Para el Dr. Gerardo Martín Hernández Oliva, infectólogo
La noche no cayó sobre el Zócalo: se encendió hasta hacer de la piedra un espejo eléctrico. Primero, una claridad azul suspendida sobre la Catedral; después, el resplandor del escenario dibujando líneas vivas sobre Palacio Nacional. El aire tenía densidad de fiesta: perfume juvenil, el polvo levantado por cientos de miles de pasos insistiendo sobre la plancha. La ciudad se preparaba sin proclamarlo. Cuando la voz de Shakira atravesó las torres de sonido, la plaza respondió como sabe hacerlo: compacta, luminosa, respirando en un solo compás. Al día siguiente, las primeras planas hablarían de una convocatoria histórica; esa noche, la historia era el latido.
Desde lo alto, la multitud parecía un tejido en movimiento: celulares encendidos como un cielo doméstico, brazos alzados al mismo tiempo, gargantas repitiendo versos aprendidos años atrás. El roce dejó de ser molestia y se volvió complicidad; el desconocido se convirtió en aliado de coro. Por horas, la ciudad suspendió su recelo y abrazó la proximidad como reconciliación provisional. Pero toda multitud es también una suma de vulnerabilidades, y esa memoria rara vez acompaña a la euforia.
El rebrote del sarampión ha devuelto esa memoria al centro de la conversación pública. Durante décadas, la enfermedad fue contenida por campañas sistemáticas iniciadas en 1970 y consolidadas en 1973 con el Programa Nacional de Inmunizaciones: brigadas recorriendo escuelas y colonias, cartillas selladas, refrigeradores portátiles resguardando dosis. No hubo épica sino disciplina. El virus retrocedió cuando la protección individual fue asumida como tarea colectiva. Hoy, en medio de tensiones por el abasto de medicamentos —entre ellos vacunas—, esa disciplina enfrenta un desgaste silencioso.
Esa cultura preventiva no nació de la nada. Si uno abandona la plaza y camina hacia el sur, el paisaje cambia con suavidad: el olor a multitud se diluye y aparece el desinfectante; el bajo estruendoso cede ante sirenas breves y conversaciones contenidas. La Colonia Doctores despliega su geografía sanitaria, calles que honran a médicos que entendieron que la ciudad también se edifica en hospitales. Entre ellas, la dedicada a Francisco Javier Balmis, quien en 1804 introdujo la vacuna contra la viruela y sembró en la Nueva España una convicción moderna: el contagio podía enfrentarse con conocimiento organizado. No trajo la vacuna contra el sarampión, pero dejó instalada la idea de que la inmunización era un acto civilizatorio.
La vacuna antisarampionosa, desarrollada en el siglo XX e incorporada al calendario nacional décadas después, encontró ese suelo preparado. Su despliegue masivo fue obra de un Estado que aprendió a coordinar ciencia, logística y confianza pública. Ignacio Morones Prieto, desde la Secretaría de Salubridad, fortaleció infraestructura y campañas que hicieron posible que millones de brazos recibieran una dosis a tiempo. En la Doctores, su nombre forma parte del mapa. No es una placa; es una huella.
Regresar del barrio médico a la plancha del Zócalo modifica la perspectiva. La multitud que canta bajo luces LED es heredera de esa historia silenciosa. Cada cuerpo que salta lo hace porque generaciones anteriores aceptaron vacunarse y sostener políticas cuya eficacia rara vez se celebra en conciertos. El virus no distingue entre plaza y hospital; circula donde encuentra fisuras. La diferencia no está en el entusiasmo sino en la memoria que acompaña la cercanía.
La Ciudad de México ha sido moldeada por epidemias tanto como por revoluciones y terremotos. La viruela alteró su demografía colonial; la influenza de 1918 cambió rutinas; la pandemia de Covid-19 impuso silencios impensables en avenidas habituadas al ruido. Cada episodio dejó lecciones inscritas en reglamentos y hábitos. El Zócalo ha sido tribuna política y también punto de campañas sanitarias; no es sólo plaza de fiesta, es plaza de prueba.
Cuando el concierto terminó, la multitud se dispersó con un cansancio feliz. Sobre la piedra quedaron vasos aplastados y un rastro de humo, pero también esa certeza frágil de que el encuentro es posible. Esa posibilidad no brota del azar; descansa en una red invisible de cuidados, en los brazos que aceptaron el piquete años atrás, en la disciplina que suele ser invisible porque, cuando funciona, nadie nota que nos salvó de algo.
Hoy, si esa red se afloja por la desidia o el olvido, la plaza seguirá llenándose. Pero el virus no sabe de conciertos; circula entre los cuerpos con la misma naturalidad con la que el aire recorre una ciudad que, como siempre, olvida que su mayor hazaña no es la fiesta, sino haber sobrevivido a sí misma.