En una reciente publicación en redes sociales, Claudia Sheinbaum aseguró que el poder sin límites es abuso. Resulta profundamente hipócrita leer esta advertencia mientras su narcopartido protege criminales, atenta contra las libertades, somete a los Poderes de la Unión y secuestra al árbitro electoral. Esa es la verdadera consolidación del poder absoluto que finge repudiar.
También, afirmó que ningún interés personal está por encima de la nación, pero olvida que, en su ceguera y arrogancia, Morena ha confundido la voluntad de un movimiento con la voz de todo un país. Escudarse en el “pueblo” para justificar la concentración del poder en el Ejecutivo los retrata de cuerpo entero y exhibe su ambición por instaurar un régimen sin contrapesos, una verdadera dictadura.
Si la prioridad fuera el bien de la gente, veríamos resultados tangibles en seguridad, economía, salud y educación. En cambio, en Morena exigen una lealtad ciega al proyecto —a menudo bajo amenaza—, olvidando que el ciudadano requiere mecanismos institucionales para poder prosperar, para llevar una vida digna y para defenderse de los abusos del gobierno.
En efecto, los cargos son pasajeros, pero el daño que Morena le hace a la República será generacional. México no necesita lecciones de moral; necesita que rompan de una vez su pacto con el crimen organizado y lleven ante la justicia a los narcopolíticos señalados por el Departamento de Estado del Gobierno de los Estados Unidos, empezando por Andy López Beltrán y Rubén Rocha Moya.
La urgencia de frenar esta deriva autoritaria es insoslayable ante la crisis de ingobernabilidad que nos estalla en la cara. El caso de Sinaloa y la evidente descomposición del gobierno de Rocha Moya no es un hecho aislado, sino el síntoma de un Estado que ha claudicado y entregado el control territorial a los cárteles del crimen organizado.
Hoy, la relación bilateral con Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más críticos y tensos; nuestros vecinos desconfían, con sobrada razón, de un gobierno que prefiere pelear bajo la falsa pretensión de defender la soberanía nacional que combatir a las organizaciones criminales. Su inacción y sus reformas destructivas han puesto en jaque nuestra certidumbre jurídica, ahuyentando inversiones y aislando a México del mundo.
A este desastre diplomático y de seguridad se suma el colapso que ya se asoma al interior del oficialismo. Las crecientes fracturas internas de Morena, donde las facciones se despedazan por el botín político y la herencia de su caudillo, demuestran que su llamado “movimiento” es solo una fachada para encubrir una voraz guerra de tribus por el poder.
Mientras sus liderazgos se traicionan, se dividen y se acusan mutuamente ante la falta de una brújula propia en el nuevo gobierno, es el pueblo de México quien paga los platos rotos de su inoperancia.
Exhortamos a Claudia Sheinbaum a que acompañe sus reflexiones de moralidad con un poco de autocrítica. Descubrirá que quienes olvidaron al pueblo en cuanto llegaron al poder fueron ellos, los de Morena.
Resulta vergonzoso observar los esfuerzos del oficialismo por desmarcarse de una crisis que ellos mismos crearon al entregarse al narco para financiar sus campañas electorales. Pero por más recursos que derrochen en propaganda, México no olvidará que Morena destruyó las instituciones que alguna vez garantizaron que ningún líder estuviera jamás por encima de la ley.