Farmear el aura

25 de Agosto de 2026

Farmear el aura

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José Pérez Linares

La patrulla avanzaba por el Parque México cuando la tarde dejó de parecer una tarde cualquiera.

En la explanada, un círculo numeroso de jóvenes se había cerrado alrededor de dos muchachos. No se golpeaban. Uno mantenía los brazos cruzados y la mirada fija; el otro levantaba las palmas, las movía despacio, como si apartara algo invisible. Había teléfonos en alto, bicicletas detenidas y risas breves. Nadie había llevado un balón. Nadie sostenía un micrófono.

La patrulla redujo la velocidad. Los agentes se acercaron. Preguntaron qué ocurría.

Por un instante, la ciudad adulta quedó frente a un misterio producido por la ciudad joven.

Estaban farmeando el aura.

La palabra viene de los videojuegos: es repetir una acción para acumular algo. Pero el aura no se guarda en una cuenta. Aparece en la mirada de los demás. Es la descarga breve que se produce cuando alguien entra al centro, sostiene una pose, conserva el silencio un segundo más de lo necesario y consigue que todos lo miren.

La escena parecía un juego y también una prueba. El muchacho que entraba al círculo quería saber qué sucedía cuando los otros lo miraban. Quería medir el tamaño de su presencia. El teléfono registraba el momento, pero antes del teléfono estaba el público: las risas, el juicio inmediato, la expectativa. Una plaza dentro de la plaza.

Durante años se dijo que las pantallas de los celulares habían vaciado las calles. Este fin de semana ocurrió algo distinto. Los jóvenes llegaron a la calle con sus teléfonos, pero no para abandonarla. Necesitaban el cuerpo de los otros, la proximidad de los desconocidos, la posibilidad de ser observados sin que nadie los conociera de antemano.

Las batallas para “farmear aura” ocuparon distintos espacios de la Ciudad de México. Hubo encuentros en Bellas Artes, en el Monumento a la Revolución y en el Parque México. No fueron mítines ni conciertos. No tenían un programa ni una institución que representar. Eran jóvenes inventando una ceremonia con los materiales de su tiempo: el meme, el anime, la pose, la cámara y la mirada ajena.

Bellas Artes puso su solemnidad al fondo. El Monumento a la Revolución prestó su cúpula y su memoria. En el Parque México, entre los árboles y las bicicletas, la escena parecía más doméstica: una reunión que todavía no sabía si era juego, competencia o fiesta.

El ganador fue un niño de once años que se hace llamar Zigma. Llegó acompañado por su madre y venció con aquello que los participantes reconocen como aura: gestos, emotes, pasos de baile, seguridad y una forma de no pedir disculpas por ocupar el centro. Se llevó tres mil pesos. Pero el premio parecía menos importante que la transformación ocurrida durante unos minutos: un niño había conseguido que una multitud aceptara sus reglas.

La ciudad ha tenido otras formas de reunir a los jóvenes. En otras épocas hubo concursos de oratoria, torneos de ajedrez y espacios culturales concebidos para que alguien pudiera subir a un escenario sin tener que demostrar una utilidad inmediata. El Teatro de la Juventud del CREA, reunió a generaciones de jóvenes frente a El Extensionista, una obra que llevó a muchos espectadores a encontrarse con un México rural y con la posibilidad de que el teatro no ofreciera respuestas, sino preguntas.

Aquellos programas e instituciones del gobierno tenían límites. Pero también tenían una intuición que parece haberse perdido: un joven necesita un lugar para ser antes de saber qué quiere hacer con su vida.

Hoy el gobierno atiende a la juventud con acciones para abatir el desempleo. Jóvenes Construyendo el Futuro ofrece una oportunidad laboral. Es necesario. Pero entre la capacitación y la beca persiste otra necesidad que los gobiernos actuales no reconocen: ¿dónde se reúne un joven para descubrir quién es cuando todavía no sabe qué quiere ser?

Los muchachos del Parque México no reclamaban nada al gobierno. Ocupaban un espacio. Llevaban humor, insolencia y ganas de verse. La policía se acercó a la concentración porque parecia una amenaza no tenía una forma conocida. A la ciudad le cuesta reconocer una fiesta si no hay música, y una comunidad si acaba de inventarse.

Quizá por eso la escena importaba más de lo que parecía.

Bajo la expresión novedosa y extraña había una necesidad antigua: ser visto, encontrar un lugar, probarse frente al mundo durante el tiempo exacto que dura un gesto. Los jóvenes no regresaron a la plaza como lo hicieron sus padres. No llegaron con pancartas, discursos ni uniformes. Llegaron con reglas nuevas, teléfonos y una palabra que todavía suena absurda.

Farmear el Aura.

La ciudad debe mirar a sus jóvenes y preguntarse qué les ofrece cuando termina el duelo, se apagan las cámaras y cada quien vuelve a su casa.

No basta con prepararlos para servir.

También hace falta un lugar donde puedan ser.