El tamaño de la apuesta

12 de Febrero de 2026

Annia Quiroz
Annia Quiroz
Licenciada en Derecho, con experiencia en derecho electoral y análisis político. Ha trabajado en comunicación estratégica y producción de contenidos.

El tamaño de la apuesta

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Cinco billones seiscientos mil millones de pesos suenan a cifra de otro planeta. Es el tipo de número que uno escucha y piensa que debería venir acompañado de fuegos artificiales.Sin embargo, esa es la magnitud del nuevo plan de inversión en infraestructura anunciado por el Gobierno federal para los próximos años.

La apuesta es ambiciosa y políticamente estratégica. Más inversión pública, esquemas con participación privada, impulso al crecimiento y una narrativa clara: el Estado no solo administra, también construye. En un contexto donde la desaceleración económica dejó de ser una posibilidad lejana y empezó a sentirse en conversaciones cotidianas, anunciar expansión tiene algo de declaración de ánimo nacional.

Porque invertir no es solo mover dinero, es mandar un mensaje.

La infraestructura, además, tiene un atractivo especial en la política. Se ve, se inaugura, se corta listón; no es una reforma abstracta ni un ajuste administrativo silencioso. Son trenes, carreteras, energía, obras que permiten decir que el país avanza. Y en tiempos donde la confianza es un activo escaso, la imagen de movimiento importa casi tanto como el movimiento mismo.

Ahora bien, los números impresionan, pero la experiencia obliga a ser prudentes. México ha tenido planes monumentales antes, algunos lograron dejar huella; otros se quedaron en la categoría de promesa sexenal que sonó histórica en su momento. La diferencia rara vez está en la cifra, sino en la ejecución.

Para la ciudadanía la pregunta es más simple de lo que parece. ¿Se va a notar en la vida diaria?, ¿se traducirá en mejores servicios, más oportunidades, mayor dinamismo?, ¿o quedará como un anuncio robusto que alimentó titulares, pero no transformó rutinas?
Apostar por inversión fuerte es, también, una decisión política que implica asumir riesgos. Implica creer que el crecimiento puede impulsarse desde el gasto estratégico y que el Estado puede marcar el ritmo económico. No es una postura tímida, es una apuesta clara.

Y ahí está el verdadero punto. No en el tamaño del número, sino en el tamaño de la responsabilidad. Porque cuando se anuncian billones, no solo se promete crecimiento, se promete futuro.