México acaba de anunciar el proyecto Trion, de excavación de petróleo en aguas profundas. La pregunta que nadie se está haciendo es ¿Para qué vamos a utilizar el petróleo extraído? México destina el 65% de su producción de crudo a la refinación nacional (según Pemex). De toda la energía final que consume el país, el 46% va al sector transporte, con una dependencia superior al 95% en gasolina y diésel (según la SENER). Además, el 75% de la electricidad mexicana sigue produciéndose quemando combustibles fósiles – a nivel global es el 60% (según la IEA).
El daño medioambiental derivado de la industria de energía es evidente y el mercado ha propuesto como principal alternativa la oferta de automóviles eléctricos, que no queman combustibles en su interior. Pero esta propuesta no es más que un simple paliativo, el equivalente de querer curar una herida de bala con un curita y agua oxigenada en el daño medioambiental.
La energía eléctrica no es necesariamente energía limpia, además los automóviles eléctricos reemplazan muchas de sus piezas de metal por piezas de plástico y las baterías que utilizan implican extracción de minerales específicos que requieren de un sinfín de procesos que emplean el uso de materiales derivados del petróleo.
Siendo el petróleo un recurso no renovable, cuya extracción implica cada vez mayor daño medioambiental (como la excavación en aguas profundas), tiene que ser parte de la agenda humana global el uso responsable y eficiente de dicha materia prima y sus derivados.
La relación de huella de carbono más optimista entre un coche eléctrico y uno de gasolina es de 4:1, pero la relación entre un coche de gasolina y un tren, por individuo, es de 7:1.
Un tren eléctrico que transporta a miles de personas al día es muchísimo más ecológico que una carretera llena de coches eléctricos, cada uno con 1 pasajero. La solución ideal hoy en día es optar por la construcción de líneas de transporte público accesibles y suficientes, para que la gente pueda prescindir de sus coches.
Ante el conflicto en medio oriente, el cierre del estrecho de Ormuz ha desencadenado una crisis global, ya que el petróleo es altamente demandado en el mundo. Dicha demanda gira en enorme medida en torno a la producción de combustibles para desplazar vehículos privados. La gente ve que el petróleo escasea, que las calles se saturan y concluye que somos demasiados habitantes en el planeta, porque el mismo sistema nos ha indicado que ese es el problema. No somos un mundo sobrepoblado, somos un mundo ineficiente que necesita reajustarse.
Es importante encontrar formas innovadoras de extraer petróleo, porque la industria lo requiere. Si ya se va a perforar el fondo del océano, con un costo ambiental significativo, el paradigma debería girar en torno a cómo vamos a asegurarnos de utilizar lo extraído de forma eficiente. El debate político está centrado en la crisis financiera del petróleo y el juego geopolítico de las potencias occidentales por producir más baterías de litio. Seguimos cayendo en la agenda de la industria automotriz, las constructoras de autopistas, las refinerías privadas y las finanzas; pero se nos olvida el impacto directo sobre la humanidad y las catástrofes que podríamos enfrentar en un futuro no tan lejano. La solución no es disminuir la población y volver asequibles los coches eléctricos, sino construir ciudades donde no necesitemos automóviles privados. ¿Por qué nadie cuestiona esto en el debate actual sobre Trion y la crisis petrolera global?