El vasco Aguirre

29 de Junio de 2026

El vasco Aguirre

raymundo riva palacio AYUDA DE MEMORIA

Raymundo Riva Palacio

1ER. TIEMPO: El albacea de la ilusión. Pocas expectativas le daban a México en el Campeonato Mundial de Futbol. No era la mejor escuadra en la historia, pero era lo que había. El director técnico, Javier Aguirre, era un viejo conocido de la afición y de los críticos. No importaba qué equipo estaba bajo su mando, el estilo de juego era el mismo: defensivo, interesado más en el resultado que en dar un buen espectáculo. Si alguien pensaba que el juego bonito que destilan equipos como Brasil sería la marca del México de Aguirre, no lo conocen nada. No prepara equipos explosivos, como Argentina y Países Bajos, ni llenos de estrellas, como Francia. En el campeonato norteamericano, no ha causado sensación como los noruegos, ni es una Cenicienta como Cabo Verde, cuya población es casi un cuarto de la que tiene la alcaldía de Iztapalapa, en la Ciudad de México. Pero Aguirre tiene algo que no todos poseen: una relación intensa, casi íntima, con sus jugadores. Su trabajo en el vestidor es enorme. Esto no es algo menor. En el Mundial de Sudáfrica, Francia tuvo una revuelta en el vestidor luego que el delantero Nicolás Anelka, uno de los futbolistas más talentosos de la década, insultó al entrenador Raymond Domenech porque le había recriminado su bajo rendimiento. Francia estaba siendo dominado por México y en el medio tiempo se dio el choque. Anelka le respondió: “sucio, hijo de puta”. El conflicto alcanzó las páginas de L’Equipe, el periódico parisino que quizás es el deportivo más importante del mundo. Sus compañeros se solidarizaron con Anelka y se fueron a huelga, en el episodio de vestidores más violento en la historia de los mundiales. Eso nunca le iba a pasar a Aguirre. El técnico mexicano es todo lo contrario. Su relación con todos los jugadores es cercana, de confianza y credibilidad. Les sembró en la cabeza que son una “familia” que nunca abandona, no a quien es su compañero, sino a su hermano, que es lo que son en el equipo, y sus jugadores lo creen. Lo respalda con hechos. Decía que no tendría titulares ni suplentes, y al concluir sus tres partidos en la fase de grupos, habían pisado la cancha 25 de los 26 jugadores seleccionados. Esta relación es lo que varios expertos señalan como la razón por la cual México tuvo la confianza para ganar todos los juegos de la fase de grupos, que nunca había logrado antes, y terminar esta ronda sin goles en su meta. También, lo que ha despertado entre los mexicanos, la ilusión de grandeza futbolística, la sensación que sí se puede.

2DO. TIEMPO: El quinto partido. ¿Acaso la marcha triunfante de México en la fase de grupos del Mundial norteamericano, es gracias a que le tocó un grupo fácil? ¿Será que en la siguiente realidad regresará a casa? O acaso, ¿volverá a vivir “el quinto partido” que nunca ha celebrado salvo en el Mundial de 1986 en México? “El quinto partido” es el objetivo de México, y Javier Aguirre, por tercera vez técnico de la selección mundialista, parece haber diseñado una estrategia para lograrlo. Nada nuevo para quienes conocen el planteamiento táctico del director técnico. Los expertos lo conocen. No importa que entrene a México, al América, a Japón, al Osasuna o a alguno de los 13 equipos que ha entrenado en cuatro continentes desde que inició su carrera como entrenador hace 30 años. Su planteamiento no cambia: es defensivo, interesado más en el resultado y el manejo del tiempo que en dar un juego bonito, como Brasil. No construye maquinarias explosivas, como la argentina y la francesa, ni versátiles como los Países Bajos. Su formación más acostumbrada es 4-3-3-, que es la más popular del mundo y técnicamente busca un balance entre la defensa y la delantera, pero no es la más ofensiva, ni atractiva, ni espectáculo para la afición. Aguirre abrió de esa forma y sin sorpresa, el Mundial contra Sudáfrica, repitiendo la inauguración en el campeonato en ese país en 2010, donde terminaron empatados. No provocó emociones, pero le llovieron las críticas. Juego eficiente, pero nada atractivo. La victoria era suficiente. Vino el segundo juego contra Corea del Sur, y un error del portero asiático le dio a México la victoria y la calificación para la siguiente ronda. El ánimo popular se metabolizó. Cuatrocientas mil personas se fueron a celebrar al Ángel de la Independencia y otros tantos se esparcieron durante casi cinco kilómetros hasta el Zócalo de la Ciudad de México. El último juego era con Chequia, a quien no veían en un Mundial desde 1962, cuando todavía nombrada Checoslovaquia -antes de la multiplicación de países en Europa Central tras el colapso del comunismo-, la derrotó en el Estadio Nacional de Santiago de Chile 3 a 1, sin saber que sería la subcampeona de aquel torneo. La victoria provocó una explosión popular mayor. Más de 800 mil personas regresaron al Ángel y al Zócalo, y las fiestas se multiplicaron en todo el país. ¿Un grupo fácil? A nadie le importó, salvo a Aguirre, que declaró que la realidad del Mundial no comienza en la fase de grupos sino en el cuarto partido, antesala del quinto partido, que no es una obviedad, sino un objetivo existencial: solo en 1986, en el Mundial en México, donde jugó en el medio campo, se logró llegar a ese encuentro. Hay mucha expectativa que hace olvidar lo que los críticos decían apenas hace algunas semanas: este no es el mejor equipo que haya estado en un Mundial, pero es lo que tenemos. La traducción: no se hagan ilusiones, nuestro combustible pronto se agotará.

3ER. TIEMPO: La clave de Aguirre. Los equipos en los deportes suelen ser como relojería que, si algo falla, se detienen. España, campeón del mundo en 2010, llegó a Brasil cuatro años después a la deriva. Se fracturó porque la rivalidad del Real Madrid y Barcelona se extendió al vestidor, y la eliminaron en la fase de grupos. La gran Argentina sufrió su propia ruptura, por diferentes razones, en el Mundial de Rusia en 2018, cuando una inesperada derrota ante Croacia galvanizó la molestia contra el director técnico Jorge Sampoli, que estalló por un incidente menor cuando un asistente entregó la playera de titular a un jugador equivocado, que a gritos se la quitó el entrenador, frente a todos. Los problemas que se estaban anidando en el equipo, explotaron y Sampoli que fue relegado de facto en pleno torneo, asumiendo el control Lionel Messi y Javier Mascherano. Fue un desastre. Años después, Sampoli le declaró a Clarín, el gran diario bonarense, que en aquel Mundial, “Argentina era un incendio”. Diferencias. Vanidades. Egos, como Portugal en Qatar hace cuatro años, donde relegar a Cristiano Ronaldo y el choque entre vanidades generó un ambiente tóxico donde las fricciones fueron constantes y públicas, aireadas en los medios de comunicación. Regresaron rápido a casa. Javier Aguirre, el experimentado director técnico, conoce todas las historias que llevan al fracaso. Pero no pertenece a ese grupo. Públicamente parece un hombre a veces huraño, como que no quiere platicar con nadie que no sea uno de sus jugadores, malhumorado en momentos, tranquilo en otros. Pero con el equipo, es totalmente diferente. Si bien poco se le vio en público, mucho trabajo hizo intramuros. Lo principal, llevó a platicar con los jugadores a una serie de viejos deportistas que desfilaron ante el grupo para motivarlos. Les llevó a sus compañeros del Mundial de 1986, Manuel Negrete, inmortalizado por su gol de media tijera, el mejor de ese torneo, Fernando Quirarte, Miguel España, Félix Cruz, y Cuauhtémoc Blanco, cuyas palabras tuvieron el valor y el peso que venían de personas que habían pasado los mismos nervios y miedos, pánico escénico que tuvieron que superar. También les llevó a Julio César Chávez, probablemente el mejor boxeador mexicano de todos los tiempos, que les llevó su cinturón de campeón mundial y les habló de cómo salir con mentalidad ganadora. Aguirre quería construir una mentalidad fuerte y un blindaje emocional. Su esfuerzo falló en el primer juego contra Sudáfrica, y les reclamó. Ajustó. Mejoró. Y se superaron todos ante Chequia. Todos le ayudaron a imbuirles algo que él, como jugador, hizo: ser un guerrero.

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