Elecciones en Brasil: La Moneda está en el Aire

25 de Agosto de 2026

Elecciones en Brasil: La Moneda está en el Aire

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Omar Hurtado

Una de las elecciones presidenciales más esperadas en la región indudablemente es la de Brasil, por su peso económico y su capacidad política y diplomática internacional y regional. Junto con México, constituye una de las dos economías más grandes de la zona.

El periodo formal de campaña inició el pasado 16 de agosto rumbo a la primera vuelta del 4 de octubre. De ser necesaria una segunda vuelta —escenario muy probable al no vislumbrarse que algún candidato alcance el 50% + 1—, esta se realizará el 25 de octubre. Aunque hay 13 candidatos registrados, sólo dos tienen posibilidades reales: Luiz Inácio Lula da Silva, quien busca un cuarto mandato, y el derechista Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, hoy preso por pretender consumar un golpe de Estado.

En este tablero de ajedrez se observa una carrera reñida y un ambiente de extrema polarización. Las encuestas dan la delantera a Lula da Silva, pero con una distancia mínima e incierta. Según Datafolha, Lula obtendría el 47% de los votos frente al 43% de Bolsonaro en un balotaje. En este dramático escenario, los indecisos y los votantes de fuerzas menores adquieren relevancia crucial, cobrando fuerza la probabilidad de que toda la derecha se unifique en la segunda vuelta.

Las agendas presentan visiones opuestas. Lula se pronuncia por la soberanía económica, la profundización de programas sociales y una estrategia de seguridad democrática contra el crimen organizado que rechaza injerencias o clasificaciones de terrorismo externas. Flávio Bolsonaro se inclina por la “mano dura” y la “guerra al narcoterrorismo"; propone adherirse al “Escudo de las Américas” de EU, alianzas con Israel y la Argentina de Milei, y ofrece minerales raros para el suministro de Occidente, buscando reducir la dependencia de China.

Lula cuenta con el respaldo de la maquinaria gubernamental —factor de peso en estos comicios— y una amplia identificación popular, aunque algunos grupos cuestionan la idoneidad de una cuarta gestión del líder octogenario y su permanencia en el statu quo político. A su contrincante, en cambio, no le es fácil desprenderse de la sombra de radicalismo asociada a su apellido.

Un escenario preocupante para el oficialismo lo constituye la presión de Donald Trump y el respaldo de las derechas internacionales. En mayo, Trump recibió en Washington a Bolsonaro para darle un espaldarazo, pocos días después de reunirse oficialmente con Lula. Además, el vicepresidente JD Vance y otros miembros de la administración estadounidense apoyan el proyecto bolsonarista. Asimismo, en julio, el argentino Javier Milei asistió a la convención del Partido Liberal donde se oficializó la candidatura de Flávio, desatando tensiones diplomáticas al llamar a Lula “ladrón y presidiario”, lo que derivó en que Brasil llamara a consultas a su embajador en Buenos Aires.

Paralelamente, México y Brasil mantienen una silenciosa competencia geopolítica por el liderazgo en América Latina. Aunque son socios y mantienen relaciones cordiales, un triunfo de Bolsonaro podría complicar el vínculo por razones ideológicas. Brasilia prioriza la integración de América del Sur —excluyendo deliberadamente a México— para consolidar su liderazgo en el cono sur, visión de la cual nacieron el Mercosur y la extinta Unasur. Por su parte, México se ha consolidado como potencia norteamericana mediante el T-MEC, e impulsó junto a Chile, Colombia y Perú la Alianza del Pacífico como contrapeso comercial y apertura hacia Asia. Ambos gigantes pugnan constantemente por inversiones y el dominio de los mercados manufactureros.

En materia multilateral, Brasil lidera una campaña para reformar el Consejo de Seguridad de la ONU y alcanzar un asiento permanente, mientras que la competencia bilateral por liderazgos en la OEA, el BID o la CELAC es patente. El gigante sudamericano busca consolidarse en la multipolaridad de la mano de los BRICS y el G20, donde mantiene una silla permanente, apostando por fortalecer las economías emergentes frente a las presiones comerciales de Washington.

Quien gane tendrá que gobernar con un Congreso dotado de un poder desmedido y fragmentado, que intentará mantener al Ejecutivo débil y disciplinado. En fin. ¡La moneda está echada al aire!