Históricamente, la música regional mexicana ha funcionado como un santuario de la masculinidad tradicional. Más que meros instrumentos o insumos estéticos, el sombrero, la bota y el acordeón son símbolos de una virilidad que, durante décadas, no permitió fisuras. Sin embargo, en los últimos años, el género atraviesa un proceso de hackeo interno.
Más allá de una incursión a la banda o el narcocorrido, artistas como Carlo Lafontaine y Jennifer Rojo reclaman con su arte un espacio que el machismo les negó sistemáticamente. Su presencia es un acto de resistencia cultural necesario en un país donde la violencia de género y los crímenes de odio siguen marcando la agenda roja.
Las cifras en México son devastadoras. De acuerdo con datos del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra Personas LGBTI+, tan sólo de 2022 a 2024, se registraron 223 asesinatos motivados por la orientación sexual o identidad de género. A esto se suma que los feminicidios no ceden, con un promedio de diez mujeres asesinadas al día. En este contexto, la narrativa del regional mexicano —que a menudo glamuriza el control sobre la mujer o la figura del “macho” inquebrantable—, requiere un contrapunto urgente. Más allá de la música, se trata de desmantelar el discurso que normaliza la agresión.
Carlo Lafontaine, originario de Ensenada, Baja California, conoce bien el peso de esta estructura. Desde muy joven enfrentó la discriminación en una cultura de vaqueros donde lo diferente se castiga con el silencio o la violencia. Carlo ha vivido en carne propia los abucheos y el cierre de puertas en medios tradicionales por el simple hecho de ser un hombre que le canta a otro hombre con mariachi o banda. Para él, su música es una plataforma de activismo. Alza la voz para que las nuevas generaciones no vivan el rechazo que marcó su infancia. Su propuesta busca que el regional deje de ser un club exclusivo de la heterosexualidad para convertirse en un refugio de identidad. El próximo 30 de mayo, Carlo se presentará en el Noria Bar, en la Zona Rosa de la CDMX.
Si bien, la resistencia dentro de parte de su propia industria es un recordatorio de que todavía hay mucho por hacer, hoy, con temas como ‘Arco iris’, no solo celebra que ya no vive en los días de violencia que enfrentó en su juventud, sino que además busca que su arte pueda ser una vía de escape para que miles de jóvenes no repitan su historia.
Por otro lado, Jennifer Rojo aporta una visión global y disruptiva. Española de nacimiento pero mexicana por convicción, Jennifer se ha impuesto en los corridos tumbados irrumpiendo en una industria, que, además de viril, es muy celosa de su origen. Ella rompe dos barreras simultáneamente: la de género y la de nacionalidad. Mientras el corrido tumbado suele asociarse con la cultura del narcotráfico y la violencia, Jennifer utiliza la potencia de las doce cuerdas para hablar del amor, la cotidianidad y la mística. Su enfoque no suaviza el género, lo evoluciona, al tiempo que agrega su propio sello exótico a la música al cantar con un dejo de flamenco para no olvidar sus raíces.
Rojo es enfática al señalar que los corridos deben dejar de incitar al consumo de sustancias o a la apología del delito. Ella propone un “pop sentimental” dentro del tumbado, integrando su herencia flamenca con la energía del regional. Jennifer representa a esa mujer que no teme entrar al estudio a decir lo que piensa. Es tal vez por esa firmeza que, si bien, seguramente hay puristas que no se sienten especialmente cómodos con su presencia en la industria, nadie nunca se ha atrevido a decírselo en la cara.
La importancia de estas propuestas reside en su capacidad de transformar la cultura popular desde sus cimientos. Si la música de banda influye en la construcción de la identidad de millones de jóvenes, es imprescindible que esa identidad incluya la diversidad, y que el discurso no se limite a romantizar la cultura del narco o asentar la imagen del típico macho mexicano que ya no cabe en nuestros tiempos. Claro que no es la primera vez que artistas de la comunidad irrumpen en estos espacios. Figuras como Raymix y el propio Juan Gabriel son ejemplos claros de esta revolución, que también fue palpable a nivel sonoro. Sin embargo, muchos de ellos tuvieron que llevar sus carreras haciendo de un lago ciertos aspectos de sus vidas privadas para poder brillar. Y es justo por eso que abrir el género regional a personas abiertamente LGBT+ y a mujeres con discursos de empoderamiento real es una forma de combatir, desde el arte, los prejuicios que derivan en crímenes de odio.
Carlo y Jennifer son referentes de una fuerza que resiste y explora su creatividad en territorios que alguna vez les fueron prohibidos. Al final, el regional mexicano no pertenece a un solo grupo ni a una sola forma de amar. El éxito de estos artistas es la prueba de que el público está listo para un reseteo cultural. La música es para todos, y en un país que clama por paz y tolerancia, que el corrido y la banda comiencen a cantar con los colores del arcoíris es un acto de justicia social. El machismo ya no puede ser el único dueño de la tradición. *