneladas de PM2.5 en la Ciudad de México. Aunque las fuentes y mecanismos de emisión son diversos. La construcción merece especial atención.
De acuerdo con el Gobierno de la Ciudad de México, diariamente se generan alrededor de 12 mil toneladas de residuos de la construcción. Esto no significa que todo ese volumen termine convertido en polvo contaminante, pero sí dimensiona la magnitud de una actividad urbana que requiere manejo, transporte y disposición adecuados para evitar impactos ambientales.
La buena noticia es que la Ciudad de México ha demostrado que sí es posible avanzar. En 2025, SEDEMA informó una reducción de 13% en PM10 y señaló que durante el primer semestre se alcanzaron 22% más días limpios en la Zona Metropolitana del Valle de México. Es un avance que debemos reconocer, pero también una razón para redoblar esfuerzos. El propio seguimiento del ProAire muestra que entre 2021 y 2024 las acciones implementadas en la Ciudad de México permitieron evitar, según las estimaciones oficiales, 1,402 toneladas de PM10 y 761 toneladas de PM2.5.
Estos resultados demuestran que las políticas públicas sostenidas pueden modificar la realidad ambiental. Pero ahora debemos dar el siguiente paso. No basta con saber cuánto material particulado hay en el aire. Necesitamos conocer qué contiene el polvo que se deposita en nuestras calles, dónde se concentra, de dónde proviene y qué población está expuesta. Esa es precisamente la propuesta que planteo en mi punto de acuerdo: avanzar hacia muestreos representativos en las 16 alcaldías, análisis químicos periódicos, mapas de concentración y riesgo, identificación de zonas prioritarias y control de las fuentes contaminantes.
El ambientalismo también significa ocuparnos de aquello que no siempre se ve. Significa entender que una banqueta limpia no necesariamente es una banqueta libre de contaminantes, y que prevenir es mucho más responsable que reaccionar cuando el daño ya está hecho. Lo que no se mide no puede prevenirse; lo que no se identifica no puede controlarse. La Ciudad de México ha avanzado en calidad del aire. Ahora debemos tener la misma determinación para enfrentar el polvo urbano y convertir nuestras calles, espacios públicos y vialidades en lugares verdaderamente saludables para todas y todos.