Groenlandia: la joya ártica

20 de Enero de 2026

Julieta Mendoza
Julieta Mendoza
Profesional en comunicación con más de 20 años de experiencia. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNAM y tiene dos maestrías en Comunicación Política y Pública y en Educación Sistémica. Ha trabajado como conductora, redactora, reportera y comentarista en medios como el Senado de la República y la Secretaría de Educación Pública. Durante 17 años, condujo el noticiero “Antena Radio” en el IMER. Actualmente, también enseña en la Universidad Panamericana y ofrece asesoría en voz e imagen a diversos profesionales.

Groenlandia: la joya ártica

Julieta Mendoza - columna

Groenlandia no suele figurar en las conversaciones cotidianas del mundo. No produce titulares espectaculares ni ocupa el centro de las cumbres internacionales. Sin embargo, en el blanco silencio del Ártico se libra una de las disputas geopolíticas más reveladoras de nuestro tiempo. Y, una vez más, Donald Trump ha decidido colocar a la isla más grande del planeta bajo los reflectores del poder global.

Para entender por qué el territorio groenlandés despierta tanto interés, basta mirar un mapa con ojos estratégicos. La isla se ubica entre América del Norte y Europa, custodiando rutas marítimas que el cambio climático ha vuelto progresivamente navegables. Durante décadas fue un punto de vigilancia militar casi invisible; hoy es una plataforma clave para el control del Ártico, una región que ya no es frontera natural sino escenario de competencia abierta entre Estados Unidos, Rusia y China.

Trump no inventó esta ambición. Estados Unidos ha considerado a Groenlandia un activo estratégico desde el siglo XIX. En 1946, la Casa Blanca ofreció a Dinamarca 100 millones de dólares en oro por el territorio. La propuesta fue rechazada, pero el interés nunca desapareció. La diferencia es que ahora el hielo se derrite, los recursos emergen y el lenguaje del poder se ha vuelto más crudo.

Bajo su manto glaciar, el enclave polar concentra minerales críticos para la economía del siglo XXI: tierras raras, uranio, hierro, zinc. Elementos esenciales para baterías, tecnología verde y armamento avanzado. En un mundo obsesionado con reducir su dependencia de China —principal proveedor global de tierras raras—, Groenlandia aparece como una alternativa tentadora. No es casualidad que Washington observe con inquietud cualquier inversión extranjera en la isla.

Trump ha vuelto a expresar, sin eufemismos, que Estados Unidos debería “asegurar” la región ártica danesa por razones de seguridad nacional. La idea de comprar un territorio puede sonar anacrónica, incluso grotesca, pero encaja con una lógica histórica que nunca se fue: la expansión estratégica disfrazada de necesidad defensiva. La novedad no es la ambición, sino la franqueza con la que se expresa.

Del otro lado del Atlántico, la respuesta ha sido clara. Dinamarca insiste en que no está en venta. El gobierno autónomo de Nuuk recuerda que el futuro de la isla corresponde a su población, mayoritariamente inuit, que ha construido una identidad política propia y un creciente deseo de autodeterminación. La discusión, sin embargo, no es tan sencilla como un “sí” o un “no”.

La gran masa de hielo del norte depende económicamente de Dinamarca y enfrenta enormes desafíos para sostener una independencia plena. Al mismo tiempo, la presión internacional aumenta. Ese territorio se encuentra atrapado entre la promesa de desarrollo económico, la preservación cultural y el riesgo de convertirse en moneda de cambio en una disputa entre superpotencias.

Europa observa con preocupación. La insistencia de Trump no sólo incomoda a Copenhague, sino que reabre un debate incómodo sobre soberanía, derecho internacional y coerción económica. La posibilidad de represalias comerciales, tensiones diplomáticas o un nuevo frente de conflicto transatlántico ya no parece descabellada. Groenlandia, silenciosa y distante, se ha convertido en un termómetro del deterioro del consenso global.

Más allá de la retórica, el caso groenlandés plantea una pregunta incómoda: ¿estamos ante una nueva forma de colonialismo en pleno siglo XXI? No con ejércitos desembarcando en costas lejanas, sino con contratos, inversiones estratégicas y discursos de seguridad que reducen territorios habitados a simples activos geopolíticos.

La isla ya no es un espacio congelado en el tiempo. Es un activo que se calienta —literal y políticamente—, donde el cambio climático acelera ambiciones antiguas y revela las grietas del orden internacional. Groenlandia ha dejado de ser un territorio remoto para convertirse en un eje del poder global: un centro incómodo, estratégico y peligrosamente codiciado. El hielo se derrite, pero la disputa en la joya ártica apenas comienza.