El var de las familias

21 de Junio de 2026

El var de las familias

Rosalinda De León Zamora.jpeg

Rosalinda De León Zamora.

/

Foto: EjeCentral

Los fines de semana millones de personas se reúnen frente a una pantalla, en un estadio o en una reunión familiar para ver un partido de fútbol. Los amigos y las familias gritan los goles, reclaman las faltas y discuten las decisiones arbitrales. Sin embargo, desde hace algunos años apareció una herramienta que cambió la forma de entender el juego: el VAR (Video Assistant Referee). Su función es sencilla en teoría, pero compleja en sus efectos. El VAR se revisa cuando existe una duda razonable sobre una jugada, para tratar de tomar la decisión más justa posible.

En los conflictos familiares ocurre algo parecido.

Quienes trabajamos en el ámbito judicial sabemos que los asuntos familiares rara vez son tan simples como parecen a primera vista. Detrás de cada expediente existen años de convivencia, desencuentros, afectos, frustraciones y expectativas. Existen también distintas versiones de una misma historia. Lo que una persona considera una injusticia, la otra puede entenderlo como una consecuencia inevitable de los hechos vividos.

Por ello, la labor de quienes intervienen en la impartición de justicia familiar no consiste únicamente en aplicar la ley de manera automática. El trabajo judicial implica analizar cuidadosamente las pruebas, escuchar a las partes, valorar los dictámenes especializados y comprender el contexto de cada familia. En cierto sentido, el proceso judicial funciona como un gran VAR que, permite revisar nuevamente la jugada antes de emitir una decisión que puede impactar profundamente en la vida de las personas involucradas.

Esto resulta particularmente importante cuando están presentes niñas, niños y adolescentes. En muchas ocasiones, las personas adultas llegan al conflicto concentrados en demostrar quién tiene la razón, quién incumplió primero o quién cometió más errores. Sin embargo, el Derecho Familiar nos recuerda constantemente que el centro de atención debe colocarse en quienes son los más vulnerables frente a la disputa.

El interés superior de la niñez exige observar los hechos desde una perspectiva distinta: No se trata de determinar únicamente quién gana o quién pierde el litigio, sino que se trata de identificar qué decisión protege mejor los derechos, el desarrollo emocional y la estabilidad de las niñas, los niños y adolescentes.

Por eso, al igual que sucede en el fútbol, la primera impresión no siempre cuenta toda la historia. Hay ocasiones en las que una conducta aparentemente sencilla esconde circunstancias complejas. Existen casos en los que un incumplimiento de convivencia, una controversia sobre alimentos o un desacuerdo respecto al cuidado de los hijos/hijas requiere una revisión más profunda para comprender lo que realmente está ocurriendo.

Conviene recordar que las familias no se esfuman cuando termina una relación de pareja. Nuestra cultura jurídica ha avanzado de manera importante en reconocer que el divorcio pone fin al vínculo matrimonial, pero no extingue las responsabilidades derivadas de la maternidad y la paternidad.

Quizá por eso el fútbol ofrece otra enseñanza valiosa. Los jugadores cambian de camiseta, son transferidos a otros equipos y comienzan nuevas etapas en sus carreras. Sin embargo, las y los futbolistas siguen siendo las mismas personas. Conservan su historia, sus experiencias y los vínculos que construyeron durante el camino.

En las familias sucede algo similar. Una persona puede reconfigurar su vida, iniciar una nueva relación o formar un nuevo hogar. La dinámica familiar cambia e incluso la estructura de convivencia. Pero cuando existen hijos/hijas, permanece un compromiso que no puede abandonarse por decisión unilateral.

Por ello, una de las reflexiones más importantes que podemos extraer tanto del fútbol como del Derecho Familiar es que, no todo conflicto debe entenderse como una competencia en la que necesariamente exista un vencedor y un derrotado. La verdadera solución no consiste en derrotar al otro, sino en encontrar una forma más justa y responsable de convivir después del conflicto.

Al final, tanto en la cancha como en la vida familiar, hay momentos en los que vale la pena detenerse, revisar nuevamente la jugada y corregir el rumbo antes de tomar una decisión definitiva.

Porque aunque cambiemos de equipo, seguimos siendo familia.

Y porque, en ocasiones, la mejor decisión no es la que favorece a una de las partes, sino la que protege a quienes dependen de ambas.